Ni Trump, ni Feijóo, ni el jefe apache Gerónimo estaban en las papeletas
Ni tampoco el fascista de Abascal
Pero Trump ha perdido por goleada y también por goleada sus homecillos patéticos de andar por casa, aquí en España.
Y debemos los demócratas y progresistas de todo el mundo estar contentos y respirar aliviados porque la marea antidemocrática de los megarricos y sus títeres en las Instituciones va cayendo en picado.
La sociedad norteamericana ha dado un ejemplo vibrante de energía cívica, la misma energía que alentó durante los años sesenta y setenta la oposición a la guerra de Vietnam y la movilización legendaria en defensa de los derechos civiles.
A mí, qué quieren que les diga, me han emocionado mucho las victorias de mujeres de estirpe indígena, afroamericana o musulmana.
La elección como senadora por Minnesota de una nativa americana, Peggy Flanagan, comprometida a la implantación del programa Medicare For All y al desmantelamiento del ICE, la banda de matones de Trump. Sí, la de “ICE fuera ahora” de las calles de Minneápolis, de Bruce Sprinsteeng.
Y el retorno de los hispanos, que han sido elegidas y elegidos como gobernadores y como representantes al Congreso en buena parte de aquellos territorios que los Estados Unidos arrebataron a México, a través del Tratado Guadalupe Hidalgo (1848), de una superficie equivalente a cinco veces la de España: la de la totalidad o buena parte de los Estados de California, Nuevo México, Arizona, Texas, Colorado, Nevada, Kansas, Oklahoma, Wyoming y Utah.
Por eso toda la ristra de payasitos del trumpismo por estos lares están hoy que no saben dónde meterse.
Ayer, sin ir más lejos, Feijóo se atrevió a pedir que no se celebre la huelga general del 11N, “69 muertos después” de la tragedia ferroviaria de Urda. En realidad, lo que quería decir es “vamos a seguir manipulando esas muertes hasta las elecciones”, no sea que la huelga general nos recuerde a todos el voto de PP y Vox no sólo contra los decretos-leyes Mari Carmen, sino contra todas las iniciativas sobre vivienda promovidas por el Gobierno progresista. Y, cómo no, el boicoteo de los gobiernos autonómicos que dirige (es un decir) o en los que participa el Partido Popular a la aplicación de la vigente Ley de Vivienda. También por parte del Gobierno de Canarias, que no se nos olvide.
Mi convicción -y la reiteraré cada vez que tenga ocasión de hacerlo- es que la derecha real, y sus bufonitos en las instituciones, está llevando al abismo la democracia española. Esa convivencia democrática que tan a regañadientes aceptaron los poderes fácticos que se lucraron y sostuvieron al franquismo.
Les estorba la independencia y el sometimiento de los jueces a leyes iguales para todos, el pluralismo informativo, los derechos sociales y laborales, el reconocimiento de la pluralidad territorial y cultural de la sociedad española.Y, al fin y al cabo, las libertades públicas y los derechos de participación: porque estos derechos activae civitatis, de ciudadanía activa, siempre serán una herramienta para la defensa de los servicios públicos y las políticas para la corrección de las desigualdades. Por eso las leyes mordaza y todo tipo de insidias contra la acampada de Sol.
Esa derecha real, la de verdad, se ha venido arriba en los últimos años con el auge de los trumps y toda la série de acólitos de los megarricos y sus intereses. Se han crecido tanto que se nos han desnudado en vivo y en directo. Somos y queremos lo mismo. La coalición PP/Vox al Senado, así, sin ningún tipo de tapujos, ha dejado claro que se trata de recuperar el control del Tribunal Constitucional, para que debidamente domesticado bendiga un programa legislativo diseñado para desmantelar la Constitución, sin necesidad de tramitar el procedimiento para la Reforma.
Por eso, Trump ha perdido “aunque no estaba en las papeletas”. Y con él han perdido Feijóo y Abascal, sus monaguillos.
Y aunque tampoco estaba en las papeletas, ha ganado Gerónimo, el apache al que toda la filmografía yankee de la epopeya de la Conquista del Oeste (léase Genocidio de los pueblos aborígenes, pléase) dibujó como un salvaje, a forest best, y era un nativo americano que hablaba español y estaba bautizado. Y que se rebeló cuando los norteamericanos blancos y anglosajones invadieron las tierras de sus antepasados, cuyos títulos de propiedad habían sido reconocidos por la monarquía española, como en tantos lugares de América.
Así que la extrema derecha está en declive. Y la democracia, los derechos civiles y las políticas y servicios públicos, otra vez en alza.
Por eso estoy contento.