La puerta que cerramos detrás de nosotros
Hace unos días fui a cortarme el pelo.
Salí de la peluquería pensando en la memoria. No en la memoria histórica, en otra mucho más frágil. La memoria de quienes un día también fueron extranjeros.
Mientras esperaba mi turno, la conversación derivó hacia la política. Después hacia la inmigración. Y, casi sin darme cuenta, empecé a escuchar frases que me resultaban difíciles de comprender.
“Aquí hay demasiados inmigrantes”, “a ver si llega Vox y pone orden”, “hay demasiados maricones”. Lo sorprendente no era escuchar esas opiniones.
En una democracia cada persona tiene derecho a pensar y votar lo que considere. Lo verdaderamente sorprendente era quién las pronunciaba.
Delante de mí había personas que un día también hicieron una maleta, que también dejaron atrás su país, que también llegaron buscando exactamente lo mismo que buscan hoy quienes siguen cruzando fronteras, una oportunidad.
Intenté recordar algo muy sencillo. Que todos, en algún momento, habíamos ocupado el lugar de quien llega. La respuesta fue inmediata: “Ahora ya somos españoles”. Y entonces comprendí que el pasaporte cambia mucho más deprisa que la memoria.
Sería profundamente injusto convertir aquella conversación en un retrato de quienes llegaron a España desde otros países. No lo es. He conocido a muchísimas personas migrantes cuya solidaridad, su esfuerzo y su memoria son un ejemplo, personas que jamás olvidarían lo difícil que fue empezar de nuevo en un lugar desconocido.
Precisamente por eso me impresionó tanto aquella escena, porque no representaba a la mayoría, pero sí reflejaba una realidad incómoda: cualquiera de nosotros puede olvidar de dónde viene cuando por fin siente que pertenece al lugar al que llegó.
Y quizá ahí empiece el verdadero problema. No hablo de ideologías, ni de partidos, ni siquiera de inmigración. Hablo de memoria. Porque la memoria es el documento que más rápido caduca cuando dejamos de necesitarlo.
Todos tenemos derecho a cambiar de país, a cambiar de trabajo, a construir una vida mejor. Lo que nunca deberíamos cambiar es la capacidad de reconocernos en quien llega detrás, porque nadie abandona su casa por capricho, nadie cruza un océano, nadie atraviesa una frontera, nadie se juega la vida en una patera porque le apetezca.
Las personas emigran porque creen que al otro lado existe una oportunidad que en su tierra ya no encuentran. Exactamente igual que hicieron millones de españoles hace décadas. Exactamente igual que hicieron miles de canarios rumbo a Venezuela, Cuba o Alemania.
La historia cambia de escenario, nunca cambia de motivo. La memoria tampoco debería tener nacionalidad.
Se pierde igual en quien nació aquí que en quien llegó desde miles de kilómetros.
Quizá el verdadero problema no sea la inmigración, quizá el verdadero problema sea la facilidad con la que algunos olvidan que un día también fueron extranjeros.
Porque lo peor que puede perder un inmigrante no es su pasaporte, es la capacidad de reconocerse en quien llega detrás.
La puerta que un día se abrió para nosotros no puede convertirse en la puerta que cerremos detrás, porque todos tenemos derecho a cambiar de país. Pero nadie debería cambiar de memoria.