La IA, los tulipanes, los trenes y el dólar que no para de dar vueltas
La economía de la inteligencia artificial empieza a parecer una de esas historias en las que, cuando por fin entiendes quién paga a quién, necesitas volver al principio porque el dinero ya ha regresado al punto de partida. Hay inversiones cruzadas, contratos gigantescos de computación, fabricantes de chips financiando infraestructura y empresas tecnológicas que, de una manera u otra, terminan comprándose servicios unas a otras. A primera vista parece magia. A segunda vista parece contabilidad. Y a la tercera empieza a recordar a varios episodios históricos bastante conocidos: la fiebre de los tulipanes, el auge de los ferrocarriles y las grandes compañías comerciales que aprendieron a reunir cantidades enormes de capital para proyectos que una sola persona jamás habría podido financiar.
Pensemos en un ejemplo simplificado. Una gran empresa tecnológica invierte miles de millones en una compañía de inteligencia artificial. La compañía de IA recibe el dinero y lo utiliza, entre otras cosas, para pagar servidores, centros de datos y capacidad de computación. ¿A quién compra parte de esa capacidad? A la misma empresa tecnológica que acaba de invertir en ella. El diálogo imaginario sería algo así: “Aquí tienes varios miles de millones para crecer”. “Muchas gracias”. “¿Y qué vas a hacer con ellos?”. “Pagarte por usar tus servidores”. “Excelente. Esto de la inteligencia artificial tiene un futuro extraordinario”.
No hay necesariamente nada fraudulento en ese circuito. La empresa de IA recibe algo real: potencia de cálculo, electricidad, chips, almacenamiento y acceso a centros de datos. El proveedor, por su parte, tiene costes enormes para construir y mantener esa infraestructura. Pero el esquema plantea una pregunta interesante: ¿cuánto del crecimiento que observamos procede de clientes independientes y cuánto está impulsado por compañías que financian a sus propios grandes compradores? Es una diferencia importante, porque una cosa es tener demanda y otra financiar al cliente para que pueda comprarte.
Aquí aparecen los tulipanes. La famosa tulipomanía holandesa se ha convertido en el símbolo universal de las burbujas: alguien compra algo porque cree que mañana otra persona pagará más. Esa otra persona hace exactamente lo mismo, y durante un tiempo todos parecen genios. El problema llega cuando aparece el último comprador y descubre que detrás de él ya no queda nadie. El modelo financiero podría resumirse con una frase poco académica: “No importa que esté carísimo; ya encontraremos a otro que pague más”. El precio de los bulbos de tulipán subió tanto que un solo bulbo llegó a valer más que una casa, antes de que el mercado colapsara en 1637.
Sin embargo, comparar la inteligencia artificial únicamente con los tulipanes es demasiado fácil. Si una burbuja de tulipanes explota, al final quedan tulipanes. Si una burbuja de inteligencia artificial explotara después de varios años de inversión, quedarían centros de datos, redes eléctricas reforzadas, millones de chips, software, modelos, herramientas, conocimientos técnicos y una enorme infraestructura informática. Puede que algunas empresas desaparezcan y algunos inversores pierdan fortunas, pero los activos físicos y tecnológicos no se evaporan. Por eso existe una comparación histórica bastante mejor: los ferrocarriles.
Durante el siglo XIX, construir ferrocarriles parecía la oportunidad económica definitiva. El tren iba a transformar el comercio, las ciudades y el transporte, y efectivamente lo hizo. El entusiasmo, sin embargo, atrajo tanto capital y tanta deuda que terminó construyéndose a una velocidad difícil de sostener. Había proyectos magníficos y otros que parecían diseñados para conectar dos lugares donde apenas vivían catorce personas, tres cabras y un señor que no tenía intención de viajar. Cuando llegó la crisis de 1873, numerosas empresas y entidades financieras quebraron.
Pero las vías siguieron allí. Ese detalle lo cambia todo. Los inversores podían arruinarse y, al mismo tiempo, el ferrocarril podía convertirse en una infraestructura esencial para la economía durante décadas. No existe ninguna contradicción. Una tecnología puede ser revolucionaria y estar rodeada de una burbuja financiera al mismo tiempo. Internet volvió a demostrarlo un siglo después: muchas empresas puntocom desaparecieron, pero la fibra óptica, los servidores, los protocolos y el hábito de conectarnos a la red permanecieron. El exceso financiero no convirtió Internet en una mala idea; simplemente convirtió muchas inversiones concretas en pésimas inversiones.
La Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales aporta otra pieza al rompecabezas. Su importancia no está en que fuera una antepasada de una empresa de inteligencia artificial, sino en la innovación financiera que representó: reunir el dinero de muchos inversores para afrontar proyectos demasiado grandes y arriesgados para una sola fortuna. Esa capacidad de concentrar capital permitió financiar barcos y expediciones comerciales. Más tarde se utilizó para canales, ferrocarriles, electricidad, telecomunicaciones e Internet. Hoy se utiliza para construir complejos de centros de datos que cuestan decenas de miles de millones.
