La sinrazón de la infamia, y sus secuaces
De todos los días desgraciados de agosto, solo me quedará para el recuerdo la vida perdida de ciento cuarenta personas, o más, en la espantada en la frontera de Ceuta. El resto, la porquería habitual: el país está repleto de mortadelos, otilios, filemones y pepes gotera, incluso las hermanas Gilda de la oposición opositora –adivinen quiénes son- quizás dos de los personajes más tristes de mi infancia de tebeos.
Nada hay que proponer ante unos errores, cuando menos despistes, del gobierno de España. Solo destruir, a diario y en todas partes. Ya lo dijo (Aznar) López, otro personaje de tebeo detestable y procaz. Se trata de odiar a Marruecos y sus habitantes, cosa vieja en la derecha de este país: hace cien años nos metieron en una guerra colonial sin sentido de la que no se pudo salir hasta que los franceses estuvieron en confluencia. Desde entonces, miles de españoles muertos de las clases populares que no podían eludir ni con dinero ni con enchufes, el servicio en África. De ahí nacieron casi todos los males de la patria, esa que no se reivindica y que no es folclore: mitos estrafalarios y, sobre todo, espadones ascendidos de manera fulgurante, y así llegamos a la guerra de España y la apestosa dictadura. Solo es historia, como lo será, muy pronto, lo de estos días, con personajes tan patéticos como los de entonces, y con centenar y medio de muertos anónimos que parece ser, no son de nadie.
De las crónicas de aquellos desastres de hace un siglo, me quedo con Imán, de Ramón J. Sender, y La forja de un rebelde, de Arturo Barea, ambos, como se sabe, de lectura obligatoria y análisis en nuestras escuelas e institutos: así de mal salen los “pisas”, porque no están estos libros, entre otras lecturas.
La sufrida condición de profesores y profesoras de enseñanza media –menuda cacofonía- es la causa de las causas del fracaso escolar, mal pagados y peor considerados socialmente. Así entran cada día en las aulas, y salen peor, las que salen. Hace poco más de un año daba clase de filosofía en un instituto de los campos madrileños. Al lado estaba la fábrica de galletas Cuétara, en la que nunca entré. Olía a harina o lo que fuera, y mi último día de clase, una alumna de bachillerato marroquí me regaló unos pasteles árabes que me encantan, hechos por su madre, difícilmente puede olvidarse el gesto. Allí estaba la convivencia de culturas, para el que quisiera verla y disfrutar, y también ciertos insultos y odios controlados a su manera por el profesorado. Como me dijo una de ellas, “parece mentira que no te haya gustado mucho la película ”La sustancia“, va contigo”. Y así me quedé, dudado con la dichosa sustancia y la transmutación de Demi Moore, y comiendo pastelería marroquí.