La lengua de los canarios
La lengua materna, nativa o propia de los canarios es la lengua española (no castellana), que es la que les permite organizar el mundo que los rodea, conservar su memoria, la memoria que los conecta con sus antepasados y garantiza su continuidad histórica, construir el futuro, sentir y comunicarse con sus semejantes. “El hombre es sobre todo memoria y lenguaje”, como señala Emilio Lledó. Sin la lengua española, el pueblo canario actual no entendería ni sentiría el mundo como lo entiende y siente, y, por tanto, no sería lo que realmente es. Por eso digo que la lengua propia de los canarios es la lengua española; la lengua española hablada con aliento físico y espiritual propio; con el aliento físico de su voz concreta y el aliento espiritual de sus conceptos, deseos, ilusiones y frustraciones insulares u oceánicas.
Hay canarios que dicen sentirse, primero, canarios, y, después, españoles. Otros, a la inversa, confiesan sentirse, en primer lugar, españoles, y, luego, canarios. En tercer lugar, los hay que aseguran sentirse canarios y no españoles. Y otros, por último, manifiestan sentirse españoles y no canarios. Y todos ellos tienen derecho a hacerlo, porque los sentimientos, como las ideologías, las creencias religiosas o las inclinaciones sexuales pertenecen al dominio, la privacidad o la intimidad de cada cual. Pero, desde el punto de vista de la lengua, que es un hecho objetivo, la canariedad y la hispanidad del canario moderno no pueden separarse de ninguna manera, porque son caras de una misma moneda: todo canario moderno es hispano, porque tiene como lengua materna la lengua española, que le proporciona los esquemas fónicos, gramaticales y léxicos a través de los cuales organiza y ve el mundo que lo rodea y construye su “canariedad”; y todo canario moderno es canario porque rellena esos esquemas mentales de representación espacial, temporal y conceptual que es la lengua española con su aliento personal y la sustancia de su realidad física y psicológica de hombre insular. Por lo tanto, ni lo lingüísticamente canario del canario puede separarse de lo hispano, ni lo lingüísticamente hispano del canario puede separarse de lo canario. Digámoslo con una obviedad: desde el punto de vista lingüístico, que es el que nos interesa aquí, el hombre de las Islas no es otra cosa que hispano-canario; es decir, hablante de la lengua española en su modalidad canaria; como el hombre de Castilla no es otra cosa que hispano-castellano, el hombre de Andalucía, hispano-andaluz, el hombre de Cuba, hispano-cubano, y así sucesivamente.
Claro que, como sabemos todos, la lengua propia de los canarios, que es la lengua española, repetimos, no es exclusiva de ellos, sino que la comparten con sus compatriotas del resto de España, que fueron quienes la trasplantaron ya bastante desarrollada a las Islas, desde principios del siglo XV, y con sus hermanos de Hispanoamérica, que la recibieron, casi un siglo después de que la misma empezara a aclimatarse a los aires y necesidades del Atlántico en las Islas Canarias, de estas y de la Península. La propiedad lingüística de los canarios es una propiedad compartida con gentes de mundos cultural, racial y geográficamente diversos; lo que, dicho sea de paso, no constituye ningún inconveniente, al contrario de lo que sucede cuando se comparten propiedades materiales (porque los beneficiarios del reparto tocan a menos), sino una ventaja, por tres razones principales:
En primer lugar, compartir su lengua con otros pueblos del mundo constituye una ventaja para el canario, porque esa lengua, que abraza la inmensidad territorial que va desde los Pirineos hasta la Patagonia, le permite rebasar ampliamente la rutina del diminutivo mundo físico de apenas siete mil quilómetros cuadrados rodeados de océano que tiene su hábitat natural.