La historia cambia de decorado, pero el mecanismo se repite. Primero encontramos una tecnología capaz de transformar una industria. Después aparece una narrativa irresistible: “esto va a cambiarlo todo”. A continuación, llega el capital. Muchísimo capital. Finalmente, como somos seres humanos y tenemos una admirable incapacidad para hacer las cosas con moderación, descubrimos la posibilidad de invertir todavía más. En algún momento alguien pregunta si realmente hacían falta tantos barcos, tantas vías, tanta fibra óptica o tantos centros de datos. Normalmente esa pregunta llega después de haberlos construido.
En la inteligencia artificial hay además una característica especialmente llamativa: algunos de los grandes fabricantes y proveedores de infraestructura tienen incentivos para ayudar a financiar el ecosistema que compra sus propios productos. Microsoft ha invertido en OpenAI y al mismo tiempo le vende servicios de computación. Amazon ha invertido en Anthropic y Anthropic utiliza AWS. Nvidia vende los chips indispensables para gran parte de esta infraestructura y participa también en acuerdos destinados a facilitar nuevas construcciones. El dólar, visto desde lejos, parece hacer turismo: sale de una empresa, visita otra y finalmente vuelve a casa con una factura bajo el brazo.
Eso no significa que el mismo dólar se contabilice infinitamente como beneficio. Inversión, ingresos, beneficio, valoración y flujo de caja son cosas distintas, aunque en las conversaciones de Internet suelen meterse todas en la misma batidora. Si una empresa invierte cien euros en otra y la segunda utiliza esos cien euros para comprarle un servicio, han ocurrido varias transacciones reales. Pero no han aparecido mágicamente doscientos euros de riqueza. Hay activos, obligaciones, costes y servicios intercambiados. La contabilidad puede ser compleja; la multiplicación de los panes y los peces sigue perteneciendo a otro departamento.
La pregunta decisiva es mucho más sencilla: ¿quién paga al final? Porque un ecosistema de empresas puede financiarse entre sí durante bastante tiempo, pero tarde o temprano necesita dinero procedente de fuera del círculo. Empresas que paguen por automatizar procesos. Programadores que produzcan más. Hospitales que ahorren tiempo. Bancos, gobiernos, investigadores, anunciantes y consumidores que encuentren suficiente valor para pagar por estas herramientas. Si esos clientes externos generan ingresos suficientes, la infraestructura de IA podría convertirse en algo parecido al ferrocarril, la electricidad o Internet.
Si no ocurre, el circuito se vuelve más problemático. Una empresa financia a otra; la segunda compra servicios a la primera; la primera anuncia que sus ingresos relacionados con IA están creciendo; los inversores celebran ese crecimiento y aportan más capital; y el ciclo comienza otra vez. Puede funcionar durante un tiempo. Incluso puede producir tecnología extraordinaria. Pero no puede sustituir para siempre a la demanda económica real. En algún momento alguien que no participa en el carrusel tiene que pagar la entrada.
Por eso la discusión sobre si la IA es “una burbuja” suele estar mal planteada. Una burbuja no implica necesariamente que la tecnología sea inútil. Los ferrocarriles fueron revolucionarios y hubo una enorme especulación ferroviaria. Internet cambió el planeta y la burbuja puntocom fue real. Las dos cosas pueden convivir perfectamente. Incluso podríamos descubrir dentro de unos años que la inteligencia artificial transformó sectores enteros y, simultáneamente, que una buena cantidad de las inversiones realizadas durante esta década fueron desastrosas.
Tal vez esa sea la comparación histórica más útil. Los tulipanes nos recuerdan el peligro de comprar porque todos esperan que el precio siga subiendo. La Compañía de las Indias Orientales nos recuerda el poder de reunir enormes cantidades de capital. Los ferrocarriles nos enseñan que una infraestructura útil puede sobrevivir a los inversores que financiaron su exceso. Y la inteligencia artificial parece estar tomando un poco de cada historia.
Así que, cuando alguien asegure que la IA no puede estar en una burbuja porque “es una tecnología increíble”, conviene recordar que esas dos afirmaciones no se excluyen. Puede ser una tecnología extraordinaria. Puede cambiar el mundo. Puede justificar inversiones gigantescas. Y también podemos pasarnos de entusiasmo, construir demasiado deprisa y descubrir después que algunas valoraciones tenían más imaginación que los propios modelos de IA.
Si al final todo sale bien, habremos construido una nueva infraestructura económica mundial. Si sale mal, al menos nos quedarán centros de datos, chips y probablemente una cantidad histórica de artículos explicando por qué nadie pudo verlo venir. Y si la historia sirve de guía, dentro de veinte años alguien escribirá que era evidentísimo desde el principio. Ese es, probablemente, el único negocio que nunca entra en burbuja: explicar las burbujas después de que hayan explotado.