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George

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Mis últimas palabras por esta temporada se las dedicaré a ese pedazo de galápago, el último de su especie, que murió ayer lunes, poniéndole fin a toda una raza. Esto, que nos han contado en los informativos como una noticia curiosa y como el fin de un atractivo turístico, es absolutamente dramático. Qué verdad es que el hombre no es capaz de sentir casi nada que no le ocurra a él mismo. Nos hemos acostumbrado a comer y cenar viendo en el televisor el horror, el espanto, la desgracia?, que todo nos parece normal, curioso, mira tú, hay que ver, pobre tortuga. ¿Qué será extinguirse? ¿Qué significará el final? ¿Qué hemos hecho o no hemos hecho para garantizar la vida de las especies que comparten con nosotros la vida en este planeta? Nuestra existencia solo tiene ojos para ese llamado progreso científico y tecnológico, para el ir más allá de nuestro propio espacio y tiempo. Buscamos vida en otros planetas mientras permitimos que se extinga la que tenemos a dos palmos de los ojos. Somos bárbaros en ese sentido, animales con un teléfono en la mano.

Llegaremos a Marte, a Miércoles o a Jueves, y haremos lo mismo que hemos hecho aquí a lo largo de la historia. Avanzar destruyendo, procurando nuestro beneficio exclusivo. Hoy me escandaliza más que nunca oír la cifra real del rescate a los bancos españoles y saber que con ese dinero desde hace décadas se habría erradicado la hambruna en África, por ejemplo. Qué salvajada, que inmoralidad, qué pérdida de rumbo.

El galápago George ha desaparecido, y con él toda una historia que quizá no comprendamos o no nos interese comprender, pendientes como estamos nada más que de la nuestra. Es verdad que tenemos el lenguaje, pero también el egoísmo y la irresponsabilidad más absolutos, lacras que, al parecer, ni el fuego más purificador es capaz de hacer desaparecer, por ahora.

José María García Linares

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