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¿Adónde va China?

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Escasas novedades. Realmente lo aprobado por la Asamblea Nacional se refiere a la protección legal de la propiedad en todas sus modalidades. Incluye por tanto a la privada, la estatal y la social. Como recuerda Rafael Poch, la propiedad privada está consagrada en China desde hace “la friolera de 27 años”, lo que ha permitido “un escenario de desigualdades, un país consolidado de propietarios en el que el sector privado responde del 65% del Producto Interior Bruto” (PIB), apoyándose en una explotación espantosa de los trabajadores. La tierra no ha pasado aún a manos privadas. Seguirá siendo estatal y usufructuada por los campesinos, lo que afecta a 800 millones de personas en un país donde nacen 40.000 niños al día. El presidente, Hu Jintao, y el primer ministro, Wen Jiabao, mantienen el rumbo, un complicado equilibrio entre sus intereses como casta privilegiada que toma las decisiones, los de la burguesía (china y extranjera) los campesinos y los trabajadores de las ciudades. ¿Algo nuevo bajo el sol chino? Desde luego. La enorme preocupación de la burocracia de Wen y Hu por controlar un proceso indomable a medio plazo. Sobre este asunto giraron las sesiones de la ANP y no sobre la propiedad. La tarea consiste en establecer equilibrios inestables entre intereses duros o imposibles de conciliar. El crecimiento económico, dijo Wen Jiabao es “inestable, desequilibrado, descoordinado e insostenible. Y esto supone tensiones estructurales en nuestra economía”, incluidas las procedentes de la inserción china en el mercado mundial. El lenguaje economicista intenta esconder inútilmente las tensiones de la sociedad, pero incluye sutilezas para quien quiera entenderlas. Wen apeló a un refrán chino para señalar el verdadero peligro: “un país que parece ser pacífico y estable puede tener una crisis escondida”. Lo malo de la Asamblea es que hizo algunas referencias a esa crisis pero no marcó más directriz que dejarla en manos de la burocracia supuestamente imprescindible, de un partido que todavía se denomina comunista. Miles de revueltas campesinas recientes, oficialmente ninguneadas pero duramente reprimidas, anuncian la perspectiva más probable. Impresionantes movilizaciones populares contra la desigualdad creciente, exigencias de libertad de expresión, asociación, sindical y política. Los mandarines posmodernos se suponen capaces de conducir la sociedad china atada a una cuerda y con la boca sellada. Grave error. Nada que ver con las tradiciones de este país. La prensa occidental está bajando el tono habitual crítico a la postración de los derechos humanos en China porque, como escribe un periódico español de prestigio menguado, la orientación actual de Pekín constituye “una garantía para los inversores chinos y extranjeros”. Con estos modos muestran el verdadero valor que conceden a la democracia cuando su ejercicio pone en peligro intereses que trituran los huesos de los trabajadores. A toda revolución le sigue una contrarrevolución, cuyas pretensiones pueden cumplirse o no. O lograrse parcialmente. Pero tampoco ahí acaba la historia. Mientras las desigualdades se profundicen, los trabajadores chinos tendrán mucho que decir y más que hacer. Eso espero.

Rafael Morales

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