En segundo lugar, el hecho de que su lengua sea hablada por gentes de razas, culturas y procedencias tan diversas constituye para ellos una gran ventaja, por lo que significa de enriquecimiento de sus expectativas culturales, literarias y científicas. Por escribir en español, el madrileño Cervantes, el vasco Unamuno, el andaluz Juan Ramón Jiménez, el mejicano Juan Rulfo, el colombiano García Márquez, el argentino Jorge Luis Borges, el uruguayo Horacio Quiroga y la chilena Gabriela Mistral, por limitarnos a unos cuantos ejemplos no menores, son tan de los canarios como sus paisanos Cairasco de Figueroa, Clavijo y Fajardo, Viera y Clavijo, Pérez Galdós, Alonso Quesada, Tomás Morales, Josefina de la Torre o Manuel Padorno. Como es evidente, que una lengua sea hablada por multitud de gentes no es sólo importante por lo que implica de ampliación del ámbito de comprensión de los que la hablan. Es importante también por lo que supone de suma de voluntades e inteligencias (el habla -dice Saussure- implica siempre una “acto de voluntad e inteligencia”) en el desarrollo de sus posibilidades expresivas. Las civilizaciones y las culturas no las dan las lenguas de forma espontánea, sino que las inventan los hablantes con ellas en la dialéctica concreta del vivir cotidiano y su actividad intelectual. Por eso, cuantos más hablantes tenga una lengua natural, más posibilidades tendrá de desarrollar las potencialidades expresivas que contiene y más ricas y variadas serán las civilizaciones que sobre ella se construyan. Los hablantes son la mano de obra de las lenguas; y, cuanto más mano de obra haya, de mayor envergadura y finura será la obra que construyan.
Y, en tercer lugar, el hecho de que el canario hable una lengua de tanto huelgo territorial y humano como la española constituye una gran ventaja para la promoción de la cultura y la literatura propias. Por estar escrita en lengua española, la obra de un Clavijo y Fajardo, un Viera y Clavijo, un Alonso Quesada, un Tomás Morales, un Víctor Ramírez, un Andrés Sánchez Robayna o un Eugenio Padorno, por ejemplo, tiene una potencialidad de lectores que va mucho más allá de los poco más de dos millones de persona que constituye la población canaria de hoy. Los escritores canarios actuales no tienen un mercado de dos millones de posibles lectores, sino de más de seiscientos millones, independientemente de que logren o no suscitar el interés de todos.
En síntesis, que, gracias a la lengua española, la geografía mental y cultural de los isleños no se reduce a las limitadas dimensiones de su modesto archipiélago o de sus reducidas islas. Abarca la inmensa geografía espiritual y cultural de más de veinte naciones, separadas en lo político, pero unidas en lo espiritual, que les proporciona un amplio margen de libertad individual, más allá de las fronteras de su patria material. Lo que quiere decir que la patria espiritual del canario, que es la importante, no se reduce a la geografía canaria. Tampoco se limita a la geografía de España. La patria espiritual del canario es la lengua española toda, forjada a base de voluntad e inteligencia por autores diversos, de todas partes del mundo hispánico y de todas las épocas del idioma, como los castellanos Alfonso X el Sabio, el Arcipreste de Hita, Jorge Manrique, Bernal Díaz del Castillo, Cervantes o Quevedo, los andaluces Góngora, Bécquer, Antonio Machado o Juan Ramón Jiménez, los vascos Unamuno o Gabriel Celaya, los mejicanos Sor Juana Inés de la Cruz o Alfonso Reyes, los cubanos José Martí o Alejo Carpentier, los canarios Viera y Clavijo o Alonso Quesada, los argentinos José Hernández o Jorge Luis Borges, los chilenos Gabriela Mistral o Pablo Neruda, los nicaragüenses Rubén Darío o Ernesto Cardenal, etcétera, que son los auténticos padres espirituales de españoles e hispanoamericanos.
¡Cómo no va a constituir una ventaja formar parte de una de las patrias idiomáticas más grandes del mundo occidental e, incluso, del planeta todo! ¡Pobres canarios si, en lugar de hablar la lengua global que hablan, que les amplía su ámbito de comprensión y entendimiento hasta los confines de la tierra, hablaran una lengüilla de andar por casa, criolla o no criolla, una lengüilla regional; o siete lengüillas insulares, cuyo ámbito de entendimiento no pasara de la punta del muelle, que, además, los embarcaría en pueblerinas guerras con sus vecinos insulares por quítame allá esas palabras!
