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El ventilador era Gato Pérez, y yo en la Floresta

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Cuando mis alumnas pijas de la Bonanova de Barcelona me alegraban y me soportaban, acudía a las verbenas con ilusión. Verbenas metropolitanas de Barcelona y catalanas por la tenora.

Una noche en La Floresta animaba el cotarro Gato Pérez, matemático bonaerense y segundo inventor de la rumba catalana. Juanito Carandell era muy amigo suyo, pero eso lo supe mucho después. Aquella noche solo me sacaba de mis líricas tonterías una bella uruguaya huida de la dictadura, que tenía una pizzería en San Cugat. Como casi siempre, su experiencia pudo con mi estupidez y, además, las pizzas estaban como casi nunca las había probado. La verdad, es que no había salido de los dos o tres locales de entonces, próximos a Infanta Carlota también entonces, que eran en sí mismos una cadena. Para mí eran de lujo, un poco, estudiante en las últimas y en el último año de carrera. Me encantaba la Mamma, pero mi uruguaya me sacó pronto del error.

Tocaba Gato Pérez noche y escuché por vez primera El ventilador sin saber muy bien a qué se refería el autor. Ahora creo que ya lo sé.

La verbena acabó tarde, y hasta que se apagaron las luces estuvimos charlando, ella, yo, y varios y varias. Debía ser 1980, el último verano antes del esperpento y vergüenza del golpe de estado. La fecha baila mucho, un poco menos, quizás, no mucho más puede no ser.

No había cama en la comuna de Gran Vía aquella noche, ni para mí: dormí en Sant Cugat y tenían en aquella casa a Sisa y a Qualsevol nit por sortir el sol, que yo había aprendido de antaño. Parece que a nadie se le había ocurrido ponerlo, con lo cual triunfé descubriéndolo y traduciéndolo, pero no hubo más, supongo que por respeto infame a mí súbita sabiduría. Culta y cultos que había allí, Sisa no les parecía suficiente: estaba con el Serrat más adaptado a las luchas de la época, a Llach todavía en un momento bello. Pero Sisa no. De Pau Riba ni hablamos. Le recordaré siempre en su iconoclastia irreverente en Canet 1976.

Por la mañana, me fui sin desayunar y acabé, cómo no, en la terraza del Sandor esperando que bajara Isabel pero tampoco nos conocíamos. Fue una noche verbena de conocimientos anticipados, que suelen ser los mejores. Todavía los Ferrocarriles de la Generalitat tenían billetes y precios para al menos dos clases. La primera lucía aquellos espantosos asientos de pseudo terciopelo a la británica. Los frecuenté mucho pero eso fue también después, cuando vivía en Sarrià. Ahora no, ahora estamos en Ceuta y todo nos parece pequeño. Al partido principal de la oposición opositora, porque hay varios, se les rompen las cuadernas: si escribiera aquí que podría promoverse un intercambio en la Unión Europea, entre Ceuta y Gibraltar, me matarían al amanecer. Pero sería propicio: duraría tanto escribir el acuerdo que dentro de cien años estaríamos en las mismas y sin invasiones o sucedáneos.

La uruguaya no me habló de una bella librería de Montevideo, Linardi y Risso, porque su futuro dueño vivía en el exilio en Madrid. Años después, le compré la primera edición de Poeta en Nueva York, la de Bergamín, por seiscientos dólares: barato entonces, y barato ahora. Creo que lo he contado muchas veces, y es que lloré emocionado a la salida mientras pasaba con respeto aquellas páginas en un cafetín del viejo Montevideo.

Ahora que se recuerda tanto a Lorca, no sé si sería más encomiable cierto olvido y no meter al poeta en ciertas controversias actuales. No lo sé. Acabará siendo santo de la devoción de la presidenta de Madrid, y se lo apropiará. Y Lorca no es de todos ni de todas, es de los que lo leemos desde que estaba mal visto, que fue ayer.

Me fui a otra verbena imaginada a As Xubias, en Coruña. Quieren tirar y reformar todo eso, un viejo pueblo o barrio de pescadores, y meterlo que la centrifugadora de los encantos turísticos de la ciudad: qué horror. Allí, frente a la tasca centenaria que todavía existe, creo, me esperaba María José Porto, en aquella casita recibía mis cartas que no contestaba y fueron muchas.

“No me escribas” avisó la uruguaya, “nunca se sabe en qué manos pueden caer los papeles.” Mas le escribí, un par de años. También a la pasión rubia que vivía junto a la plaza de la Bonanova, pero ella sí contestó, y contesta brevemente, hasta ahora.