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La parálisis política de Europa

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La UE corre serios peligros. Sin excluir, según Jacques Delors, la perspectiva del desmembramiento. Esta posibilidad proviene de la contradicción entre el mercado común (esto sí que funciona) y la ausencia de instituciones políticas capaces de regular ese mismo mercado e imponer políticas sociales más justas. Esta evidencia tiene sus motivos. Al neoliberalismo le conviene la mayor ausencia posible de regulaciones. Especialmente las que tienen que ver con las conquistas sociales europeas de 100 años y los servicios públicos básicos por privatizar. Lo conocido como Estado del Bienestar o lo que de él va quedando, dado el largo proceso de acoso y derribo al que asistimos. La progresía española mostró en su día apoyo al Tratado, suponiendo que se trataba de reafirmar las libertades cuando estaba en juego otra cosa: proporcionar al neoliberalismo un arma legal definitiva para su asalto contra los restos de aquellas conquistas sociales, de las que, por otra parte, tan satisfechos se sienten los representantes socialdemócratas. Tan realistas ellos. Los franceses interpretaron con más acierto el significado del Tratado y por eso votaron en contra. No de la Europa imaginada por nuestra progresía, sino en contra de la realmente proyectada por el modelo neoliberal para Europa. Llevamos decenios escuchando bellos discursos sobre la urgencia de dotar a la UE de instituciones representativas con poder y responsabilidades, por encima de los acuerdos intergubernamentales, inservibles entre otras cosas para elaborar una política exterior compartida. O buenas palabras sobre cómo transformar la fortaleza económica en capacidad política paralela, consolidar el modelo social europeo y hasta exportarlo como alternativa. Mi impresión es que la UE no construye instituciones representativas fuertes porque sus líderes actuales no lo quieren, porque carecen de la voluntad para llevarlas adelante. En última instancia, prefieren adaptarse a los requerimientos del dinero. Recuperan el discurso de la unidad del viejo continente, más allá del mercado común, cuando el agua llega al cuello como en las actuales circunstancias. Entonces reaparece el manido discurso según el cual vamos despacio pero los problemas siempre acaban resolviéndose. Repito. Delors piensa otra cosa. Como propone G. Búster, la solución más realista para continuar la construcción política es la apertura de un auténtico proceso constituyente a partir de las elecciones al Parlamento Europeo de 2009. Que ese parlamento se convierta en una auténtica asamblea constituyente que discuta y elabore un nuevo Tratado Constitucional a partir de la única institución representativa de los ciudadanos europeos. Y que se someta el resultado de su trabajo constituyente a un referéndum europeo, acompañado por las ratificaciones de los estados miembros según las legislaciones internas. Para conseguir la identificación como ciudadanos del continente resulta imprescindible la democratización de la UE. De otro modo, los europeos estarán más a gusto aquí que en Mauritania, menudo consuelo, pero considerarán a la Comisión Europea como una delegación de la Organización Mundial de Comercio (OMC) y al PE como un lugar lejano donde se votan resoluciones de escaso fuste. A la parálisis le puede seguir una descomposición lenta, un euroescepticismo creciente y el repliegue de algunos al nacionalismo. Mientras tanto, el neoliberalismo insistirá en su trabajo destructivo para los intereses de las mayorías. Prefiero la perspectiva propuesta por G. Búster. Si me dejaran elegir, claro.

Rafael Morales

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