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Crisis política en Japón

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Joseph S. Nye, profesor de la Universidad de Harvard y consejero del Pentágono sobre Asia, escribió un artículo después de que Shinzo Abe asumiera la jefatura del Gobierno el 26 de septiembre de 2006. Nye criticaba al anterior primer ministro, Junichiro Koizumi, por sus desplantes políticos a China y a otros países asiáticos, a pesar de que los chinos se habían convertido en el mayor socio comercial y de inversión directa de Japón. Este profesor abogaba por asegurar los equilibrios en la región entre Estados Unidos, Japón y China, como forma de evitar el crecimiento excesivo de alguna potencia emergente, como se dice ahora, capaz de competir ventajosamente con los gringos. “Estados Unidos -escribió Joseph S. Nye- debería tratar de estimular estos pasos. La alianza con Japón sigue siendo crucial para la estabilidad del Este de Asia, pero para hacer un triángulo se necesitan tres lados (hace falta China).” Al mismo tiempo, otros aconsejaban un discreto rearme, prohibido por el artículo 9 de una Constitución que sólo permite la existencia de tropas para la autodefensa. Abe se puso en marcha. Visitó China e insistió en reformar la Constitución para rearmar a Japón, siguiendo a pie juntillas la política exterior de Bush en la medida de sus posibilidades. Al mismo tiempo, estallaron en su entorno tantos casos de corrupción que finalmente apenas le quedaron cuatro ministros. Uno de los dimisionarios, el titular de Agricultura, se suicidó al relacionársele con el cobro de comisiones de algunas empresas constructoras. El de Defensa tuvo la ocurrencia de declarar que Bush se “equivocó” en la guerra de Irak. Fumio Kyuma terminó por dimitir tras calificar como inevitables las bombas atómicas lanzadas por Estados Unidos sobre Hiroshima y Nagasaki ante el estupor de los japoneses. Shinzo Abe contempló la caída en picado de su popularidad. De un 70% de apoyo inicial pasó en unos meses al 30%. También influyó en su deterioro político el escándalo de las pensiones públicas. El Gobierno perdió los registros laborales, de tal manera que casi 50 millones de japoneses tienen hoy sus pensiones en el limbo. Dos acontecimientos más descabalgaron a este conservador del cargo. Uno, la oposición de la opinión pública y de la organización que le ganó al PLD las elecciones al Senado, el Partido Democrático, a prorrogar la misión de soldados japoneses de apoyo a los gringos en Afganistán más allá de noviembre. En segundo lugar, Abe decidió tirar la toalla, según sus propias declaraciones, ante la imposibilidad de sacar adelante la extensión de la Ley Antiterrorista. El Partido Liberal Democrático (PDL) cambiará pronto de liderazgo, pero las características de esta crisis quizá impongan la urgencia de reformar un sistema político carcomido por la corrupción enquistada tras 52 años casi ininterrumpidos en el poder, sin el menor control político o social. El crecimiento del Partido Democrático también expresa esa necesidad. Parece.

Rafael Morales

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