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Sobre el declive del turismo británico por Pablo Rodríguez González

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Estas reflexiones vienen a cuento de una de las retóricas recurrentes en esta ideología antiturística: el mito del fin del Turismo. Ciertamente, la experiencia histórica nos ha dado varias lecciones de lo que ocurre con los monocultivos como vía de inserción en el mercado internacional: llega un momento en que las condiciones del mercado o los adelantos tecnológicos o cualquier otra circunstancia elimina nuestra ventaja competitiva y toca un duro proceso de reconversión. Otra cosa es que hayamos aprendido esa lección. En el caso de los pronósticos del fin del Turismo, se suele hablar de la emergencia de destinos competidores con precios más baratos que los nuestros (por mayor cercanía, por menores costes de mano de obra, etc.) que nos arrebatarán nuestra posición privilegiada en el mercado. Se ha hablado también del abandono del sol y playa en el que se basa nuestro producto en beneficio de motivaciones turísticas más sofisticadas y posmodernas. También está de moda últimamente la tesis de que el calentamiento global va a eliminar nuestra ventaja climática. Por último, tenemos la tesis de la crisis energética, que al reducir indirectamente la renta disponible y disparar los precios del transporte aéreo, inhibiría los viajes turísticos. Esta es la tesis que plantea Juan Jesús Bermúdez Ferrer en su artículo de Canarias Ahora del 12 de julio de 2007. En la medida en que considero sus argumentos como mínimo desinformados, creo que es preciso un análisis más concienzudo del fenómeno de la crisis del mercado británico en Canarias. Vayamos por partes. En primer lugar, tratemos las dimensiones de la crisis. Bermúdez señala una caída del mercado británico en Canarias del 10% en los últimos cuatro años, aludiendo a datos oficiales. Supongo que se refiere a los datos del Istac, que señalan una caída del 10,3% en este mercado. Sin embargo si atendemos a la estadística de movimientos en fronteras, Familitur (que elabora el Ministerio de Turismo) apunta que esta caída es solo del 7,9%: algo más de 300.000 turistas menos. No deben extrañar estos bailes de cifras porque son el pan nuestro de cada día en las estadísticas turísticas. Porque si atendiéramos a los datos que elabora cada Cabildo veríamos que tampoco cuadran. ¿Por qué veo preferible este último dato? Porque, admitiendo que se ha producido esta pérdida de turistas británicos en Canarias, los datos del Ministerio nos permiten ver qué ocurre con el resto de España. Y ahí está el gran problema de la argumentación del señor Bermúdez: de ser cierta su tesis de que la caída de los británicos en Canarias responde a los problemas energéticos del Reino Unido, el descenso en el número de turistas británicos debería afectar también al resto de destinos españoles. Pero resulta que no ocurre así: la llegada de británicos a España ha subido en los últimos cuatro años un 6,3%, recibiéndose en 2006 casi un millón de turistas británicos más que en 2003. Más aún, si atendemos a las estadísticas que publica Eurostat, los viajes turísticos de los británicos han experimentado un descenso importante (-4,1%) entre 2000 y 2004. Pero este descenso ha sido más pronunciado en los viajes en el interior del Reino Unido (-7,4%) que en los viajes al extranjero (-0,4%). Pero si realmente fuera el coste energético lo que estuviera inhibiendo el turismo británico, debería ocurrir lo contrario: los viajes al extranjero deberían caer más que los interiores. Al no disponer de datos oficiales en origen de lo ocurrido en 2005 y 2006 con la demanda turística británica, dejaremos esto pendiente. Aunque los estudios de consultoras y los datos recientes que publican las compañías aéreas y touroperadores británicos apuntan que se ha producido una recuperación importante, aún cuando no señalan crecimientos relevantes. Lo que quiero resaltar es que la llegada de británicos a España en los últimos años, con precios record del barril de petróleo, no solo no se ha inhibido, sino que ha aumentado. Recientemente, el banco Alliance & Leicester hacía públicos los resultados de una encuesta de la consultora YouGov sobre la pautas de ahorro y endeudamiento de los británicos en relación con el consumo turístico. Entre otros datos, este estudio señala que el 27% de los turistas británicos gasta por encima de sus posibilidades en sus viajes, que el 44% viaja sin haber ahorrado el coste total de sus vacaciones y que el 10% sale de viaje sin haber terminado de pagar el anterior. El argumento de que la nueva era energética y las dificultades económicas de Gran Bretaña