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El Hierro (X) / El Valle de El Golfo, de arriba abajo

La isla de El Hierro, sabrosa donde las haya, sobre todo por lo imponente que se muestra la naturaleza en sus límites geológicos, es menuda, secreta, tranquila y completa a la vez. Se recorre en nada, si las salidas están bien organizadas, y ofrece gran variedad de retratos y de elementos naturales de primer orden, en especial de especies vegetales y animales endémicas (lagarto gigante de El Hierro) y de formas, texturas, colores y lugares únicos, sólo visibles en la isla del Meridiano Cero. Y esto sin hablar de su gente, otro de sus principales valores.

Varios ejemplos de los potenciales de El Hierro se muestran a través de un sencillo recorrido desde el mirador de Jinama, en la pared nordeste del inmenso valle conocido como El Golfo (expuesto al norte), hasta el núcleo de Frontera, al lado mismo del cono volcánico de piroclastos Montaña de Juapira.

Luego se puede proseguir camino de la costa, hacia el nordeste, hacia Las Puntas y Las Salinas, con paso obligado por el criadero de lagartos gigantes de El Hierro (en el caserío de Guinea) y con regreso a la cumbre de la misma vertiente escarpada a través del camino real que comunica los bajos nororientales de El Golfo con el muy visitado mirador de La Peña (este recinto es obra del artista canario, ya fallecido, César Manrique). Una vez arriba, el mar escupe los Roques de Salmor con espuma de salitre atlántica a su alrededor.

El viaje propuesto no ofrece dificultad alguna y lo funde todo. Entrega al visitante los valores máximos en casi todo lo peculiar que concede El Hierro a sus pobladores y viajeros, y, eso sí, todo muy bien resumido en un paseo de nada, de apenas una hora, para ir de la cumbre húmeda de las praderas septentrionales de la isla hasta el cálido piso de la plataforma costera de El Golfo. Antes de partir, desde Jinama, se advierte la inmensidad del paisaje visitado; por el camino, la vegetación en su estado clímax, con sus pisos bioclimáticos, y abajo, las formas, las esculturas de los pobladores de El Golfo, y el mar que suele batir con fuerza en el acantilado chico.

De Frontera a Guinea y de Guinea a La Peña, a través morfologías que se han creado para garantizar el sustento (agricultura) y de recuerdos de un pasado que mantiene en la retina las malas coyunturas. En Las Puntas, se abandona lo presente abajo y se empieza a disfrutar, con el sufrimiento de las rampas que conducen a la altitud estelar del mirador de La Peña, de estructuras geológicas, de paredes escarpadas, de cortinas acantiladas, de un paisaje sin igual y de mucha, mucha naturaleza. Naturaleza y aire fresco que acompasan la subida hasta culminar con la vista descomunal de los Roques de Salmor, todo disfrutado desde la tranquila recuperación en la obra más representativa de César Manrique en El Hierro: el mirador de La Peña.

Formas esculpidas con las manos

El trayecto Jinama-La Peña da mucho de sí, pero no sólo en el ámbito natural. Las formas y los paisajes antropizados que se divisan en el interior del valle de El Golfo no desmerecen. En efecto, desde las plantaciones de plátanos hasta las de piña tropical, pasando por los cultivos de secano propios de las medianías (vid, papa, millo…), en El Hierro todo es belleza, limpieza y orden. Los lugareños han sabido dominar el paisaje en esta zona de la isla, lo que no pasa en otros lugares, como es el caso de La Restinga. Con aptitud tan ejemplar, han posibilitado que las formas urbanas, semiurbanas y rurales, con gran importancia de los modelos agrícolas clásicos en las islas occidentales (producciones vegetales con destino a la exportación, sobre todo plátano, y al mercado interior local: piña, papas, verduras y uva transformada en vino), sumen en vez de restar. Otro logro que hay que poner en la lista de haberes.