¿Lengua criolla el habla canaria?
No menos descarriadas que los defensores de la identidad guanche del habla canaria andan todas aquellas personas que, aun aceptando que en la base de nuestra forma de hablar se encuentra el español, sostienen que la lengua que habla el pueblo canario actual no es propiamente español, sino una lengua derivada de él, con rasgos fónicos, gramaticales y léxicos propios. Así, para J. M. Encinoso Mena, por ejemplo, la “lengua canaria” sería una lengua en parte distinta del español, porque posee voces y expresiones que no existen en el español general. “Confieso y creo que lo he dicho en alguna ocasión” -escribe este autor- “que yo, que me considero persona instruida, pronuncio al día más de 20 o 30 vocablos ”canarios“ en el lenguaje coloquial con familiares y amigos”.
En la misma línea, sostiene José Luis Rodríguez Concepción que “con las más de doce mil voces que tenemos, y las que se puedan recuperar, podemos tener un idioma: el canario”. Por su parte, el grupo Avanza Canarias / Palabras Canarias afirma, sin ambages, que el sistema fonológico y el sistema léxico que emplean los canarios son parcialmente distintos del sistema fonológico y el sistema léxico del español. “Sin dejar de reconocer que el habla canaria tiene una parte mayoritaria que pertenece al conjunto fonológico y lingüístico del español, no podemos negar ni olvidar la parte significativa del habla canaria que no pertenece a este conjunto fonológico y lingüístico. Pocos niegan el mestizaje de la cultura canaria; desde esa óptica no se entiende cómo se niega el mestizaje lingüístico, sin el cual no se podría construir una cultura con esa misma característica. Toda cultura se estructura sobre una lengua que le transmite sus propios códigos para articular y comprender esa cultura”.
Algunos se atreven a afinar aún más la hipótesis que comentamos y llegan a afirmar que esa supuesta lengua particular que hablan los canarios es en realidad una lengua criolla, resultado de la fusión del español, el guanche y el portugués. Así, para Alfonso O’Shanahan, muchas palabras canarias “nada tienen que ver con España, y sí con nuestros antepasados aborígenes, con la lengua portuguesa, con los arabismos posteriores a la ignominiosa conquista, con americanismos, con indigenismos o criollismos fruto del mestizaje, y, efectivamente, no parece muy adecuado tildar de ”español de Canarias“ al habla canaria o, por simplificar, al canario”. Circunscribiendo el problema a la isla de La Palma, para Pedro Nolasco Lean Cruz, el habla palmera “puede ser considerada una lengua criolla como lo fue el papiamento de Curaçao”.
Es rigurosamente cierto que el habla canaria posee voces procedentes de la lengua o lenguas que hablaba la población canaria preeuropea, de la lengua que hablaban los miles de portugueses que empezaron a establecerse en las Islas casi al mismo tiempo de su conquista y colonización y contribuyeron a organizar su vida social y económica, de la lengua que hablaba el puñado de normandos que estableció Jean de Bethencourt en las islas de Lanzarote, Fuerteventura y El Hierro, fundamentalmente, en los primeros tiempos de la invasión europea, del español de América, etcétera. De ahí que se pueda decir con razón que el vocabulario más local o familiar del habla canaria es producto de todos los pueblos que han estado en contacto con los isleños, tanto dentro como fuera de las Islas. Pero no menos verdad que ello es que este material léxico prestado por el guanche, el portugués, el francés y español de América al español que trajeron los andaluces a Canarias desde principios del siglo XV no alteró lo más mínimo sus estructuras fónicas, gramaticales y léxicas, sino que fueron absorbidos enteramente por ellas. Como tampoco alteraron esencialmente las estructuras del viejo castellano los miles de voces que este tomó prestadas del árabe durante los ocho siglos que los castellanos estuvieron en contacto con los musulmanes en la Península ibérica. Debe rechazarse, por tanto, la ingenua creencia de que el habla canaria nació de la mezcla del español con las lenguas indígenas y el portugués. Las lenguas en contacto no se funden, sino que, por lo general, las fuertes sobreviven y las débiles desaparecen, dejando alguna que otra voz en el vocabulario de aquellas, digerida por su aparato fónico, gramatical y léxico. Y no se funden, sino que se imponen o desaparecen porque se trata de sistemas, de organismos internamente unitarios, no de nomenclaturas o listas de palabras, como nos enseñó Ferdinand de Saussure. Como ha advertido la lingüística moderna, las lenguas no admiten ni fonemas ni idiotismos gramaticales que repugnen a su propio organismo. Ni siquiera las llamadas lenguas criollas son el resultado de un proceso de fusión, sino de un proceso de simplificación de sistemas.
