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Enterrado en los ojos que un día besó (30)

El último recuerdo que tengo de mi vida es en la casa de la calle Drago en La Palma, la casa blanca y azul.

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Sigrid, El Ángel Pelirrojo, e Hiperión, tras los pasos de Literato, que llevaba en la mano la urna con las cenizas de su hijo, los  de  su mujer, y los de la Directora del Instituto, seguían anidando palabras. En la puerta de la casa de los padres de Hiperión, Literato le hizo señas a un taxi para que se acercara. Se despidieron de  La Directora abrazándola por el lado del corazón y besándola. Literato le abrió la puerta del taxi y la invitó a entrar.  Al meterse las manos en los bolsillos se dio cuenta de que se había olvidado de coger las llaves de la casa. Ella miró en el bolso, tampoco las había cogido. Literato llamó al Sereno que apareció enseguida. Le dio una propina y subieron hasta el piso de ellos en ascensor.

Hiperión le había dicho  al Ángel Pelirrojo que subiera con él para irle enseñando la casa mientras sus padres se despedían de La Directora. A donde primero la llevó fue al despacho de Literato para enseñarle la foto que su padre tenía en el escritorio, en la que estaban él, Literato, con Sigrid, en el Kiosco El Ancla de Los Cancajos, aquel adorado lugar, en una de las incontables fiestas de Pompeyo Crehuet. Después le enseñó el resto de la casa. A la última habitación que lo llevó fue a la suya, a su dormitorio, en el que se estaba quedando Mónica, que ya había llegado a la Mogre del Hospital con Amparo, Paloma, Ninnette, Lissette y El Chivato Tántrico. Sigrid vio sobre la mesa de noche los dos tomos en edición bilingüe, alemán y español, de las obras completas de Holderlin.

Los padres de Hiperión cogieron una llave que tenían para estos casos -cuando se olvidaban-, debajo del felpudo. Abrieron la puerta y fueron directos al cuarto de Hiperión para dejar la urna en la biblioteca. Salieron de la habitación de su hijo hacia el dormitorio de ellos. Una vez en él, Literato se dio la media vuelta y fue a recoger la urna para llevarla con ellos. Se la entregó a su mujer que la colocó sobre la cómoda. “Sí, mejor con nosotros”, dijeron ellos dos.

Al Ángel Pelirrojo le gustaba la biblioteca de Hiperión, y así se lo hizo saber. Calló, hizo una pausa y le dieron unas irrefrenables ganas de hablar.” ¿Hiperión, tu sabes cuánto tiempo más seguiremos en este estado? ¿Pasaremos a otro en el cementerio de Tübinga? ¿Nos abrirá camino a otro más allá Hölderlin? Tengo mis dudas, y por ello, quiero hablarte de algo, que al contarte mi vida, y la relación mía con tu padre, me callé”.

 A Hiperión no le asombraba lo que Sigrid le estaba hablando, tal como creía que no le iba a asombrar nada de lo que le continuase diciendo. “Pasé dieciséis años en un manicomio de Alemania, la misma edad que tienes tú. No tengo ningún recuerdo de aquel lugar.  Mis padres, alarmados, dado mi estado,  por una carta que le escribieron dos amigos míos desde La Palma, se desplazaron hasta allí, al poco tiempo de nacer mi hijo, para llevarnos a ambos a Alemania. Casi no salgo del parto. Estuve bebiendo durante todo el embarazo y los pocos días que tardaron mis padres en llegar a la Isla después del parto. El último recuerdo que tengo de mi vida es en la casa de la calle Drago en La Palma, la casa blanca y azul. Mis padres y mi hermana entraron en ella. Marion les había abierto la puerta. Yo estaba dándole de mamar a mi hijo, en la otra mano tenía una botella de ginebra. Al ver inesperadamente las caras de ellos perdí la consciencia hasta el día en que me morí”.

