Canarias Ahora Opinión y blogs

Sobre este blog

Palabra y libertad

10 de abril de 2025 13:48 h

0

La aspiración máxima de todo ser humano es la felicidad, “vivir bien y a gusto”, como dicen en román paladino las Sagradas Escrituras. Por eso ha buscado liberarse siempre de toda dependencia geográfica, temporal, climática, biológica, social, laboral, económica o política, ora mediante recursos efectivos, como las armas, la escritura o la tecnología, ora mediante sucedáneos de estos más o menos nocivos para la salud, como las drogas y el alcohol. Sólo algunos místicos y los masoquistas dicen gozarse en el sufrimiento, el trabajo, el sometimiento a los caprichos del otro, el hambre o el martirio, sin que haya contradicción en todo esto, porque, como dice el dicho popular, “sarna con gusto no pica”. De ahí que la historia de la humanidad no sea otra cosa que un largo proceso de liberación, como ponen claramente de manifiesto la evolución y el desarrollo de los vocabularios de las distintas lenguas del mundo. Al fin y al cabo, gracias a las palabras, que no son etiquetas que clasifican cosas, como suele creerse habitualmente, sino las cosas mismas, ha podido liberarse el hombre de las tantas servidumbres que implica el vivir real. 

En primer lugar, con palabras como caverna, cabaña, morada, casa, vivienda, hogar, palacio, traje, manta, Plutón, Eolo, Tláloc, Zeus, Thor o Yu Shi y las cosas que designan, que han jugado y siguen jugando, según los casos, un papel importantísimo en la vida de los pueblos, se liberó del determinismo de la geografía, el clima, los efectos devastadores de los elementos o fenómenos naturales (volcanes, terremotos, huracanes, inundaciones y sequías) o de las angustias y temores que le provoca el desconocimiento de sus causas. 

Más tarde, con voces como democracia, libertad, elecciones, voto popular, plebiscito, igualdad o soberanía popular, se liberó de las ataduras de clanes, estirpes, hordas, tribus, sectas, monarquías absolutas, autocracias, plutocracias o regímenes totalitarios, gobernados por hechiceros, caudillos, cabecillas, castas, césares, zares, káiseres, delfines, faraones, menceyes, guanartemes, emperadores, validos, mesías, señores feudales, marqueses, barones, condes, tiranos, reyes e incluso animales en forma de tótems, según los casos, dejando de ser vasallo, súbdito o paria y convirtiéndose en ciudadano libre, dueño de su propio destino. Nunca se ponderará bastante la importancia que tuvo ese genial invento de los griegos que fue la democracia para la liberación del ser humano. 

Posteriormente, con expresiones como ahorrar, manumitir o emancipar, se liberó el hombre de la tiranía de los otros hombres, que lo esclavizaban mediante voces como siervo, coartado, eunuco, ilota, mezquino, exarico, muleque, odalisca, siervo de la gleba, cimarrón, negrada, carimba, collar, hierro, marca, virote, galpón, látigo, tortura, esclavatura, herrar o conuco y le permitían usarlo como mercancía o como bestia de carga, que se compraba, se vendía, se intercambiaba, se castigaba, se maltrataba y hasta se privaba, si al amo venía en gana, del bien más preciado que tiene todo ser viviente, que es la vida misma.

Ya en la modernidad, con vocablos como ciencia, evolucionismo, relatividad, científico, agnóstico, laicismo, anticlerical o ateo se liberó de las ataduras religiosas que implicaban voces tradicionales como fiel, creyente, evangelización, cura, providencialismo, fraile, obispo, creacionismo, infiel, pagano, hereje o feligrés, que lo ligaban a dogmas más o menos irracionales, que hacían depender su existencia del capricho de dioses o seres sobrenaturales controlados por el poder de turno, al que se suponía que aquellos habían revelado la verdad absoluta, y que tan rentables resultaban para justificar atroces tropelías, como conquistar y convertir almas supuestamente descarriadas, con el pretexto de salvarlas, o hacerlas arder en la hoguera (herejes), si no se plegaban a sus caprichos.

Desde principios del XX, con expresiones como lucha de clases revolución, justicia social, comunismo, igualdad, clase trabajadora, marxismo, unidad, emancipación, solidaridad, proletariado, huelga o dignidad humana se liberó de la tiranía del capital y del trabajo que implicaban voces como propiedad privada, explotación del hombre por el hombre, salario, empleado, criado o chacha, etc., que lo reducían a la condición de mero productor, mano de obra barata o esclavo laboral.