Nada hay en el habla canaria que “no pertenezca al conjunto fonológico y lingüístico español”, en contra de lo que sostiene el grupo Avanza Canaria / Palabra Canaria. Un análisis medianamente ecuánime de sus materiales permitiría demostrar que los procedimientos semánticos (gramaticales y léxicos) y formales o fonológicos invariantes que subyacen a esas prácticas idiomáticas son esencialmente los mismos que sustentan el habla del resto del mundo hispánico. Lo que hicieron el guanche, el francés o el portugués en Canarias no fue otra cosa que enriquecer el inventario de las raíces léxicas de la lengua española con nuevas aportaciones, no modificar sus estructuras fónicas, gramaticales y léxicas.
Y, si las palabras que prestaron los guanches, los franceses y los portugueses al habla canaria no alteraron en lo esencial las estructuras fónicas, gramaticales y léxicas de la lengua española de base, sino que se integraron en ella, entonces lo que se habla en Canarias no puede ser una lengua criolla, sino la lengua española. Es verdad que el español que hablan los canarios posee palabras, expresiones y melodías que no encontramos en otras variedades de este idioma, como el castellano, el andaluz o el español de América, pero eso no implica que hablen una lengua distinta de la que hablan castellanos, andaluces e hispanoamericanos, sino simplemente que la hablan de forma diferente de ellos. Las lenguas naturales no se hablan ni pueden hablarse nunca igual porque las condiciones materiales de los hablantes y las necesidades expresivas, las vicisitudes históricas y los contextos propios de cada comunidad humana son siempre distintos. Es lo que explica la variación geográfica, social, histórica, estilística, etc., que encontramos siempre asociada a todas las lenguas históricas del mundo, independientemente de la extensión que tengan. Es la langue o código quien garantiza la unidad de la lengua; no la parole o ejecución de ella, que es por naturaleza distinta de lugar a lugar, de grupo humano a grupo humano, de persona a persona y hasta de acto comunicativo a acto comunicativo.
Mírese por donde se mire el asunto que nos ocupa, no existe el más mínimo fundamento científico para afirmar que en Canarias se habla una lengua distinta (sea guanche o criolla) de la lengua hispana. Y digo hispana para evitar el gentilicio español, que, para los indigenistas y africanistas canarios, es como mentar la soga en casa del ahorcado. Porque está claro que el hecho de que la lengua que habla el pueblo canario, la lengua que le proporciona su verdadera alma, porque, como hemos dicho ya, lo que llamamos alma no es otra cosa, en el fondo, que la lengua que se habla, el aliento cargado de sentido y vida que exhalamos al expresarnos, tenga el mismo nombre que los naturales de lo que ellos llaman “nación invasora” (es decir, España), ha distorsionado gravemente, tanto en Canarias como en América, el problema de su identidad lingüística.
La no menos grave de estas distorsiones ha sido la obsesión por sustituir el nombre verdadero de la lengua, que es español, como hemos dicho antes, por el de castellano, como si en Canarias se hablara con las zetas, ches y jotas del español de Castilla. Pero no, no se trata de castellano, porque, pese a haber sido Castilla quien dio el primer aliento a la lengua que habla el canario, la acunó recién nacida y la alimentó en su adolescencia, hoy el castellano no es otra cosa que una modalidad más de esa lengua, una modalidad bastante diferenciada (básicamente, por su consonantismo tenso y la rotundidad y crudeza con que la emplean sus hablantes), de la modalidad atlántica (de consonantismo relajado y expresión menos contundente y más recatada), a la que pertenece el habla canaria. ¿Por qué se habla de español de Canarias y no de castellano de Canarias, sino porque lo que hablan los canarios es español y no castellano? En Canarias, nunca se ha hablado castellano (si acaso, andaluz, en los primeros momentos de su historia). La denominación castellano de Canarias implica una impropiedad manifiesta, y hasta una contradicción, porque, actualmente, el castellano es, como el mismo gentilicio indica, el dialecto de Castilla. Precisamente por ello, nadie en su sano juicio hablará hoy de castellano de Canarias.
