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Miguel Jiménez Amaro

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Enterrados en los ojos que un día besó (43)

El tren en el que llegó   Billy El Niño a Lisboa llevaba cerca de media hora aparcado en el andén de la estación ferroviaria de la capital lusa y Billy  no bajaba de ninguno de aquellos vagones que formaban parte de aquel expreso. El Niño se había quedado dormido, resacado de dar tantas palizas también en sueños a rojos indefensos en comisaría después  de haber dado muerte por la tarde, bajo interrogatorio, a aquellos dos militantes de la CNT que regresaban de Toulouse, un palmero y una mexicana, que habían sido detenidos en la estación de Chamartín con propaganda de aquella organización revolucionaria anarcosindicalista.

El supervisor del tren ahora estacionado, un gudari que había sido torturado por Billy, al ver cómo seguía durmiendo el odiado policía se le pasó otra vez por la cabeza el ajusticiarlo  asfixiándolo con la almohada, - tenía el vasco buena  corpulencia y resentimiento para ello-, pero cuando estaba ya con la almohada en la mano escuchó unas voces y pasos que lo alarmaron e hicieron que desistiese en su empeño de mandar al Niño al lugar donde el sanguinario karateca había enviado a tantos rojos. E hizo bien, porque aquellas voces y pasos eran de unos amigos de Billy, altos cargos de la brutal policía secreta salazarista que alarmados por no verlo entre los viajantes que descendían de los vagones, habían subido a los vagones de literas a olisquear qué había ocurrido; e hizo bien el gudari cojo por una de las palizas del inspector porque   lo hubiesen cogido aquellos sabuesos miembros de la Pibe con la almohada en la mano, así que soltó el arma con la que iba a impedir que El Niño siguiese respirando en este mundo, torturando, lanzando katas, en definitiva, matando a diestro y siniestro. Despertaron a Billy, aquellos amigos suyos, que no se creía que el tren ya había llegado a Lisboa, - le pareció muy corto el viaje -, y se lo llevaron con ellos a desayunar vino verde y marisco escuchando fados en directo.

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Enterrado en los ojos que un día besó (42)

Volvieron a tocar con los nudillos de los dedos de las manos a los cristales cencellados   de la puerta de cristal labrado de La Taberna de Chueca. Esta vez quien pedía entrar era Constantine que venía con La Colegiala desde la suite de lujo del Palace donde llevaban toda la mañana practicando El Agua Sagrada de Ruanda, y a ellos se les agregó, en aquella misma puerta cargada de siglos e historia, Ernesto, que, en el mortuorio en donde velaba a Fernando junto con familiares y amigos sintió la poderosa e invisible llamada de la verdosa absenta que se bebía en La Taberna.

Abrió la puerta el mismo camarero vestido de negro y blanco, el frío que entró por ella también era el mismo, blanco y negro polar madrileño. El Mariachi seguía cantando. El Charro volvía a pedir copas que rebosó de absenta para estos tres nuevos pasajeros, viajeros, que brindaron con él. El Charro volvió a inundarles las copas, tal como Madrid estaba inundado de oscuro, aunque era al mediodía, frío, y los cristales de La Taberna de escarcha clara.

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Enterrado en los ojos que un día besó (41)

A Literato, Ulrike y El Charro no les cogió de improviso las afirmaciones hechas por Fernando e Hiperión sobre la no autenticidad de las fotos y relatos vertidos por Sor Ácrata en el rotativo El Caso. Maguisa, al venir caminando con ellos, desde El Comunista hasta La Taberna de Chueca, les fue hablando del trucaje contenido en aquellas imágenes, y, Literato, que ojeó alguno de los textos, hizo el comentario de que estaban llenos de mentiras. Tampoco les cogió de improviso a Ninnette, Lissette y El Chivato Tántrico, que venían del mortuorio de dar refugio a la familia y amigos de Fernando, e intentar, por si apareciese, -como hizo cuando la muerte de Hiperión-, que Sor Ácrata no influyese en el camino espiritual del difunto Fernando. Sor Ácrata apareció en el mortuorio, -¡ella para no!-, pero al sentir la presencia de los sacerdotes de tantra blanco, limitó su estancia a entregar, a cada uno de los participantes en el duelo,  un ejemplar del periódico El Caso, -¡hasta llegó a darle uno a Fernando, que el pobre, su cuerpo estaba muerto dentro del ataúd!-, y luego salió fugada hacia el taller de Manolo, El Escultor, para que no dejase de pensar siquiera un instante en que quería su estatua para Epifanía. Y no les cogió tampoco de improviso a estos sacerdotes de la sexualidad sagrada porque al salir del mortuorio cogieron una taxi hasta La Taberna de Chueca en el que fueron leyendo y comentando El Caso, en una edición que solo tenía de especial los trucos fotográficos y las mentiras . Al bajar del taxi, en Chueca, El Chivato Tántrico quiso abrir la puerta de cristal cencellado por el frío de La Taberna de Chueca, pero no pudo, la habían cerrado de nuevo. Tocó, y la abrió el mismo camarero que lo había hecho cuando la golpeó con sus nudillos Literato. El Charro, cuando los divisó, pidió copas para ellos tres, las rebosó, e hizo una segunda ronda con ellos, un segundo brindis. Así que, ni  unos ni  otros, pues unos y otros habían observado detenidamente El Caso, se sintieron de improviso por las tajantes afirmaciones de Fernando e Hiperión desarmando los argumentos de aquella edición intempestiva. Como tampoco se sintieron de igual manera, de improviso, por el hecho de estar nuevamente tratando con  muertos, -en este caso tres, Hiperión, Sigrid El Ángel Pelirrojo y Fernando-,  aquellos que no estaban acostumbrados a estos vaivenes imparables de La Barca de Isis, a este navegar incesante de la vida a la muerte y de la muerte a la vida, que no se sabe ni en qué aguas comienza ni en qué aguas acaba.

