¿Y si volvemos a respetarnos?
Hay tantos lugares donde puedo colocarme que me pregunto si todavía hay quien no quiere hacerlo en ninguno. Me siento triste, conmovida y con rabia por ver a un país con tantas heridas y brechas abiertas. Crecí convencida de unos principios básicos que creía que eran incuestionables: la empatía, el respeto y, cómo no, el amor.
Pensaba y sigo pensando, aún hoy con mayor convicción, que ante casi cualquier circunstancia e, incluso frente a las discrepancias, es posible encontrar en estas tres palabras las maneras de reconducirnos como sociedad hacia un camino compartido.
Desde hace ya demasiado tiempo hay quien elige instalarse y gritar al mundo desde un atril inamovible de egoísmo y odio. También quienes encuentran en esta dinámica un lugar cómodo desde el que escupir su rechazo a todo lo que no encaje en su idea de país o en los colores de su estrecha bandera.
La realidad es compleja, mucho más de lo que puede concentrarse en un vídeo que dura un puñado de segundos y para entenderla primero hace falta pararse a observar desde la cercanía y las ganas de entender.
Estos días asistimos a un debate complejo, el de cómo atajar un modelo habitacional que nos ahoga desde hace décadas. Sin ser una experta en la materia, pero sí una víctima de los precios del mercado en un territorio gentrificado como Canarias, esta situación tiene tiene tantas aristas que para abordarla hay que navegar por lugares incómodos.
Instituciones, partidos políticos y empresas se remueven en el sillón al escuchar una idea completamente revolucionaria: todos los seres humanos se merecen vivir en un hogar digno y, a poder ser, que puedan pagar sin dejar de vivir. Esta quimera, en esencia, refleja que un país democrático (y todas sus autonomías) están siendo incapaces de garantizar que su gente no acabe durmiendo en la calle, hacinada en infraviviendas o quitándose la vida por la falta de un hogar, tampoco logra que sus jóvenes puedan trazar proyectos de vida o sus mayores puedan morir bajo un techo con dignidad.
En este debate también se interpela a una parte de la población, a quienes la vida, el privilegio y las circunstancias les ha colocado del lado de quien posee un bien esencial altamente demandado. Algunos han decidido sumarse a la puja de los fondos y los buitres que disparan los precios del mercado residencial, enriqueciéndose a costa del empobrecimiento ajeno y persiguiendo la senda que ya marcaron los beneficios jugosos del alquiler vacacional. Mientras otros, que aún piensan en el mundo como un lugar común, han preferido seguir cobrando una cantidad que les asegura un ingreso extra pero que permite a sus inquilinos llegar a fin de mes.
No tengo la pócima mágica, pero sí un consejo. Si perdemos la empatía, si dejamos de respetarnos con nuestras diferencias, de cuidarnos y sostenernos, si empezamos (o seguimos) viviendo en el señalamiento y el odio perderemos el motor de la humanidad, el valor de lo colectivo y, con ello, el sentido de la democracia.