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El mundo camina en círculo

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Aquel asunto quedó en nada. Como ocurriera en ocasiones anteriores, las tremendas acusaciones se diluyeron una vez eliminado el personaje a abatir. En todos los casos (Protucasa, Puerto Marena o la misma defenestración de García) actuó de muñidor José Carlos Mauricio; con tal eficacia que ATI lo premió con la consejería de Hacienda.

Los escándalos, ya digo, se diluyeron. Hay quienes consideran que su desaparición de las páginas de los periódicos, después de un par de semanas de intenso bataneo, era debida a que la politiquería, que hizo de La Caja uno de los principales campos de batalla de las tribus, había cubierto sus objetivos; y que, tras lograr esos objetivos, se cerraron acuerdos para el tapado de las respectivas vergüenzas, incluidas las judiciales. Caimán no come caimán; o perro no come perro, dicho sea en aras de la autoctonía. Daba igual que en todos los casos el escándalo fuera real o simple montaje político, por lo que ni entro ni salgo en eso.

Con semejante maltrato a la entidad, quienes en nuestras ensoñaciones juveniles pensamos alguna vez que La Caja podía ser poderosa herramienta de financiación de la economía canaria nos quedamos con las ganas. Tanto zarandeo, contrario a la proverbial discreción bancaria, tuvo secuelas que permitieron a los bancos y las cajas peninsulares ocupar los espacios dejados por la entidad grancanaria. Ponderar su importancia en la actividad económica es ignorar la realidad de su práctica ausencia del mercado. La Caja es insignificante en el ranking estatal y si juntamos las cuatro cajas canarias se alcanza el grado más soportable de absoluta irrelevancia. Sin contar con que su fusión en las islas es complicada vistas las suspicacias interinsulares, el juego tribal de las parcelitas de poder y el gusto que da ser cabeza de ratón; lo que me induce a pensar que las entidades canarias pueden acabar absorbidas por las peninsulares más poderosas y de mayor resuello hoy en las islas, a poco la autoridad financiera del Gobierno central impulse una política en esa dirección, de acuerdo con las recomendaciones de no pocos expertos.

En este contexto, de incertidumbre a mi entender, se producen los movimientos de García. Me aseguran que indagó la predisposición de posibles candidatos a su gusto. Sin mucho éxito porque La Caja no es hoy objeto de deseo.

Por último, Juan Manuel Suárez del Toro, presidente de Cruz Roja Internacional, decidió optar a la presidencia y por él se inclina García. Nada que objetar pues se trata de hombre de bien ganado prestigio dentro y fuera de España. No sé si, caso de salir elegido, dejará la Cruz Roja para regresar a su tierra. Pero, de no hacerlo, llama la atención que estén conformes con su candidatura los mismos que critican a López Aguilar que siga al frente de los psocialistas canarios sin abandonar los foros español y europeo. No reparan en que si el líder psocialista centra al fin y al cabo toda su actividad en la política, no puede decirse que estén en el mismo ámbito La Caja y la Cruz Roja; si a Aguilar le basta con un móvil, Suárez del Toro deberá utilizar al menos dos.

Dicen unos que el interés del presidente de Inforcasa en este asunto denota que padece el síndrome del regreso del yeti; que responde a que determinados círculos pretenden restaurar el poder de los años 80 con los mismos personajes, si no en primer plano, sí tirando de los hilos y manejando los espejos. Otros hablan de que García quiere que dejen estar las alfombras, que no levanten polvos viejos.

Dicen muchas cosas y carezco de indicios para afirmarlas o negarlas. Pero mentiría si dijera que me sorprende ver a García en la movida. Es humano que ande por ahí. En La Caja pasó los mejores momentos de su vida ejerciendo de sátrapa sobre una sociedad acobardada y aunque la forma en que lo echaron fue seguramente de los peores, le puede el buen recuerdo de los primeros, que no consigue borrar su actual satrapía periodística. De lo que no me cabe duda alguna es de cuán anacrónicas y casposas resultan estas batallas de poder. Va a tener razón la matriarca de los Buendía al asegurar que el mundo avanza en círculo y vuelve a pasar una y otra vez por los mismos sitios.

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