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España y Afganistán (y II)

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No tienen en cuenta lo fundamental: el crecimiento espectacular del integrismo islámico se debe a la ocupación, justo el efecto contrario al esperado. Tampoco valoran que, visto lo visto, lo mejor será encontrar una solución política en Afganistán y regresar a casa con la maltratada resolución de la ONU bajo el brazo. Así que, seis años después de iniciada la aventura, no vale escudarse en aquella resolución o en la reciente renovación del mandato a la OTAN por un año más para justificar la permanencia de España en Afganistán. Políticamente significativa (como furgón de cola del tren estadounidense) pero militarmente irrelevante. Ni la OTAN está en condiciones de derrotar a la resistencia afgana ni los talibanes pueden tomar el poder. De ahí que resten escasas alternativas. Asegurar la ocupación militar por los siglos de los siglos hasta la derrota final, con las miserias que supondrá para los afganos, o aceptar la propuesta de Tom Koenigs, responsable de la ONU para los países asiáticos. Koenigs acaba de declarar en Italia lo siguiente: “Esta guerra no puede ganarse sólo con medios militares, debemos negociar, sostener conversaciones de paz entre el Gobierno (Karzai) y los talibanes”. Esto parece más razonable que las declaraciones del ministro Alonso, para quien “si nos vamos de Afganistán, regresarán los talibanes”. Justo al revés. La presencia militar extranjera y las calamidades que la acompaña son el alimento básico que alienta esa posibilidad. ¿Por qué hablo de la inutilidad de la resolución de la ONU? Fueron los Estados Unidos quienes la enterraron, cuando sacaron inesperadamente el tema afgano en la cumbre de la OTAN en Riga. Estaban cansados de cargar con el peso de los ataques, mientras los aliados patrullaban en zonas todavía tranquilas, en tareas policiales y de reconstrucción, tal como se acordó. De 130 ataques mensuales contra las tropas extranjeras se pasó a 600. Las respuestas, con operaciones aéreas ciegas, provocaron muertes de centenares de civiles y la animadversión de la población. El Pentágono ya había conseguido que el mando norteamericano se subordinara a la OTAN como primer paso para controlarla directamente y obligar después a alemanes, franceses, españoles e italianos a participar en los combates contra la resistencia, más allá del mandato de la ONU. Algunos aliados pusieron objeciones, entre ellos España, negándose a enviar más tropas. Sin embargo, el aumento de las acciones militares talibanes está obligando a italianos y españoles, por ejemplo, a entrar en combate aunque no quieran. En lugar de poner cara de buenos, dando a entender que España sigue en Afganistán por razones humanitarias o porque no queda otro remedio, dados los compromisos internacionales adquiridos, este Gobierno puede denunciar la manipulación que sobre el terreno se realiza de aquella decisión de la ONU. A partir de ese momento, desaparecerán los aparentes obstáculos formales para sacar de Afganistán a los aproximadamente 700 militares allí destinados. También abrirá la posibilidad de proponer en la ONU tanto negociaciones de paz entre los afganos como el repliegue definitivo de las fuerzas de ocupación. Y un plan serio de ayuda económica, muy difícil de aplicar mientras se retrase la paz. Sobran las disculpas. Salvo que reconciliarse con George Walker Bush a cualquier coste constituya una prioridad.

Rafael Morales

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