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El espía vecino

Lo que pasa es que los espías, los de verdad, no los de ficción, se parecen mucho más a los de John Le Carré que a los de Ian Fleming. Lo tengo dicho y escrito en muchas ocasiones. Yo tuve un amigo periodista –ya murió- que trabajaba para la CIA y para algún político de aquí. Y era otra cosa. Se le notaba un cierto aire inquietante y unos modos de agente secreto de verdad. Pero, los del CNI están más cerca de Louis de Funes que de Sean Connery. Y no sólo en el aspecto quiero decir. Porque el CNI, o sea la agencia de Inteligencia española es muy suya. Muy atípica. Agentes dobles los ha habido siempre. En todos los países, porque la vida está muy chunga y al sueldo de funcionario –un espía es un funcionario al fin y al cabo- siempre conviene añadirle un extra para la hipoteca y algún capricho, que también los agentes secretos tienen derecho a esas pequeñas satisfacciones, oye. Pero, en las pelis y en las novelas, a los topos, cuando se les descubre, se los carga un colega en un callejón oscuro o se les obliga a tragarse esa cápsula de cianuro que los espías llevan siempre entre los molares por si un día se descubre que el vecino no sólo es un agente de la inteligencia nacional, sino, encima, un traidor a la patria. La leche, tíos. Pero, aquí no, Aquí se aprovecha que se ha descubierto la traición para montar una rueda de prensa. Creo que en los anales del espionaje internacional no se ha dado jamás una situación semejante y tan chuscamente insólita. No somos serios ni para espiar, ésa es la puñetera y triste verdad. Ni para tratar a los espías que nos venden nuestros secretos: se les manda a una jueza de pueblo, a ver qué pasa Hace años, para indicar que alguien era muy tacaño, muy agarrado se solía decir: - Se gasta menos que Portugal en espías. (Los portugueses emplean el mismo divertido símil, pero en la frase cambian su país por España. Tienen razón).

José H. Chela