Lo universal en lo local
Todos sabemos que sólo a partir de los valores invariantes o esenciales de la lengua y determinando el lugar que ocupan dentro del complejo dialectal al que pertenecen pueden entenderse las hablas regionales, sean estos los que sean. Por eso, el estudio del habla de las Islas no puede limitarse a describir sus localismos, sino que debe aspirar a hacer una gramática y un diccionario de todo el idioma para uso de los canarios, como hicieron Andrés Bello y Rufino José Cuervo para América. Sin estas dos herramientas imprescindibles para la cultura del pueblo, es imposible colocar el español de Canarias, que es, como sabemos, mucho más que un puñado de voces exóticas, en el lugar que le corresponde en el complejo dialectal de la lengua hispana.
Los canarios deben estudiar su dialecto, sí, pero, para hacerlo como Dios manda, tienen que mirar necesariamente hacia los fundamentos básicos de la lengua española, las formas de expresarse del resto de sus compatriotas de lengua, las lenguas hermanas de Europa (empezando por el latín y el griego) y el resto de las lenguas del planeta (que las palabras del hombre llegan de todos los horizontes, porque son de la humanidad), todos ellos imprescindibles para comprender su forma de decir y entender el mundo en que viven. Hay que salir no sólo de los límites de la isla, sino también de las fronteras de España, y aprender de los europeos (tan próximos y distantes a la vez para los españoles), siempre atentos a todo lo que ocurra más allá de su entorno. Ellos saben muy bien que las ciencias no tienen patria.
Nunca ha dejado de admirarme el entusiasmo con que han viajado y siguen viajando a Canarias tantos estudiosos y estudiantes italianos, ingleses, polacos, alemanes, austriacos, búlgaros, franceses, etcétera, a estudiar la lengua, la prehistoria, la historia, la cultura, el lenguaje silbado, la flora, la fauna, los volcanes, etcétera, del lugar y de entristecerme profundamente que haya tan pocos estudiosos y estudiantes canarios que se hayan interesado y se interesen en serio por la lengua, la cultura, la historia, la flora, la fauna de los pueblos del resto del mundo. Si los italianos, los ingleses, los polacos, los búlgaros, los silesios, los austriacos, los alemanes, etcétera, se interesan por su historia, su lengua y su cultura, ¿por qué no sienten nuestros compatriotas recíproca curiosidad por el dialecto siciliano, los poetas de Polonia o la interesante historia de Silesia, por limitarme a un par de ejemplos?
En la lingüística canaria ha habido frecuentemente un divorcio entre dialectólogos y lingüistas. Los primeros que se atrevieron a hacer algunos pinitos en la dialectología insular (Sebastián de Lugo, Elías Zerolo, Álvarez Rixo, Antonio María Manrique…) se limitaron a recopilar palabras y formas de decir locales, generalmente privilegiando las más antiguas, exóticas o raras, sin tener en cuenta los aspectos generales que les subyacían, generalmente por falta de formación lingüística. De ahí que fueran siempre mirados por encima del hombro por los lingüistas más ortodoxos; como una especie de trasnochados coleccionistas de rarezas y antiguallas. De “pincharranas” o “cazadores de detalles” hablaba irónicamente don Miguel de Unamuno en estos casos. Por su parte, los lingüistas ortodoxos no pasaban del español estándar, normativo o académico, haciendo caso omiso del habla viva del pueblo, incluso condenándola por su supuesta corrupción.
De ahí que fueran habitualmente acusados por los anteriores de ser gentes de ordenanzas, receteros o meros especuladores, y hasta de vivir al margen de la realidad insular. Este divorcio entre lingüistas y dialectólogos ha resultado catastrófico para el estudio del habla canaria, porque, sin tener en cuenta lo general, no pueden comprenderse lo local; ni lo canario ni lo estándar ni nada, porque lo local no es otra cosa que manifestación de lo general; y, sin tener en cuenta lo particular, lo canario, lo estándar o lo de todos los demás ámbitos del idioma, tampoco puede comprenderse lo general, porque lo general sólo existe en lo local.
No se trata de coleccionar palabritas o formas de pronunciar antiguas o modernas; se trata de explicarlas, tanto en su dimensión sincrónica como en su dimensión diacrónica, ambas inexorablemente imbricadas. Y, para explicarlas sincrónica y diacrónicamente, resulta imprescindible mirar hacia los fundamentos lingüísticos que les dan vida, hacia los otros dialectos del idioma y hacia el resto de las lenguas del mundo, como con tanta sabiduría y gracia hace Ángel Rosenblat, por ejemplo, con las formas de decir venezolanas en su Buenas y malas palabras.
