Pedro y Tomás Chávez, los últimos zapateros remendones de Tenerife
Entrar en sus apenas diez metros cuadrados de taller es como sentir el tiempo congelado, como si nos trasladáramos a mediados del siglo XX, incluso a etapas previas. El olor a cuero; el aparente desorden sempiterno que desesperaría a mucha gente; las estanterías repletas de pares de zapatos y tenis, que también se esparcen por el suelo; los cestos de castaño decorativos colgados del techo; un bolso por aquí; unos cintos por allá; mochilas más de estos tiempos; moldes; quinqués; zurrones de gofio de pieles (los de siempre); calabazas que ni recuerdan cuándo se secaron; herramientas diversas y -seguro- con demasiado óxido para su gusto; infinidad de objetos variopintos; jaulas de caña; una encuadernación con escudos policiales; diplomas y reconocimientos, fotos del propio taller y múltiples programas de Semana Santa de La Orotava en la pared, como el de 1989, que parecen anunciar los pasos para los próximos días, pero que, en realidad, llevan en el mismo sitio clavados con una chincheta como si fuese un castigo, una parada del tiempo, como los rollos de película de la abandonada sala de proyección de Cinema Paradise.
Y en medio de esta estampa, dos trabajadores, una máquina de coser especializada y otra de mayores dimensiones al fondo (de unos 25 años) en una combinación que, por desgracia, entró hace tiempo en el listado de especies en extinción: Pedro y Tomás Chávez Méndez se presentan ellos mismos como los últimos zapateros remendones de Tenerife -y no lo hacen orgullosos, al contrario-, temen que no haya muchos más con su misma labor tradicional en Canarias y lamentan que el panorama sea similar en el resto de España y fuera en estos tiempos de más consumismo que nunca, en esta larga etapa de una industria textil y de calzado copada por China (e India), según recalcan, y en la que a mucha gente le es más rentable comprarse otros dos pares nuevos por muy pocos euros a arreglar los tenis o zapatos que tienen a la antigua usanza: en los zapateros de siempre.
Precisamente por esa tendencia a adquirir y no reparar, ya casi no quedan estos artesanos del cuero, los cosidos imposibles, expertos en cómo huelen y cómo de eficaces son los distintos pegamentos, en arreglar todo tipo de bolsos, ajustar cintos, rehacer polainas para las fiestas... A sus 61 y 59 años, respectivamente, Pedro y Tomás suponen una casi entrañable excepción que se la deben, primero a sí mismos, sin duda, pues está claro que aman un oficio más que en peligro, y, segundo, al legado de su padre, Pedro Chávez Trujillo, quien abrió la Zapatería Chávez en estos mismos diez metros cuadrados (con un pequeño patio interior anexo y un espacio para cambiarse) en 1951, cuando la competencia sólo en La Orotava era de una veintena más de talleres de zapateros en los distintos núcleos. Imagínense en todo el Norte de Tenerife, en la Isla entera y en el resto del Archipiélago entonces…
Encima, a su padre, que empezó de aprendiz casi siendo un niño en la zapatería de Antonio Luis Domínguez, en Los Cuartos, le dio por emanciparse pronto (a los 19) y abrir su exitoso negocio (sólo basta comprobar que aún está en pie en un desierto de zapaterías tradicionales) en uno de los rincones orotavenses más bellos: el jardín de San Francisco, con sus espectaculares dragos, a los que estos días les han cortado algunas ramas por caídas o riesgos. Casi en la linde entre La Villa de Arriba y la de Abajo, aunque muy cerca de la Casa de Los Balcones y el ayuntamiento, y, sobre todo, de otras industrias locales señeras, como el molino de gofio Chano (la empresa más antigua aún en funcionamiento en Tenerife, de mediados del siglo XVI) o la extinta -y anexa al taller- fábrica de gaseosa Andomi (por Antonio, Domingo y Miguel, con sus famosos sifones), espacio desgraciadamente muy deteriorado desde hace mucho.
Si uno se acerca a la fachada, y salvo por lo añejo de la puerta de madera de la zapatería Chávez o el cartel de vehículo adaptado, que también lleva ya ahí sus buenos años, bien podría estar de nuevo en 1951, con sus dos escalones de piedra canaria, su pared pintada de un amarillo oscurecido, el número 15 empoderado, el tradicional e irregular empedrado de la vía y la más que meritoria labor artesanal dentro. Y aunque Pedro hijo recalca ahora que ya no tienen el número de clientes de hace 60, 50, 40 o hasta 25 años, pese a acaparar el mercado insular, en los primeros diez minutos de entrevista para estas líneas el pasado miércoles entraron hasta doce clientes y algunos tuvieron que hacer cola. Una prueba de que, como subraya también su hermano Tomás (con su característico pelo largo recogido) y ratifica Pedro, “uno no se hace rico con esto, pero sí puede vivir dignamente”.