inhiben su comportamiento turístico resulta un tanto traído por los pelos. Parece ser que los británicos prefieren endeudarse hasta las cejas antes que dejar de viajar. Con lo que habría que ver por qué está ocurriendo lo contrario en Canarias. Mi tesis para explicar este fenómeno está en la baja implantación de las compañías aéreas de bajo coste en nuestras islas. La irrupción de estas compañías está trastocando el mapa de las distancias turísticas en Europa: en el año 2005, el 29,7% de los turistas que llegaron a España en avión recurrieron a una compañía de este tipo. La cifra es más alta en Andalucía (47,7%), la Comunidad Valenciana (54,8%) o, con un menor volumen, en Murcia (92,3%). Mientras, a Canarias solo llegó al 10%. Datos más recientes elevan estas cifras considerablemente: en mayo de 2007, las entradas aéreas mediante compañías de bajo coste llegaron al 38,9% del total. Por su parte, los británicos son usuarios destacados de este tipo de compañías: el 39,5% de los que llegaron a España en avión en 2005 usó este tipo de compañías, cifra que ha subido hasta el 43,8% en el mes de mayo de 2007. Los alemanes, holandeses, belgas y austriacos recurren incluso en mayor medida que los británicos a este tipo de compañías. El problema es que Canarias no es un destino atractivo para el modelo de negocio de las compañías aéreas de bajo coste por distintas razones: tiempo de viaje, saturación de los aeropuertos, falta de subvenciones públicas, falta de flujos bidireccionales que justifiquen el establecimiento de conexiones regulares, etc. En Fitur 2007 pregunté a un directivo de Vueling, una compañía aérea de bajo coste española, por qué no habían establecido conexiones entre la Península y Canarias. Su respuesta fue tajante: los canarios creen que Canarias está más cerca de Europa de lo que realmente está. De hecho, Canarias consiguió acercarse artificialmente a los emisores turísticos europeos con el modelo de transporte aéreo masivo vigente hasta los años 90. Por aquel entonces, la temporada invernal canaria permitía a las compañías charter europeas mejorar la ocupación anual de una flota dimensionada para la temporada alta estival de los destinos del Mediterráneo. A estas compañías les interesaba volar a precios bajos a Canarias durante el invierno antes que dejar sus aviones en tierra. Pero esto ha cambiado con las compañías de bajo coste, que establecen líneas regulares con frecuencias constantes durante todo el año y a los que no les interesa despachar kilómetros por pasajero sino tan solo pasajeros. Las compañías de bajo coste cobran de los aeropuertos e instituciones de fomento turístico de los destinos por número de pasajeros transportados, así que no le interesa volar dos veces al día a Canarias si ese mismo avión puede volar cuatro veces a Gerona o a Charleroi (Bélgica). Considero que esta explicación de la crisis del turismo extranjero y del británico en particular es más satisfactoria que la visión catastrofista de un consumo turístico limitado por los costes energéticos, ya que en ese caso el descenso del número de turistas debería ser generalizado y no afectar solamente a Canarias. Ciertamente, los flujos turísticos son bastante volátiles y requieren de cierta paz económica y social. La crisis energética de los años 70 tuvo importantes repercusiones para Canarias. Sin embargo, durante los tres últimos años se ha producido un encarecimiento relativo del precio del petróleo similar al de entonces y, según apuntan los datos de la Organización Mundial del Turismo, el número de desplazamientos turísticos no solo no se ha detenido sino que continúa creciendo a buen ritmo: hoy día, las compañías aéreas ponen a la venta 300 millones de plazas de avión al mes en todo el mundo. No quiero decir con esto que el modelo actual de consumo energético no tenga fecha de caducidad. Ciertamente, las energías fósiles van a experimentar un declive importante a lo largo de este siglo y esto va a afectar, si no median nuevas soluciones energéticas, al negocio turístico del que comemos los canarios. Los gobernantes responsables deberían estar buscando ya una forma de diversificar la economía canaria a medio plazo para reducir el impacto de este acontecimiento más que previsible. Y esto podría ser hasta beneficioso para el propio negocio turístico. Pero a corto plazo, achacar la crisis del turismo extranjero a una supuesta crisis energética es erróneo y puede desviar la atención de lo que actualmente es más urgente: posicionar a Canarias en la nueva configuración que está adoptando la red europea de transporte aéreo de pasajeros. * Investigador del IESA-CSIC

Pablo Rodríguez González *

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