Sigrid, El Ángel Pelirrojo, seguía pensando en su hijo Werther, en lo parecido que era a su padre, Literato;  en la pena tan honda que sentía por no haber podido ejercer de madre con Werther, al haber derivado su vida al consumo extremo de alcohol y la locura, por lo que tuvo que ser ingresada por su familia al poco de nacer su hijo en una clínica psiquiátrica en un pueblo cerca del que ella había nacido en Alemania. Sigrid seguía mirando a Literato y a Ulrike que le transmitían paz y serenidad, la paz y la serenidad que a ella le faltó gran parte de su vida. Intuía que iban a ser unos buenos padres para Werther, que Ulrike iba a ser con él igual de buena madre que lo fue con Hiperión, y que a ellos dos, Ulrike y Literato, les iba a venir bien el dar refugio a Werther, que no había congeniado nunca con su abuelo, -el padre acosador del Ángel Pelirrojo-, y que su abuela, por su antigua enfermedad de corazón ya no se podía hacer cargo de él. A la vieja señora probablemente le faltaba poco por vivir. Literato y Ulrike, por la manera que El Ángel Pelirrojo los miraba, intuían los pensamientos que estaba teniendo. Sigrid se levantó de la mesa en la que estaba sentada con Fernando e Hiperión, y fue a dar con el padre de su hijo y la que se iba a convertir en su madre. Cuando estuvo a la altura de ellos se abrazaron los tres. Ulrike le comentó que esa mañana habían estado hablando ellos dos el tema desayunando en la cocina y que estaban decididos en adoptar a Werther. Si él, al ser mayor de edad dentro de poco tiempo, y  su abuela, lo deseaban, se convertirían entonces en sus padres. Sigrid los volvió a abrazar y se fueron los tres a sentarse con Hiperión y Fernando.

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Enterrado en los ojos que un día besó (40)

Carmencita acabó de cantar Madre en la puerta hay un hombre cuando en la barra descorchaban la tercera botella de Cava Integral Brut Nature de Llopart y servían la tercera ración de bacalao rebozado. Carmencita fue a limpiarse las lágrimas estancadas en su cara de salitre al aguamanil. Regresó cuando las copas estaban servidas. Literato, Ulrike y Eladi esperaban con un trozo de bacalao en la boca a que ella volviese para chocar las copas. Brindaron justo en el momento en que el repartidor de periódicos bajaba los escalones del rellano y dejaba sobre un lado de la barra de madera y mármol una edición  especial de El Caso, periódico de sucesos, al que estaba suscrito La Carmencita, dedicado enteramente a Sor Ácrata, al que de momento no prestaron atención alguna. El repartidor voceaba algo así como: Vida, obra y milagros de Sor Ácrata hasta el día de hoy. Estaban ellos más inmersos en lo que comían y bebían, y en la alegría que sentía Carmencita por poder ir a México con su madre a conocer a su padre moribundo y poder despedirse de él.