Pedro, el mayor (61), comenzó a seguir los pasos de su padre cuando tenía 14 años, mientras que Tomás lo hizo con 15. Pese a esta dilatadísima trayectoria laboral, el primero tiene cotizados 37 años (en realidad, ha trabajado diez más), “pero porque antes no se hacían contratos a ciertas edades y no había el control de ahora”, explica, situación que vive también su hermano. No obstante, cuando se jubilen ambos -y no piensan extender mucho su actividad más allá de la edad exigida-, temen que este oficio de zapatero tradicional, de zapatero remendón, los de toda la vida, se pierda para siempre en Tenerife porque no hay quien herede su labor. “Hemos tenido a algún aprendiz y algún joven se ha interesado incluso hace poco, pero entre el contrato, el seguro y que no tenemos tiempo para dejar el trabajo y enseñarles bien, nos resulta imposible”.
“Se están perdiendo los oficios”
Lamentan, eso sí, que este tipo de oficios, “como el de herrero (el trabajo de su abuelo paterno)”, se vayan a perder y no exista formación reglada, ni en FP, ni cursos ni intención de las administraciones por evitarlo. “Nuestro padre estuvo un año de aprendiz sin cobrar nada, pero, claro, eran otros tiempos”, explica Pedro. “Lo que sí hay en diversos municipios es el típico que tiene una máquina para pegar o coser algún zapato rápido, pero nada que ver con lo que hacemos nosotros y, de hecho, muchas veces nos mandan a clientes porque no pueden solucionarles lo que les piden”.
Según explican, hasta hace unos quince o veinte años sí tenían aún pedidos a medida por encargo. Otro cambio consiste en que han ido trabajando menos horas, desde las doce diarias de antaño a las 8-9 de ahora (eso sí, con horario religioso de lunes a viernes, de 09.00 a 13.30 y de 15.30 a 18:00, y los sábados, de 09.00 a 13:00). Su labor no ha cambiado mucho: pegar muchas suelas, sobre todo puntas de zapatos y tenis; arreglos mayores que, a veces, aún requieren hasta los típicos clavos de antes (con el característico martillo en el que sobresale su cabeza aplanada); ajustes de cintos; asas de bolsos; cremalleras; ganchos; muchas mochilas que, eso sí, en estos tiempos de pre fiestas de La Orotava (la célebre romería de San Isidro, entre otras) posponen para centrarse precisamente en polainas y otros elementos de los trajes típicos o tradicionales, o algunas piezas de cuero. Y todo por entre tres y, generalmente, veinte euros, “aunque también salen trabajos por cuarenta o más”, aclara Tomás.
Entre las múltiples anécdotas tras toda una vida entre estas paredes, Pedro siempre recuerda una de hace mucho tiempo, de cuando aprendían con su padre: “Un señor que tenía un pie más corto que otro le pidió unos zapatos a medida, con la correspondiente alza interior en uno, y mi padre se los hizo a cambio de un adelanto; pero el hombre nunca vino a buscarlos y temimos perder el dinero y lo hecho. Pasó un tiempo y, de repente, viene otro señor distinto con el mismo problema, el mismo número de pie y los mismos centímetros de menos, con lo que resultó perfecto; problema resuelto”, recalca entre risas.
Por supuesto, admiten que en ese desorden aparente a veces extravían algún par o confunden los trabajos pedidos, a los que le ponen sólo el nombre del cliente en un papelito (algo de siempre en este tipo de gremios) y dan una fecha aproximada de entrega, generalmente para una semana después por el trabajo acumulado. Y pese a que esos usos y costumbres eran muy de los zapateros, confiesan que nunca hubo mucho asociacionismo en este oficio y que los intentos por crear alguna entidad que los aglutinara resultaron infructuosos. Hoy, sería imposible, pues sólo quedan ellos.
Y aquí seguirán, en estos diez metros cuadrados de pura historia, con Pedro más dedicado al trabajo a mano y un Tomás que, de vez en cuando, ha de moverse un metro y medio hasta la máquina de coser y darle a la mano y al pie mientras sutura cualquier rotura que, de tratarse de otros dueños o dueñas, hubiese acabado en la basura, en esa basura del Occidente que multiplica la contaminación del planeta o reciclan en los países pobres (contaminados como pocos precisamente por el sobreconsumo occidental). Según se quejan, cada vez hay productos de menos calidad y eso hace que la gente arregle menos su calzado, uno de los factores clave del declive de este oficio, por mucho que pueda seguir propiciando una vida digna. Como la de Pedro y Tomás Chávez, como la de los últimos zapateros remendones de Tenerife… Por desgracia y para realce de su quehacer.