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Aquel hombre encerrado en una cabina

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López Vázquez quería ser pintor. Pero acabó pintándose a sí mismo que fue una forma de retratar aquella España en blanco y negro que se reía por no llorar. Comenzó como figurinista, pero poco a poco fue ocupando el centro del escenario y el papel protagonista de los guiones. Sesenta años trabajando sobre las tablas o frente a las cámaras dan para mucho. Por eso lo vimos como actor de directores protegidos de la dictadura y como protagonista de películas que intentaban saltar los muros de la censura que ponía el régimen.

Llegó a rodar 10 películas en el mismo año, con doscientos títulos en el currículum hay guiones para olvidar. Entre los papeles para recordar, para volver a ver, sería injusto recordar sólo al personaje que representaba al españolito que perseguía a las suecas en los años del destape y los primeros biquinis. López Vázquez fue uno de los grandes cómicos, millones de espectadores pudieron reír en aquellos años grises del Franquismo con López Vázquez, Ozores, Gracita Morales?

Pero este hombre que ayer aceptó cómo se bajaba el telón por última vez, también es aquel protagonista de La Cabina, el cortometraje de Antonio Mercero. López Vázquez contó en una entrevista que estuvo a punto de rechazar su participación en La Cabina. Estaba grabando dos películas a la vez y no tenía tiempo libre para estudiar un nuevo guión. Pero el representante de Mercero le insistió y le dejó el guión en su casa. José Luis Lópéz Vazquez se lo leyó y buscó un hueco para grabar uno de los cortos de terror más reconocidos.

Volví a ver ayer La Cabina. Me sigue impresionando la historia, el personaje y el pedazo de actor. Ese hombre que entra en una cabina telefónica, se cierra la puerta, no puede salir. Decenas de personas se van parando frente a la cabina. Unos intentan abrir la puerta, los niños se ríen del hombre encerrado. La policía aparece pero no logra ni poner orden ni abrir la cabina. Tampoco pueden hacer nada los obreros. Llegan cuantro trabajadores que, sin dar explicaciones, cargan la cabina y la ponen sobre un camión que recorre Madrid. La angustia del protagonista crece, su desesperación aumenta al ritmo de unos brazos que golpean los cristales de la cabina, su rostro refleja el miedo de quien no conoce su destino o de quien cree que lo peor está por llegar. Luces y sombras se reflejan en unos ojos que miran con pánico un paisaje lleno de cabinas con hombres encerrados, algunos cuerpos sin vida que no resistieron la falta de óxigeno.

¿Metáfora de la España de los años setenta que no sabía a dónde iba? ¿Representación de un país que no podía comunicarse con el exterior? ¿Imagen de una transición que no llegaba? Un buen guión, una cabina y un actor como la copa de un pino son tres ingredientes suficientes para que una historia de 30 minutos en televisión siga provocando emociones 36 años después de su estreno.

Vea el corto "La cabina " en el Blog Somos Nadie

Juan García Luján

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