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Campo de minas

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De los muchos modelos y tipos que hay, una de las más famosas es la llamada mina "Claymore”, llamada así por la empresa norteamericana que las fabrica. Este modelo forma parte de lo que se conoce como minas de fragmentación, las cuales estallan o saltan al aire, desplegando fragmentos en todo un área. En el caso de la mina “Claymore”, ésta se activa al tropezar con un cordón que actúa como detonador, momento en el que el explosivo que lleva en su interior se activa y proyecta cientos de clavos de acero contra la víctima. Estas minas pueden propagar fragmentos entre 40 y 60 metros a la redonda, aunque los nuevos modelos pueden aumentar el alcance de su detonación hasta los trescientos metros. Las minas son el soldado perfecto contaba un militar en cualquier guerra moderna, ya que siempre están preparadas, no suelen fallar y nunca duermen. Son una especie de soldado mecánico que no necesita ser alimentado, no es desobediente ni cuestiona órdenes y siempre produce resultados. A pesar de los intentos por erradicarlas del planeta todavía hay superpotencias que se resisten a prohibir su construcción, sabedoras de los terribles efectos que dichos artefactos provocan en las fuerzas contrarias. Y ahora me dirán a qué viene esta lección de teoría militar. Pues viene a que, tras pasar una semana en España, he regresado a mi casa con la sensación de que hay demasiada gente sembrando minas sin tener conciencia de los efectos que tal práctica pueden tener en la sociedad. Imagino que estarán al tanto de los resultados de la pugna entre la irracionalidad de un asesino como Juan Ignacio de Juana Chaos y el gobierno de nuestra nación -por lo menos para una parte de los españoles-. El resultado final de la lucha, considerado por muchos como un tiro en la nuca al estado del derecho ha servido para dejar claras muchas cosas y creo que ninguna buena. La primera y más importante es la incapacidad del actual ejecutivo para lograr una salida pacífica al conflicto del País Vasco y, especialmente, contra la banda terrorista ETA. Y cuando digo incapacidad me refiero a que es muy difícil tratar con quien juega con las cartas marcadas y siempre pretende tener la razón. Parece que nadie ha querido reparar en que precisamente la resolución final del contencioso con Juana Chaos, el cual a nadie convencía –incluyendo al aparato político de ETA- es lo que nos diferencia de aquellos cuyos únicos argumentos son la sangre y los gritos de sus víctimas. Las personas como Juana Chaos disfrutan viendo las lágrimas de quienes han perdido a sus seres queridos y además saben que su muerte, a manos de un estado que consideran ilegítimo y opresor, los elevará a los altares de los mártires por la causa. Para ellos no existen reglas de juego, sólo aquellos dictados que les beneficien. Es imposible razonar con ellos y, cuando se ha tratado con tesón, tal y como ocurrió en anteriores gobiernos, la respuesta final ha sido una nueva escalada de atentados. No pretendo defender a nadie. No lo pretendo, porque ni tengo los conocimientos necesarios, ni manejo todas las variables. Sin embargo, me parece muy mezquino explotar dos o tres variables –apelando a la unidad nacional del treinta y seis, y quimeras por el estilo- mientras nadie es capaz de dar una sola solución. Sólo se escuchan frases como ¡No hay que negociar con los terroristas! ¡Son asesinos! El gobierno nos quiere vender a los intereses de semejantes monstruos y cosas por el estilo. Después, cuando alguien les pregunta por una solución se escudan en enseñas patrias y en la taramela de que con un gobierno conservador esto no ocurriría. Para empezar sería bueno que recordaran que los anteriores gabinetes, además de incrementar las acciones policiales, buscaron una salida dialogada al conflicto, la cual fue respondida con más muertos. De haber logrado erradicar a la banda terrorista, su gesta pasaría a formar parte de los libros de historia. No obstante, los iluminados seguidores de los postulados dictados por Sabino Arana prefirieron continuar con su letanía de víctimas. El problema es mucho más grave que el chantaje utilizado por una determinada persona capaz, ésta, de reclamar aquellos derechos que sistemáticamente ha negado a quienes han muerto por sus atentados. El problema está enquistado en una sociedad que sigue estando condicionada por las ideas y las armas de quienes no son capaces de abandonar el odio que lleva corroyendo las entrañas de sus calles, sus pueblos y sus vidas, desde tiempo remotos. Si todo fuera tan fácil como muchos vocean ahora por la calles, ¿no creen que ETA sería ya un recuerdo del pasado? Tomen como ejemplo a los británicos en Irlanda y los siglos de enfrentamientos con el IRA. Hasta que no se sentaron a dialogar –y se hicieron muchas concesiones- no se logró acabar con una de las facciones armadas más sangrientas de cuantas han existido en la historia contemporánea. Al final, uno de los ejércitos mejor equipados del mundo, el británico, debió rendirse ante la evidencia de que sin voluntad política aquel conflicto nunca terminaría. Pero no, es mejor tergiversar la verdad, moldearla a las necesidades torticeras y electorales de quienes sólo ansían el poder para lograr unos objetivos muy distintos a los que ahora dicen servir. Y para ello todo vale, como sembrar de minas, llenas de desconfianza, rencores y mentiras, la realidad social de nuestro país. Las minas son armas de acción postergada y tienen efectos indiscriminados, ya que bien pueden matar combatientes o civiles aún cuando el conflicto haya terminado. Sin embargo, lo peor es que las minas se mantienen ocultas por años y la mayor parte de los campos minados son muy difíciles de distinguir, con lo que nadie, ni siquiera quien las colocó, está seguro de no ser una víctima más. Lo que más me ha sorprendido no ha sido la actitud de los mismos de siempre, insultando al resto, sino una pequeña noticia sobre los últimos días de una anciana en San Sebastián. Dicha anciana, enferma de Alzheimer, fue cuidada por otra anciana, viuda, y que estaba emparentada con ella. La primera era la madre de Juana Chaos, Esperanza Chaos Lloret y quien la atendió en aquellos momentos fue la viuda del comandante José María Herrera, muerto a tiros por los asesinos de la banda en 1.977. El hijo de esta última se casó con Altamira de Juana Chaos, hermana del terrorista. Ambas mujeres resumen muy bien un trabajo en común, lejos de eslóganes y monsergas varias, pensado para impedir que el odio y las armas continúen marcando el futuro del País Vasco. Sería bueno que muchos aprendieran de su ejemplo y dejaran de llamar a una revolución que en nada beneficiaría a un país como el nuestro, lejos ya del fantasma de regímenes que sólo se benefician a si mismos.

Eduardo Serradilla Sanchis

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