Poco más tarde, con elementos como salario social, renta básica, libertad individual, integración, igualdad de oportunidades, derechos laborales, liberalismo, gasto social, derechos sociales, becas o libre mercado, que redujeron el socialismo soviético a socialdemocracia o sociedad del bienestar, se liberó del comunismo o igualitarismo anterior y del vocabulario que lo hizo posible, porque el ser humano repugna ser igual a los demás. Quiere ser original y reafirmar su personalidad, empezando por su nombre propio. Hasta el inevitable parecido con los padres genera malestar en el hombre. Por eso suele ser tan crítico con ellos.

Más recientemente, con creaciones como feminismo, sufragista, conciliación, empoderamiento, sororidad, ruptura del techo de cristal, perspectiva de género, discriminación positiva, paridad, brecha de género, violencia doméstica, machirulo, neomachismo, cisgénero, revictimizar, misoginia, apropiación machista, sexismo o androcentrismo, se ha ido zafando la mujer de la patriarcal sociedad tradicional, que, basándose en la biología y las servidumbre de la maternidad, la había subordinado a los intereses familiares, sexuales, económicos o políticos de los hombres, igualándolas así en derechos y deberes con ellos. Gracias a este elenco de voces de la modernidad y las cosas que designan, la situación laboral, jurídica, social y sexual de la mujer de hoy poco tiene que ver ya con la de la mujer de la sociedad de antaño; y, menos, con la de la época bárbara, cuando era incluso víctima de raptos y se consideraba botín de guerra, pudiendo el hombre regalarla o venderla a voluntad. Desde entonces, perdieron vigencia o crédito expresiones más o menos denigrantes de la condición de la mujer y todos aquellos prejuicios que implicaba su sumisión, como virgen, harén, favorita, vestal, harimaguada, acllahuas, pirfo, casquivana, cuero, prostituta, infiel, pelandusca, puta, cornudo o cabrón, como pone de manifiesto cualquier diccionario medianamente actualizado. 

También en tiempos más recientes, con vocablos como neumonía, hepatitis, aneurisma, artrosis, astigmatismo, candidiasis, cistitis, dispepsia, neuralgia, endoscopia, mamografía, radiografía, ecografía, genética, otorrinolaringólogo, cardiólogo, urólogo, traumatólogo o anestesista, introducidas por las ciencias médicas y los avanzados servicios sanitarios de los países modernos, que hacen más justicia a las enfermedades, sus diagnósticos y sus remedios que las impresionistas curandero, hechicero, chamán, yerbero, rezado, tabardillo, pulmonía, nervios, acidez, melancolía, haba, divieso, cuajo, colapso, rezado, sortilegio, hechizo, escapulario, talismán o amuleto del mundo de antaño, ha podido liberarse en buena medida de los males del cuerpo y del alma, que tanto han comprometido siempre su felicidad. En esta renovación del léxico tradicional de enfermedades y remedios han jugado un papel fundamental los centros de salud y la atención primaria, donde los pacientes aprenden a hablar de enfermedades y curaciones, no con los viejos de la familia, como antiguamente, sino con el personal sanitario que les presta asistencia.  

En las últimas décadas, con creaciones como mundo virtual, avatar, tarjetas de crédito, criptomoneda, metaverso, criptografía, juego de roles, ciberseguridad, ciberataque o hacker, se ha liberado el ser humano de los determinismos espacial y temporal a que se encuentra sometida toda existencia empírica y le han permitido vivir en el mundo etéreo de lo intangible, a través de artefactos como el teléfono, la radio, la televisión o el ordenador. Este anhelo de superación de las barreras del tiempo y el espacio por parte del ser humano no es, empero, nada nuevo. Viene desde muy atrás: viene desde los lejanos tiempos en que el hombre inventó la escritura, que es la más sofisticada de sus obras de ingeniería, para superar la fugacidad y la presencialidad (el aquí y ahora) propias de la lengua hablada y el arte para superar la tiranía de la realidad. La escritura y el arte fueron quienes primero liberaron al ser humano de las ataduras del tiempo y el espacio. Pintando animales atravesados por flechas en las paredes de su caverna, creía el hombre primitivo cazar en efecto ciervos, leones y otras alimañas.

Y, por último, con osados neologismos, como género fluido, pansexualidad, parejas abiertas, gay, poliamor, otre(s) (en oposición a los tradicionales otro(s) y otra(s)), la cruzada del feminismo y la transexualidad contra la binaria categoría gramatical de género (masculino y femenino), etcétera, se ha liberado del determinismo biológico, que subordina la sexualidad a la reproducción para la perpetuación de la especie, que había propiciado voces denigrantes como maricón, tortillera, boyera, sarasa o bujarrón, inventando así nuevas identidades de género y nuevas relaciones sexuales, que dependen más de la voluntad, la imaginación y el deseo de hombres y mujeres que de la biología. 

