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Cretinos y perversos

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Hay gobernantes a los que les gusta judicializar la política y hay jueces que no tienen el más mínimo pudor en politizar la justicia. Unos y otros lo único que consiguen en enlodar el Estado de derecho. Uno de esos políticos marrulleros ha maniobrado junto a un juez amigo para cargarse a una magistrada en excedencia a la que apenas han permitido hacer sus pinitos en el Congreso de los Diputados.

Maniobrando indigna y torticeramente, ambos se han quitado de encima a una adversaria con modales propios de la mafia. Uno apuntó y el otro disparó. No la mataron, porque generalmente los muertos que ellos matan gozan de buena salud, pero la han dejado tocada y herida.

Por lo pronto, la han dejado fuera de juego al no poder presentarse a las próximas elecciones del mes que viene ya que el código ético de su partido, Podemos, no permite ir en listas a las personas a las que se les ha abierto una investigación por una querella, aunque ésta sea injusta y maquinada solo para hacer daño, no para buscar la verdad.

Algunos partidos al menos tienen código ético. Otros solo tienen códigos sin ninguna ética. El exministro Soria quiso morir matando. Él, tan listo que parecía, se suicidó políticamente tras contradecirse y mentir con los papeles de Panamá que afectaba a algunas de sus empresas. La jueza Rosell se ha quedado sin volver al Congreso de los Diputados porque cuando la Justicia hable, aunque salga absuelta, ya será demasiado tarde.

Es indecente usar la justicia para fines partidistas, como hace Soria, que ya está preparando las maletas para irse a vivir a Estados Unidos porque en Groenlandia no logró alojamiento, y como ha hecho también estos días la delegada del Gobierno en Madrid, prohibiendo las esteladas en la final de copa de fútbol. El juez corrigió y desautorizó a Concepción Dancausa, aunque el mal ya estaba hecho y sus consecuencias se regaron como la pólvora. Al final no hubo incidentes y todo transcurrió entre muchos pitos y pocas flautas.

Desgraciadamente hay políticos y jueces perversos que desacreditan la democracia, creen que todo vale y tratan a la gente como si fuera tonta. En realidad los cretinos son ellos, pero lo son tanto que aún no lo saben ni probablemente lo sabrán nunca. A no ser que nosotros, al unísono, se lo digamos sin ambages. Porque ya está bien.

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