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Pobres e infelices

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Los circos postelectorales, como el que nos estamos gozando ahora mismo, animan todavía más al alejamiento del contribuyente de la participación que se le exige como un deber –cuando se trata de un derecho- siempre que el calendario toca a comicios. ¿De qué sirve mi voto, se pregunta, cada vez más cabreado, el elector?... Los apaños, los pactos, los acuerdos y malabarismos de tahúres, los cambalaches y las más retorcidas matemáticas transforman la papeleta electoral, con demasiada frecuencia, en papel mojado. O, incongruentemente, en un billete de oro para un peón agraciado de los que juegan la partida: 467 votos, por ejemplo, dieron la alcaldía de Tegueste al único concejal que sacó el CCN. ¿Hay quien se lo explique?... Democráticamente, digo, porque desde el punto de vista de intereses y mangoneos futuros pueden existir demasiadas explicaciones. Y, al fin, al cabo y a lo que íbamos, seguimos siendo infelices –pese a la matraquilla de Adán Martín en el inicio de su mandato ya caducado- y pobres. Ése es el quid de la cuestión. Tantos años de autonomía no han servido para mejorar en general las condiciones de vida de los canarios, sino para incrementar sus penurias. A la hora de pensar en el mejor Gobierno posible para esta tierra, al isleño del común le importa un carajo el estatuto y el reparto de poderes y canonjías. Quisiera que alguien -¿es fundamental que proceda de una u otra orilla?- hiciese algo por mejorar su existencia y resolverle los problemas urgentes del cada día. Pero, están todos, al parecer, por otra labor. Por otras labores. Y eso, además de los males ya mentados, pone melancólico a cualquiera, oigan.

José H. Chela

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