Obviamente, cambios tan drásticos como los reflejados en los particulares vocabularios citados no han podido producirse de forma espontánea ni de la noche a la mañana, sino que han surgido de un lento proceso de lucha cruenta de unos seres humanos contra otros; una lucha encarnizada entre aquellos que están convencidos de que el mundo tiene una lógica propia, sea natural o providencial (casos extremos los constituyen sectas como los aghoris de la India o los amish de los Estados Unidos, por poner ejemplos extremos), a que hay que atenerse (los llamados conservadores o reaccionarios, que a veces se resisten al cambio, sobre todo, por lo que supone de pérdida de los privilegios adquiridos), y aquellos otros que piensan que depende única y exclusivamente de la voluntad de los hombres, más o menos sedientos de novedades, de igualdad y de justicia social (los llamados progresistas o partidarios de cambios graduales y revolucionarios o partidarios de cambios vertiginosos y profundos), y que tanto ha condicionado y sigue condicionando la convivencia en los diversos pueblos del mundo. Es lo que explica que no exista país civilizado alguno donde no haya partidos conservadores y partidos progresistas, denomínense como se denominen: tories y laboristas, en Inglaterra; demócratas y republicanos, en Estados Unidos; demócrata-cristianos y socialdemócratas, en Alemania; populares y socialistas, en España. Y, cuando no hay más que uno de los dos, entonces no hay libertad, sino reacción o revolución. Cuando gobiernan los conservadores, siempre tan nostálgicos del pasado, se frena o ralentiza el progreso. Cuando lo hacen los progresistas, siempre tan ávidos de novedades, se acelera. Como son hechos lingüísticos o de civilización, no hechos naturales o empíricos, las libertades conquistadas por el hombre no tienen garantizada su continuidad en el tiempo, sino que deben defenderse con la dialéctica o con los puños todos los días de Dios ante los que ejercen el poder político, económico, cultural o social. De ahí que sea la libertad el factor que más conflictos genera en las sociedades humanas y que los Estados tengan la obligación de gestionarla con racionalidad y pedagogía para que los inevitables e imprescindibles cambios, que son ley de vida, sean asumidos por todos los ciudadanos del mejor grado posible y la sangre no llegue al río o se arme la de Dios es Cristo.

¿Por qué han sido posibles todas estas osadías de los seres humanos? ¿Por qué ha podido liberarse el hombre de la tiranía de la física, de la biología y de los otros hombres y, sin embargo, no han podido hacerlo las demás especies animales? Dicho de otra manera: ¿por qué tienen historia los hombres y los animales no? Porque es evidente que la llamada historia natural, la historia de los animales, las plantas y los minerales, no es historia en el sentido primigenio de esta palabra. Pues, simplemente, porque el ser humano no vive en el mundo empírico de la naturaleza. Vive en el mundo simbólico que ha creado él mismo con la lengua que habla; un complejo sistema de raíces léxicas y mostrativas, categorías gramaticales y reglas morfológicas y sintácticas de capacidades generativas infinitas que le permiten echarse fuera de las servidumbres del mundo empírico y navegar a sus anchas por el mar de la fantasía. El ansia de conocer y ser libre es tan poderoso en el ser humano, que ni siquiera lo disuade de ello el peligro de destrucción que implican muchos de los inventos que su portentosa imaginación forja con las palabras de la lengua que habla. Pertenece a la estirpe de los “curiosos impertinentes”, como diría Cervantes. Y esto hay que tenerlo siempre presente cuando se intentan explicar y entender adecuadamente las sociedades humanas, si no quiere sucumbirse a las profundas incertidumbres y angustias que produce su transformación; sobre todo, el vertiginoso mundo que vivimos, cuyo avance desbocado tan perplejo nos deja. El mundo de los seres humanos es un mundo de libertad; de la libertad que permite el verbo. El hombre ansía tanto liberarse de las ataduras de la existencia, que incluso llega a dejarse morir o quitarse la vida por su propia mano para conseguirlo. Porque es evidente que, bien planteado el asunto, el suicidio y la eutanasia constituyen un mecanismo de liberación, más que un estímulo para seguir viviendo, como sustentaba el singular filósofo rumano Emil Cioran, que decía que vivía únicamente porque podía morir cuando quisiera y que, sin la idea del suicidio, se habría quitado la vida. De ahí el mayor o menor auge de estos dos tremendos fenómenos a lo largo de la historia de la humanidad, según el estado de ánimo, el nivel de desarrollo y hasta las modas del momento. Conocida es la serie de imitaciones que provocó en Europa el suicidio del protagonista de Las desventuras del joven Werther, de Goethe, que inauguró el importantísimo movimiento romántico. Sólo se suicidan y se eutanasian los hombres, porque sólo los hombres tienen conciencia de los problemas que implica la vida, gracias a la lengua que hablan, que es quien los hace libres, dueños de su existencia y responsables de sus actos.