Es evidente que el problema fundamental que subyace en estos cambios de denominaciones en cierta manera infantiles es el sempiterno problema de las lenguas que han devenido internacionales o universales. ¿Qué nombre corresponde a estas lenguas de gentes tan diversas?: ¿el de los pueblos que las crearon o el de los pueblos que las han adoptado? Desde el punto de vista histórico, lo lógico es que ostenten el nombre de los pueblos que las crearon, que fueron los que las bautizaron por primera vez. Ya se sabe que, como todo lo que existe, también los nombres (sobre todo, los nombres) perseveran en ser. Pero, desde el punto de vista sincrónico, que es lo que, según vimos más arriba, cuenta para el hablante, esta persistencia resulta problemática, porque esas lenguas ya no son propiedad exclusiva del pueblo que las creó y difundió por el mundo, sino que pertenecen por igual a todos los pueblos que las hablan: al que las creó y a los que las adoptaron después, que las han enriquecido con sus propias aportaciones y que, como es natural, se sienten heridos en su amor propio cuando le dicen que hablan una lengua que es de otros. Por eso, hay quienes creen que el problema podría resolverse redenominando estas lenguas internacionales con nombres neutros o generales, que eviten las susceptibilidades de los hablantes que no se sienten identificados con el original. Concretamente en el caso que nos ocupa, si la lengua que comparten los canarios con los hispanoamericanos y los españoles peninsulares, en lugar de llamarse española, se llamara hispana, como llego a llamarla Borges en alguna ocasión, o hispana, hispanoamericana o sobrecastellano, como quería Unamuno, para dejar claro que esa lengua se ha construido sobre el viejo castellano, con desarrollos fónicos, gramaticales y léxicos de aragoneses, leoneses, extremeños, murcianos, andaluces, canarios o americanos, esta susceptibilidad dejaría de existir, o, por lo menos, se paliaría en buena medida.
La polémica no tiene, empero, justificación alguna, puesto que la combinación lengua española no es un sintagma libre, sino eso que la pedantería lingüística suele llamar lexía compleja; una lexía compleja donde el adjetivo de relación español no tiene el sentido gentilicio de ‘perteneciente o relativo a España’ que tenía en origen, sino que forma parte de una denominación unitaria, la denominación unitaria lengua española, que significa algo así como “lengua con características fónicas, gramaticales y léxicas determinadas que se habla en la Península ibérica, Canarias y América, principalmente”. Como en las combinaciones ensaladilla rusa, crema catalana o silbo gomero los gentilicios ruso, catalán y gomero no ostentan el sentido gentilicio de “perteneciente o relativo a Rusia”, “perteneciente o relativo a Cataluña” y “perteneciente o relativo a La Gomera” que ostentan respectivamente en sus usos independientes, sino que forman parte de una expresión unitaria que significa “determinado tipo de ensaladilla”, “determinado tipo de crema” y “determinado tipo de silbo”.
Por lo demás, como percibe explícita o implícitamente todo hispanohablante lengua española y lengua de España significan cosas distintas, como no puede ser de otra manera, porque se trata de construcciones gramaticales diferentes. Como acabamos de decir, lengua española se entiende como determinado tipo de lengua, porque, como el término español tiene significación categorial adjetiva, se integra como rasgo semántico simple en el nombre lengua que lo rige; en tanto que lengua de España se entiende como ‘lengua perteneciente a España’, porque, como el término España es nombre propio, atrae hacia sí el concepto implicado en el nombre lengua. Mientras que en la combinación lengua española es el concepto complementario ‘España’ el que se integra en el concepto nuclear ‘lengua’, en la combinación lengua de España es el concepto nuclear ‘lengua’ el que se integra en el concepto complementario ‘España’.