Rebosaron las copas para llevarse al estómago los últimos trozos de aquel bacalao rebozado. Volvieron a brindar. Un recién llegado cliente cogía El Caso y lo abría al mismo tiempo que pedía un Mibal Roble, un Ribera del Duero de Roa, Burgos, en donde está la D.O., con diez meses en barrica de roble francés. Los cuatro vieron algo que les llamó la atención en aquel periódico de sucesos abierto  delante mismo de sus ojos, como la pantalla de cine de los NO-DO, con dos fotos de Sor Ácrata en la portada , una de ellas en la morgue, y otra en el mortuorio, abrazando en las dos al cadáver de Fernando. ¿Cómo pudo entrar, sin ser vista por nadie, Sor Ácrata con su fotógrafo, en la nevera de los fiambres del hospital? ¿Cómo pudo hacer lo mismo en el mortuorio antes de que lo abriesen a los familiares y amigos? La misma persona que está escribiendo estos relatos tampoco lo sabe, porque cree, - o al menos lo escribió así -, que Sor Ácrata estaba entre esas horas en el taller del Escultor, Manolo, emborrachándose con Licor Cacao Pico y haciendo sexo oral. ¿Tendrá Sor Ácrata la habilidad de estar en dos o tres sitios a la vez? O quizás fuera que Sor Ácrata  volvió a amenazar al Escultor con encerrarlo en una guagua, -la peor amenaza que se le puede hacer a Manolo-, que siempre lleva en su bolso y le ordenó que siguiese esculpiendo su estatua mientras ella iba con su fotógrafo a la morgue, al mortuorio y a la redacción de El Caso.

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Enterrado en los ojos que un día besó (39)

En El Palace, Pepe Legrá, El Puma de Baracoa, que estaba sentado con sus Dos Pumas Rubias y Mikel Norel, hablando sobre El Agua de Ruanda, - Legrá era un experto en este tema, su familia en Cuba provenía de esclavos que procedían de este país-, al ver que Constantine, junto a La Colegiala, se levantaban de la mesa y se dirigían a la de ellos, -sonaban de nuevo los taconazos de zapatos de aguja de aquel enigma de mujer y el de los botines blancos del consagrado actor en Italia y el mundo entero nacido en el barrio de San Telmo de Santa Cruz de La Palma- , pidió al camarero dos botellas de Cava Ex Vite Brut Reserva de Llopart.

Mikel Norel le preguntó al Puma de Baracoa que por qué había pedido dos botellas en vez de una, si con una botella daba para seis copas,  la misma pregunta que os habéis hecho vosotros. Legrá le contestó que Maguisa estaba saliendo del ascensor con un hombre de aspecto, por su ropa, mexicano. “Ese es El Charro, Pepe. Entonces tendrás que pedir El Llopart, o cualquier otra bebida, pero solo de Las Cosas Buenas de Miguel, de tres en tres botellas. Te advierto de otra cosa, El Charro no deja pagar a nadie".

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Enterrado en los ojos que un día besó (38)

Literato y Eladi se bajaron del coche en el garaje de casa de Literato. La luz ya había regresado. ¡Los plomos! Pero el ascensor aún no lo habían arreglado. ¡Una avería algo más difícil de arreglar que la de los plomos! La maleta de Eladi pesaba poco. La subió escaleras arriba sin ningún problema. La mili lo tenía hecho un jabato, aunque él tuvo más predilección por El Capitán Trueno. ¿Quizás porque la novia de este otro personaje se llamaba Sigrid, como El Ángel Pelirrojo?

Literato cogió los cuatro libros de Eladi y el sobre que había dejado Sigrid El Ángel Pelirrojo en el interior del Dodge Barreiros con la foto de Werther, el hijo de Sigrid y Literato, dentro, y empezó a cantar Sombras de Javier Solís, como había hecho hacía unas horas cuando salió de su casa y bajó caminando al garaje a oscuras para dirigirse a Barajas a recoger a Eladi.

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Enterrado en los ojos que un día besó (37)

Literato, al volante de su Dodge Barreiros, se sintió como si hubiese nacido de nuevo al salir de aquellos oscuros, con olor a gasoil y orín de gato, aparcamientos de Barajas, con la mente puesta en La Tasca de Chueca, donde había dirigido sus intenciones Eladi Crehuet, que quería tomarse otra botellita de Integral Brut Nature de Llopart, y, así se lo confesó a este resucitado hijo de un  amigo al que llevaba diecisiete años sin ver: "He vuelto de nuevo a nacer, Eladi, y tú lo has hecho también conmigo".

Eladi andaba haciendo la mili en el cuartel Jaén XXV de Barcelona bajo las órdenes del coronel Folchi, un coronel de ascendencia italiana que se había distinguido en la batalla del Ebro, y de un oficial canario llamado Guapito de cara, que fue su alférez patria porque en el ejército no encontró otra, y, tenía en mente  preparar las oposiciones a notaría que aprobaría a la primera.