Queda claro, por tanto, que, al contrario de lo que ocurre con los bienes de consumo, bienes espirituales como las lenguas son tanto más grandes cuanto más se comparten. Y son tanto más grandes cuanto más se comparten, porque, en las lenguas, el aumento de propietarios no empequeñece la propiedad, sino que la acrece. En las lenguas naturales, no cuentan sólo las lenguas; cuenta también el número y la calidad de sus hablantes.
La historia de la lengua española ha sido siempre una historia de “compartimiento” y “departimiento”, a la vez, casi desde sus orígenes mismos. De una parte, una historia de compartimiento, porque ha hermanado o unido en una misma alma semántica y en una misma melodía fónica a gente de la más diversa condición (moros, judíos, cristianos; blancos, negros, cobrizos, mestizos y mulatos; creyentes y ateos; republicanos y monárquicos; peninsulares, canarios, americanos, africanos, asiáticos, etc.) desde el viejo continente hasta el Pacífico occidental, pasando por la colosal América, superando así incomprensiones y mezquindades aldeanas, empobrecedoras del espíritu. Unió primero en su verbo a gentes de todos los rincones de la Península ibérica y de allende los Pirineos, como castellanos, vascos, navarros, aragoneses, catalanes, francos y gallegos, que participaron codo con codo en las huestes que lucharon contra el islam, durante los 800 años de la famosa Reconquista. La misma onomástica personal hispánica, plagada de apellidos de origen gentilicio y toponímico de toda la Península, como Castellano, Navarro, Aragonés, Gallego, de León, Madrid, Lugo, Toledo, Sevilla, Cuenca, Soria, Zaragoza, Cáceres, Asturias, Segovia, Trujillo, Valenciano, Murciano, Soriano, Vasco, Toledano, Portugués, Cordobés o Franco, no deja mentir. A la Península ibérica, primero la unificó idiomáticamente el latín y, cuando la unificación del latín se vino abajo por la irrupción de los bárbaros del norte y los árabes, entonces le tocó unificarla al español. Luego fue integrando en su ámbito de hermandad a los árabes que, tras el colapso del califato, hubieron de plegarse a la nueva realidad. Más tarde, esta lengua, que había nacido tierra adentro, decidió echarse a la mar océano del Atlántico y del Pacífico, y se extendió, lamentablemente, no sin violencia, como en todo proceso de conquista y colonización, a los bereberes de Canarias (de donde apellidos como Guanche, Bencomo, Chinea o Tacoronte), a los indios de América (de donde apellidos como Apaza, Atahualpa, Quispe, Vilca, Cocotle, Atonal o Xonchicalle), a los cobrizos de Filipinas (de donde apellidos como Aquino, Habalo o Tibayan), a los negros de Guinea Ecuatorial, a los bereberes y árabes del Sahara occidental, uniendo espiritualmente lo que la mar tenía separado físicamente y dando lugar a un inmenso pueblo de alma idiomática única: el pueblo hispano, que contiene en su germen a íberos, vascos, romanos, visigodos, árabes, judíos, gitanos, canarios, caribes, aztecas, quechuas, araucanos, saharianos, etcétera.
Y, de otra parte, ha sido la lengua española una historia de “departimiento”, porque ha permitido que, con los mismos procedimientos espirituales de base, cada pueblo en ella integrado haya creado su proyecto cultural y literario propio. Pocas lenguas como la española han hecho tanto por el anhelado ideal de integrar a todos los seres humanos en un espíritu común, sin por ello impedir la libertad expresiva y el desarrollo cultural, literario, político o religioso de cada uno de los pueblos que lo comparten. Ahí está América, con su prodigioso desarrollo literario y cultural propio, con su arrolladora personalidad, para demostrarlo. Identidad lingüística no implica identidad cultural ni identidad racial. Como escribe Unamuno, “los celtas del país de Cornualles hablan inglés, y los judíos del Austria meridional consideran el castellano como su lengua sagrada; los lapones y los fineses en Europa, los melanesios y papúes en Oceanía, tienen la misma lengua y son esencialmente diferentes. El eslavón se extinguió en 1683 en Prusia, donde cinco siglos antes no se conocía el alemán; los galos fueron vencidos por el espíritu romano; los normandos, por el francés e inglés; los waregos en Rusia y los francos, en Galia. Todos estos hechos prueban que la raza lingüística no es idéntica a la fisiológica, pero nada prueba contra la proposición que he sentado, que el lenguaje es el espíritu de la raza. Esas son razas cuyo espíritu se ha enajenado, razas en el cuerpo, no razas en el alma”.