En todo caso, no deja de resultar sorprendente, por irracional e ilógico, el desdén que muestran determinadas personas por una lengua como la española, de tanta amplitud geográfica y social y que cifra una de las literaturas y culturas más importantes del planeta. Porque el español no es sólo la lengua que hablaban los conquistadores de Canarias y América y los españoles más intransigentes (algunos de ellos canarios), como suponen muchos de los que desdeñan lo español. La lengua española es mucho más que todo esto: es, por encima de todo, el vehículo de expresión de buena parte del mundo civilizado, con creadores de una enorme potencia, como Fernando de Rojas, Cervantes, Góngora, José Hernández, Martí, César Vallejo, Lorca, Sábato, García Márquez, Tomás Morales, Juan Ramón Jiménez y tantas gentes de talento más, sin las cuales no se explicaría la civilización hispana e incluso, la occidental toda. ¿Ignora el chovinismo localista el hecho cultural que comentamos?
¿O será que se odia la lengua española, no tanto porque esta se designe con el gentilicio de la metrópoli, cuanto porque es una lengua universal, que no cuadra a los intereses tribales o pueblerinos de algunos? Desde luego, no sé yo hasta qué punto puede ser esta segunda la verdadera razón del desprecio que sienten determinados hispanohablantes de la periferia por la lengua que hablan. Una prueba más o menos evidente de que la hipótesis que planteo no es ni mucho menos una quimera la tenemos en la iglesia del país vasco, tan cómplice siempre con los defensores de la endogamia de su pueblo, “que confiaba en que llegaría el día en que los vascos dejarían de aprender el castellano, la ‘lengua del liberalismo’”, como señala Hugh Thomas en su importante obra La guerra civil española. Sí señor, los obispos nacionalistas vascos lo vieron muy claro desde el principio: lo que es el español es la “lengua del liberalismo”. Y “lengua del liberalismo” no tanto en el sentido decimonónico de lengua de personas políticamente liberales, frente a los conservadores, supuestamente hablantes del vernáculo, sino “lengua del liberalismo” en todos los sentidos de la expresión. “Lengua del liberalismo”, porque, como se vio más arriba, el español se ha dado liberal o generosamente al mundo. “Lengua del liberalismo”, porque se trata de una lengua universal, no una lengua mezquina, circunscrita a una pequeña aldea y a una culturilla de andar por casa; lengua abierta a todos los horizontes del planeta. Y “lengua del liberalismo”, porque, precisamente por ser universal, libera a los que la hablan de la cárcel aldeana en que los encierra su vida más inmediata de todos los días.
Una lengua de tal envergadura cultural y literaria y de tal amplitud territorial y humana como la española no puede usarse como bandera de guerra, ni nacional, ni nacionalista, porque pertenece a la humanidad. Por eso, las lenguas internacionales o trasnacionales no interesan a los nacionalismos castizos, sean estatales o regionales, tan dados a instrumentalizarlo todo para marcar los límites de su guarida o territorio de influencia. En realidad, a buena parte de los defensores de las lenguas minoritarias, esas lenguas, tan importantes desde el punto de vista cultural y humano, les traen sin cuidado. Les interesa como instrumento político, no como instrumento lingüístico y cultural.
La transformación de las lenguas en banderas de guerra, emblemas o insignias para marcar el territorio político (casi como los animales su guarida mediante olores o lo que sea) constituye una auténtica calamidad, tanto para las lenguas mismas como para los hablantes. Para las lenguas porque, de instrumentos de concordia o entendimiento, instrumentos para poner en común almas, que es para lo que se crearon (“hablando se entiende la gente”, reza el dicho popular), pasan a ser, paradójicamente, instrumentos de discordia, instrumentos para separarse o diferenciarse de todo aquel que no pertenezca a la horda propia, o que no piensa como a uno interesa. Para los hablantes, porque de instrumentos para pensar con libertad y defenderse de la irracionalidad, animalidad o bestialidad que implican los dogmas, lugares comunes o discurso repetido de los tiranos, los malvados o los estúpidos, que es para lo que deben servir, se degradan a la condición de instrumentos de opresión, instrumentos para imponer una forma de pensar única: el dogma, lugar común, discurso repetido o disco rayado identitario estatal o regional de que se trate.
Sólo defendiendo y estudiando a fondo la lengua española en toda su dimensión territorial, cultural y humana podrán mantenerse los canarios, sean independentistas o no, libres de los salvapatrias que aspiran a rebajar las Islas a la condición de república bananera, y de los que hacen lo posible y hasta lo imposible para que se mantengan en la ignorancia, enzarzados en quimeras o extravagancias, para controlarlos mejor.