Hiperión escuchaba y la miraba con ternura, una ternura con la que era muy probable que Literato, su padre, haya mirado muchas veces al Ángel Pelirrojo. “Hiperión, en la misma playa que tú y Mónica os iniciasteis sexualmente, y tu padre, años atrás dejó preñada a tu madre, ese mismo día, él, Literato,  también me dejó preñada a mí. Él nunca lo supo. A mí me ocurrió lo mismo que a tu madre, que me lo contó después, a la noche, durante la fiesta en el Kiosco el Ancla, lo supe también en el mismo instante. Cuando tu padre regresó a Madrid empezó mi debacle con el alcohol. Llegó a oídos de tu padre el estado en el que me encontraba yo, y que estaba embarazada. Nunca pensó que de él. Me llamó por teléfono y me dijo que podía ir a Madrid, a su casa, que entre él y tu madre me cuidarían. Yo le contesté que eso eran cuentos de la gente. Y con esa idea se quedó. Cuando me morí supe que mi hijo me venía a ver con mi madre al Hospital Psiquiátrico con la esperanza de que algún día despertase, pero no fue así. Pasado mañana estará en el cementerio. Él verá que es igual a su padre. Literato verá que ese adolescente, de la edad de su hijo, es igual que él, ¡que hasta le gusta la literatura y ha ganado varios premiso de poesía!, porque tú, Hiperión, tu eres igual a tu madre”.

“Sigrid, me atrevo a decirte una cosa, si mi padre te dijo que te vinieses a nuestra casa en Madrid, te lo dijo de corazón. El y mi madre te hubieran ayudado tal como te dijo mi padre. Hubieses vivido entre nosotros como una más de la familia. Mi madre sabía lo de esa relación que tuvisteis en la playa pegada a los cuarteles, que fue la única. Él se lo contó al poco tiempo de regresar a Madrid, y mi madre no le dio importancia alguna, pensaba que tú estabas falta de cariño y que él había hecho bien en dártelo. Lo que no saben ninguno de los dos es que tu hijo es de él. No le hubiera importado tampoco a mi madre el saberlo. Lo hubiera criado como si hubiera sido hijo suyo, lo hubiera cuidado con el mismo amor que a mí. ¿Pero no ves, Sigrid? Estamos otra vez con el si hubiéramos o hubiésemos hecho, parece ser que en este mundo también es imposible sacarse esta castrante sensación de encima. Quizás, cuando entremos en otra realidad distinta, a partir de lo que ocurra  en Tübinga, nos quitemos de encima este pluscuamperfecto de subjuntivo”.

“No me extraña todo eso que me dices de ellos dos Hiperión, y no lo pongo en duda. Son dos buenas personas y una buena pareja. Yo me enamoré de tu padre, cuando yo huía del mío, nada más verlo en aquella Universidad de Verano en Santander. Después, corrí tras él a la Complutense donde me matriculé de todas las asignaturas que él impartía. Cuando me vio en una de las aulas por primera vez, me reconoció. Yo iba a todos su seminarios y a su despacho con mucha frecuencia. Al llegar las vacaciones de Navidades me fui a despedir de él. Le dije que me iba a pasarlas a La Palma, que mi familia había decidido irlas a disfrutar allí. Él me comentó que conocía esa isla, en la  que había hecho las milicias de alférez, que pensaba casarse cuando acabase el curso y que iría a pasar la luna de miel en ella. Me llevé un chasco tremendo cuando supe que tenía novia. ¡Tu madre había llegado primero! Yo no pude regresar a Madrid en enero, donde pensaba cambiar de pensión, porque mi padre dejó de pasarme la asignación al no querer yo seguir siendo sodomizada por él. Creyó que aquello no iba en serio. Lo amenacé con decírselo a mi madre y ya me hizo caso. Cuando ellos regresaron a Alemania pensé escribirle una carta a mi madre contándoselo todo, pero desistí del empeño porque mi madre padece del corazón, una lesión que tuvo después del parto de mi hermana. Así que tragué, como se suele decir. Al empezar las clases tu padre vio durante todo aquel trimestre, y el siguiente, mi asiento vacío. Nadie se volvió a sentar en él, como si fuera un augurio. Llegó el verano, se casó con tu madre y se vino de luna de miel a La Palma. Nos encontramos en el Kiosco El Ancla. Él no me esperaba, yo a él sí, pero cuando eso, yo no bebía tanto”.    

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