¿Cómo puede darse una explicación de nuestro seseo, por ejemplo, sin tener en cuenta el seseo andaluz, que es de donde procede, el sistema de consonantes sibilantes del castellano medieval, que constituye su punto de partida, el sistema fonológico latino, que es de donde surgió dicho sistema castellano y las soluciones que aquel adoptó en el resto de las lenguas románicas? ¿Cómo puede darse una explicación coherente de la voz canaria anjova (ajova), designativa del pez que los científicos denominan Pomatomus saltatrix, sin tener en cuenta el vocabulario de los pescadores portugueses, de cuya voz anxova procede, el vocabulario de los pescadores andaluces, de cuya forma anchova procede la portuguesa, y el vocabulario de los pescadores genoveses, de cuya forma acciughe, expandida por el sur de España en la época medieval, procede la andaluza? ¿Cómo puede explicarse el nombre del emblemático timple canario o timple de Cuba, Santo Domingo, Puerto Rico, Colombia, Uruguay y Venezuela sin tener en cuenta la forma tiple con que se designaba en la España del siglo XVII un guitarrillo de voces muy agudas, convertida en triplo, timple y chiple en Gandesa (Tarragona), Murcia y Cespedosa de Tormes (Salamanca), respectivamente? Por donde se ve claro que lo que tienen de canario las palabras y las expresiones que emplean los isleños es mucho menos de lo que tienen de español, europeo y universal.
Por lo general, las palabras más tradicionales de una lengua o de un dialecto no son nunca producto de un lugar en exclusiva, sino que surgen de la colaboración de parte de la humanidad, o de toda ella; proyectos colectivos donde cada cual aporta lo que puede, según sus necesidades y circunstancias, a veces, en recorridos rocambolescos. Así, sabemos que, como nos ha hecho ver el citado Rosenblat, la voz española apartamento, en el sentido de ‘piso pequeño para vivir’, tiene su origen más inmediato en el inglés apartament o el francés appartament, que proceden del italiano appartamento ‘piso para vivir’, adaptación del nombre verbal español apartamento ‘acción y efecto de apartar o apartarse’; que la voz tinerfeña y palmera gandola ‘camión de grandes dimensiones’ llegó a Canarias desde Venezuela, que la había adoptado del inglés norteamericano gandola ‘tubo largo fijado a dos ruedas que se podía unir al eje trasero de un camión’, que la había tomado a su vez de la voz italiana góndola, diminutivo de gonda, que los venecianos habían tomado del griego kondy ‘vaso para beber’, que, según el parecer de Diez, procede de la lengua persa; o que la voz canaria juercan ‘vara con pelota de trapo en un extremo para remover el grano en el tostador’ tiene su origen en la voz bereber aferkan ‘palo para remover el fuego’, que deriva a su vez del latín furca ‘horca’. ¿Cómo puede negarse que toda palabra, sea la que sea, implica a la humanidad toda?
Y, a pesar de ello, a pesar de que la mayor parte de las cosas de Canarias tienen su origen en el exterior, en los últimos siglos, por lo menos, ha habido en ellas una especie de alergia hacia lo nacional o internacional, como pone de manifiesto el escaso número de isleños (Juan de Iriarte y Cisneros, Bernardo, Tomás y Domingo de Iriarte y Nieves Ravelo, Clavijo Fajardo, Agustín de Betencourt y Molina, Nicolás Estévanez, Fernando León y Castillo, Pérez Galdós, Juan Negrín, Blas Cabrera Felipe, Óscar Domínguez, Josefina de la Torre, Millares Carlo, Alfredo Kraus, Juan Marichal, Rumeu de Armas, Martín Chirino o Ramón Trujillo, constituyen excepciones) que ha irradiado su acción política, cultural, artística, lingüística, literaria, histórica, académica o científica más allá de las Islas. Como si no hubiera sentido interés por lo que pasaba fuera de su pequeño mundo.
Enciende uno la radio o la televisión nacionales y oye a compatriotas gallegos, andaluces, aragoneses, murcianos, catalanes, vascos, castellanos, leoneses, asturianos, riojanos, cántabros… opinando, con más o menos tino, sobre los problemas grandes y pequeños de la patria, que a todos conciernen, pero nunca o muy pocas veces (Juan Cruz y Armas Marcelo constituyen excepciones) oye abrir la boca a los canarios, como si se hubieran comido la lengua. ¿Por qué no ha interesado al canario del común las cosas que pasan en Bilbao, Zaragoza, Barcelona, Madrid o Sevilla, siendo, como es, que esas cosas, aparentemente lejanas, también a él afectan y sin las cuales no se pueden explicar su realidad y sus problemas? ¿Por qué han tenido los canarios y lo canario tan poca presencia en la vida nacional española, de la que forman parte inseparable y que tan determinante es para sus compatriotas peninsulares como para ellos?