Principios de estética
No sabemos muy bien qué es lo bello, pero sí intuimos qué cosa no participa de la belleza, pues molesta, erosiona, desencaja, deshumaniza: irradia fealdad. La isla en la que vivo agoniza, pese a su potencia de permanecer, como lo hace la planta que crece entre una grieta de cemento. Quizá no le quede mucho tiempo, pues soporta una fealdad cotidiana de difícil encaje, una fealdad como de metástasis. La isla carece de unos mínimos principios de estética que permitan la armonía entre el territorio y los seres que la habitan, entre el silencio de su paisaje y el ruido de sus calles, entre los intentos humanos del crear y la amalgama irrompible de la tradición, la religión y “lo nuestro”. Además, las oportunidades que tienen las administraciones públicas para poner en marcha modelos, planes, estructuras, iniciativas, no digo ya miradas, de esos principios mediante mecanismos democráticos (ordenanzas, decretos, acuerdos) chocan con los intereses privados de un turismo depredador y sus cómplices, que no mejoran la vida de la mayoría, sino que la convierten en una vida en la cola, con las promesa del mito del progreso y el bienestar.
La consecuencia es una anestesia generalizada (la angustia por la imposibilidad de cambio genera inmovilidad, conformismo, cerrazón, somnolencia) sobre cuestiones que tienen que ver con el bien común, con crear una isla, así de “simple”: más bonita, porque lo bonito expande lo vivo y despierta nuevas percepciones, ahuyenta la visión miope y mercantilista a la que estamos asistiendo. Las consecuencias hace tiempo que ya las estamos viviendo: el aumento de población y la saturación de servicios, más coches, más pisos y más caros, más carreteras, más basura, más centros comerciales, más ocio y fiestas y menos cultura, pueblos dormitorio y pueblos dormidos. Hay rotondas copadas por médiums justicieras, por clínicas dentales, por restaurantes de comida rápida; rotondas cercadas por banderas de España que rodean a un guanche o a un santo o a una cruz; pulseras y cinturones cercados por banderas de España; rotondas con plantas foráneas mantenidas con agua desalada e imbebible, carteles desplegados en las paredes de las casas con anuncios de mesones de carnuza o parques acuáticos que, ya que estamos, poco tienen que ver con algún elemento identificativo del paisaje donde se insertan; carteles donde se lee “anúnciate”, en medio de cardones o tabaibas, entre el viento del triste, extraño y solitario del paisaje sureño. Casas sin pintar, muchas sin encalar, casas pintadas de verde fluorescente en medio del pinar, casas con balcones de yeso y garajes donde se come, se deja el coche y se vive. Ferias de abril, burguer fest, gastrobares en cada esquina, ensaladas encharcadas de vinagre balsámico y rulos de queso de cabra, tartares de atunes y salmón. Luces nocturnas de gasolineras, autopista sin luz, hospitales a medio hacer frente a tanatorios y cementerios perfectamente equipados en cada pueblo, camellos en medio del follaje del norte, cines con programación basura.
Hace 21 años, los que fueran Reyes de España inauguraron el Magma Arte y Congresos, en Adeje. Poco se sabe del genial edificio. Martín Menis, su arquitecto, pasó muchas tardes entre cardones y la piedra caliza. Quería hacer una gran piedra igual de bella y en cuyo interior se respirara vida, movimiento (es una instalación con muchas opciones por su estructura modular) y que la ciudadanía, toda, disfrutara de este espacio, no solo para el congreso o el tributo de turno, sino por ejemplo, se me ocurre, para la posibilidad de construir una gran biblioteca y sala de encuentros, espacios accesibles de diálogo y trabajo. Una vez, junto al fotógrafo del Diario, subimos al techo. Estábamos como en el caparazón de un armadillo. Al fondo el sol se perdía. Parecía que podíamos tocar la orilla con solo unos pasos. En uno de los balcones de hormigón que dan al mar, entrevisté a un simpático Cristóbal Montoro, que en ese momento era ministro de Economía y Hacienda. Conocía los recovecos de La Laguna y de la isla como si viviera por aquí. ¿España iba bien?
Otra vez, una psiquiatra, durante un almuerzo, confesó que solía escuchar a Keith Jarrett y su trío al llegar a casa, cuando quería evadirse del ruido del mundo. El pianista ha grabado casi siempre para ECM, un sello alemán, creado por Manfred Eichner, que cuida mucho el sonido, respeta el silencio de la música, mima las portadas como si de cuadros se trataran y crea una atmósfera curativa, similar a un paseo por el Llano de Ucanca (sin coches) o Benijo (sin demasiada gente). Principios de estética: belleza, bienestar, honestidad, atención. Nada grave. Kafka escribió en uno de sus cuadernos: “Lo que distrae es malo”.