Todo ello pone claramente de manifiesto que las lenguas, en sí mismas y por sí mismas, nada tienen que ver con las razas biológicas, las religiones, las culturas, las geografías o los más o menos efímeros proyectos políticos de cada quisque. En realidad, en y por sí mismas, las lenguas sólo son sistemas de intuiciones formales y semánticas, impulsos espirituales de posibilidades designativas y denotativas infinitas, bastante resistentes al paso del tiempo, con los que puede construirse cualquier religión, cualquier cultura o cualquier proyecto político, por muy diversos que estos sean. “Una lengua” -dice Andrés Bello- “es como un cuerpo viviente: su vitalidad no consiste en la constante identidad de sus elementos, sino en la regular uniformidad de las funciones que estos ejercen, y de que proceden la forma y la índole que distingue al todo”. La capacidad generativa de las lenguas naturales no tiene límites. Por eso, puede decirse que la libertad del ser humano, que depende de la lengua, es infinita.
Esto que comentamos es tan obvio, que lo aceptan, de mejor o peor grado, incluso los independentistas canarios (por lo menos, los más sensatos), tan críticos siempre con España y lo español, como es lógico. Así, para Manuel Meneses, por ejemplo, “la lengua castellana, de España, o el español de Canarias, la haremos nuestra en el sentido de lengua nacional canaria como accedamos a la independencia de Canarias, entonces podremos decir, como lo dijeron los colombianos, los peruanos, argentinos, cubanos o puertorriqueños que tenemos una lengua y que por lo tanto nadie nos podrá impedir desde España el sentimiento de nuestra nacionalidad, o el que queramos tener una televisión propia o una Academia de la lengua como ahora la tienen los países que en tiempo de colonias de España no la pudieron tener”. Efectivamente, así es. Lo que hablan los canarios de hoy no es otra cosa que español, un español con aire y alma de Canarias. Y eso, con todas las prerrogativas que este hecho idiomático implica, sin necesidad de ninguna independencia. Porque Canarias podrá necesitar la independencia por razones políticas o económicas, según los pareceres de cada cual, pero no por razones lingüísticas. Lingüísticamente, el canario es ya inmensamente independiente y libre. Y es inmensamente independiente y libre porque habla una lengua que no sólo le proporciona, como hacen todas, los recursos técnicos imprescindibles para ejercer la libertad de pensamiento (que es la libertad máxima a que puede aspirar el ser humano), creando, según su libre albedrío, las palabras, las oraciones y los textos que necesite para dar vida a las criaturas de su imaginación, fantasías o sueño de hombre insular, sino porque esa lengua abarca un inmenso ámbito de humanidad.
La lengua española no es cárcel para los canarios, como suelen sentir, pensar y decir algunas personas. Es todo lo contrario: como la risa del niño al poeta, al canario quien “lo hace libre, le pone alas, soledades le quita y cárcel le arranca” es precisamente la lengua española. No se olvide que, como señala Gregorio Salvador, “en este mundo en que vivimos, el ámbito lingüístico en que se mueve un hombre señala, en buena parte, los límites de su verdadera independencia”. Lo que quiere decir que, si el pueblo canario trocara la lengua universal que habla por una lengua minoritaria cualquiera, antes que ampliar su ámbito de libertad de millones y millones de quilómetros cuadrados y de millones y millones de almas, lo reduciría drásticamente a una pequeña área de siete mil quilómetros y apenas dos millones de hablantes. Borges se lo había advertido ya a sus paisanos más resentidos con la madre patria, siempre tan dispuestos a desertar de la lengua española, allá en los espejismos de su pampa, con estas palabras tan certeras: “Desertar porque sí de la casi universalidad del idioma, para esconderse en un dialecto chúcaro y receloso es proyecto de malhumorados y rezongones”.