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Enterrado en los ojos que un día besó (36)

Tanto Eladi Crehuet, como Literato, desde que supieron que se iban a encontrar en la Terminal de Barajas, Madrid, aquella misma mañana de aquel día 31/12/71, no se habían detenido a pensar -ninguno de ellos dos-si el tiempo discurrido desde la última vez en que se vieron en Los Cancajos, La Palma, había hecho estragos en la apariencia física de ellos como para no reconocerse el uno al otro, o el otro al uno, tal como estaba ocurriendo con parte  de la superficie sur de Fuencaliente en donde había reventado hacía un mes antes el Volcán Teneguía cambiando aquella morfología de la Isla, que estaba en plena metamorfosis. O quizás, ese mismo tiempo, los diecisiete años que llevaban sin verse, les hubiese afectado a la memoria de ellos dos, originándoles algo muy similar a la falla recién descubierta en la Cumbre Vieja de La Palma que va a hacer desaparecer la Isla y parte de los Estados Unidos de América, borrando repentinamente aquellos datos de la memoria de ellos.

Sigrid, El Ángel Pelirrojo, cuando se avino a soñar con ellos dos durante la noche pasada, y sentarse en la primera clase del vuelo Barcelona-Madrid, en el asiento de al lado de Eladi Crehuet, y, en el asiento de al lado del conductor, - Literato-, del Dodge Barreiros, mismo modelo que el del almirante y vicepresidente del Gobierno franquista y fascista  Carrero Blanco, que se dirigía también, -!y los adelantó¡-, a la Terminal de Barajas, les había dicho a ellos dos por separado que en aquella terminal en la que se iban a encontrar, uno, Literato, llevaría en su mano el libro, La Ciudad Soñada, que Mónica encontró en su bolso cuando proveniente de La Palma tomó el vuelo Tenerife-Madrid para asistir al duelo de Hiperión, y, el otro, Eladi Crehuet, llevaría en sus manos los tres libros de  poemas y relatos que Sigrid sacó de su bolso y entregó a Eladi en la primera clase del avión  Barcelona-Madrid, Cuadernos de Los Cancajos, Viaje en línea regular y Tren de tarde a las islas, -este último recién presentado por Antonio Abdo, Miguel Gómez y Ángel Greses, el pasado día veinte y nueve de diciembre en Las Cosas Buenas de Miguel-, escritos por Eladi, ellos cuatro, durante las dos primeras décadas  del siglo veintiuno.

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Enterrado en los ojos que un día besó (35)

(El libro Tren de tarde a las islas, Eladi Creuhet,  lo presentará Antonio Abdo el viernes día 29 de diciembre de 2017, en Las Cosas Buenas de Miguel, en Santa Cruz de La Palma, a partir de las 19:30 horas)

Literato salió del cuarto de baño cantando Sombras, de Javier Solís -era la segunda vez que la cantaba durante esa mañana- mientras iba caminando a su dormitorio. Volvió a mirar la urna en la que estaban las cenizas de su hijo Hiperión. Se vistió, cogió de su mesa de noche el libro de Eladi Creuhet, La Ciudad Soñada, y se dirigió a la cocina para desayunar con su mujer. Al pasar por el perchero puso el libro de Eladi dentro de un bolsillo del abrigo que colgaba. Entró en la cocina, donde olía a gofio que había traído Mónica desde La Palma. Su mujer, revolvía un tazón de leche con gofio y miel. Literato decidió desayunar lo mismo.

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Enterrado en los ojos que un día besó (34)

(El último libro de poemas de Eladi Creuhet, Tren de tarde a las islas , lo presentará Antonio Abdo el viernes 29 de diciembre en Las Cosas Buenas de Miguel).  

Eladi Crehuet soñaba y aún no le había podido arrebatar a Morfeo la respuesta a su incesante, como un rayo, pregunta. “Por qué mi padre se empeñó en que mi hermano y yo aprendiésemos boxeo, de la mano de Don Álvaro Rocha, Missipí, en la playa vieja de Los Cancajos”. Morfeo no le quería tampoco contestar durante esa noche a su críptica pregunta. Eladi, dormido, sintiendo que ya le habían de quedar muy pocas horas para que sonase el despertador y levantarse de la cama, se dijo a sí mismo. “¡Mejor dejar suelta la rienda de mis sueños! ¡Que Morfeo haga lo que quiera!”. La voluntad de Morfeo se hizo de inmediato. Eladi se vio soñando tan profundamente con una pelirroja, que casi no escucha, unas horas después,  su despertador que lo reclamaba a ponerse en pie, ducharse, vestirse, desayunar, llamar a un taxi cuando estuviera tomando el café, y coger el primer vuelo a Madrid, donde lo estaría esperando, -no lo había vuelto a ver desde la época en que aprendía a boxear con su hermano en Los Cancajos-, en la Terminal de Barajas, Literato, con aquel misterioso libro, escrito por el mismísimo  Eladi, titulado La Ciudad Soñada y publicado en el 2016,   que  Mónica encontró en su bolso cuando venía desde La Palma, en el vuelo Tenerife-Madrid, al sepelio de Hiperión.

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