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Esta concreta democracia nuestra

No vivimos en la peor de las sociedades. Tampoco en la mejor posible, pero podemos cambiarla

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Nos quejamos por gusto: leo un suelto de EFE en el que se cuenta que el dictador de Corea del Norte, Kim Jong-un, hijo del anterior dictador Kim Il-sun y protagonista a su pesar de astracanadas hollywoodienses, ha ejecutado a su ministro de Defensa por quedarse dormido durante un acto protagonizado por él. En la monarquía comunista de Corea del Norte, se fusila a los traidores que se duermen durante un discurso del líder, con disparos de una batería antiaérea, para no tener que molestarse luego en enterrar los restos del fusilado, básicamente porque no deben quedar muchos trocitos.

Supongo que uno debería quedarse un poco frío cuando se entera de que los bárbaros con poder nuclear que gobiernan Corea del Norte se matan entre ellos. Pero yo no puedo dejar de pensar que tenemos la suerte de vivir en un mundo en el que no sólo no se fusila a la gente por quedarse dormida durante un discurso (si así fuera no tendríamos ni un diputado en el Parlamento de Canarias), sino en el que se puede disentir de los que mandan, censurar su comportamiento, enviarles a los tribunales y exigirles que no nos mientan y que sean decentes. Es cierto que no basta con poder hacerlo para que automáticamente ocurra, pero quizá vaya siendo hora de reconocer que en este país que algunos han definido como el más corrupto de Europa, se denuncia y se juzga y se condena (o no) todos los días –por motivos muy diversos- a gente que ocupa altas responsabilidades. Desde la Infanta Cristina y su ducal marido, hasta el mismo rey Juan Carlos, que dos días después de abdicar tuvo que enfrentarse a una denuncia por paternidad, pasando por presidentes, ministros, jefes del Gobierno y de la oposición, banqueros, empresarios, sindicalistas, tesoreros, curas y jueces. Y no se fusila a nadie, lo que ya es un avance.

Tendemos a no dar importancia a lo que ya tenemos, como si las cosas fueran permanentes y los derechos imperecederos. La crisis debería habernos enseñado que ni el sueldo de los funcionarios es intocable, hasta los derechos que hoy consideramos más básicos y elementales pueden ser removidos por la marea de la historia. En la Alemania de la década de los treinta del siglo pasado, una república progresista, culta, abierta al mundo y con legitimidad –la de Weimar- se dejó arrastrar al militarismo, la guerra y la barbarie, porque la economía se derrumbó, y la democracia de partidos se convirtió en un guirigay incapaz de resolver los problemas y poner coto al sufrimiento de la gente. Creemos que esos tiempos están lejos, pasados, superados, que no pueden volver. Y no es del todo cierto: en Europa resucitan con fuerza movimientos xenófobos, nacionalistas y populistas –también de izquierdas- que reinventan discursos y políticas que produjeron los conflictos del pasado.

Supongo que todos llevamos un radical dentro, todos tenemos a un ministro de Defensa, un presidente del Gobierno, un alcalde, un periodista o un colega de trabajo, al que nos gustaría fusilar, siquiera metafóricamente. Pero esta democracia de la que denostamos todos los días nos impide que esos deseos bárbaros afloren. No vivimos en la peor de las sociedades. Tampoco en la mejor posible, pero podemos cambiarla. Con cuidado, sin violencia, sin perder lo que hemos heredado. Sin tener que fusilar a nadie.

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