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La Laguna de todos

La Laguna fue la raíz primera de mi escritura y de mis planteamientos vitales. Se me antoja ciudad de confluencias y encuentros, lugar común de nuestra memoria colectiva.

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(Queridos hermanos de esta gran familia de la Lengua y amigos palmeros, la ciudad de la que les voy a hablar tiene para el que escribe unas connotaciones muy especiales, pues en ella, en San Cristóbal de La Laguna (la antigua Aguere de los guanches), donde se centró la definitiva colonización de las Islas Canarias, donde más tarde se asentó el conocimiento como bien de la Humanidad y desde donde una laguna extinguida aún esconde muchas de nuestras raíces, digo, en ella y en su memoria queda el sabor de los platos jamás degustados por el mismo. La fragancia y el gusto por todas esas viandas me quedan sobre el mantel de la poesía. Buen enyesque, amigos).

La Laguna fue la raíz primera de mi escritura y de mis planteamientos vitales. Tiene unas calles por donde el yo se diluye por sus baldosas y queda una sombra que es la de todos los que alguna vez pisamos los pavimentos de su piel centenaria. Allí nos quedamos, de alguna manera, detenidos en el asombro primigenio, charlando con Verdugo y Joaquín o en la memoria subterránea de Alberto. No me cabe duda de que hay una laguna en cada isla invocando el océano de Aguere o de que siempre seremos un territorio rodeado de lagunas.

Si, como dice María Zambrano, la razón ha de hacerse poética sin dejar de ser razón para acoger ese sentir originario sin coacción, si creímos que la realidad era un espejo quebrado y por tanto teníamos que indagar en la penumbra del ser y de esa penumbra vendría la aurora vacía ya de dioses y, por tanto, con la sombra necesaria para encontrar la luz que nos permitió ver más allá del eclipse. Si todo fue una realidad íntima o una intrahistoria compartida, entonces esa razón y la empatía siempre fueron hermanas gemelas. En una laguna se sumerge ese sentir originario de humedad humana esperando la aspersión del hisopo de la palabra, ahora ya sin sumos sacerdotes.

La ciudad soñada y vivida de Olga Rivero Jordán, con su bolso lleno de hojas de crepúsculos y auroras. La bicicleta insomne esperando en los pasillos del sueño a que los gatos regresaran del regazo de Proserpina. Las palomas que venían a su mano a comer el millo de cada día. Así soñamos y vivimos. Así soñamos también los rincones de su casa. Y los jóvenes que, como este que escribe ahora no tan jóvenes, acudíamos en bandadas a su calor humano y poético a olvidar nuestros prejuicios académicos y vitales,  a comer del millo de su palabra. Recuerdo que me senté con Olga en la mesa del hambre, sorbí las mitades del durazno que gravitaban en la sopa y desnuqué al pez que me miraba del abismo. La Laguna, donde no hay palabras mágicas, sino la magia de las palabras con hambre y sed, que Olga recoge de la escarcha después de la nevada del desasosiego. Así que me siento en la habitación de Olga, me vierto en su café con leche, y ella va llenando el vacío con la fruta escarchada de todos los paraísos.

La Laguna universal, donde se veía a Dylan Thomas por todas las esquinas de su laberinto cantando a ritmo de jazz que la muerte no tendrá dominio sobre el amor. La Laguna de Félix Francisco, el que realmente no tuvo el don de Vorace y cruzó la Estigia de la calle Heraclio Sánchez, sin barquero y sin óbolo.

Nosotros que rodábamos con la sombra del lenguaje pisándonos los talones por las aceras del lenguaje, imberbes o barbados cavernícolas con un libro de Platón y otro de Nietzsche bajo el mismo brazo.

Éramos jóvenes. Hacía poco nos habíamos quitado el traje de la primera comunión para entrar en otro tipo de comunión sin necesidad de traje. Una comunión más humana, más apegada a la tierra y a las raíces de la vida. Nihilismo, vitalismo, romanticismo de verdad, por todas las esquinas, negaban realidades impuestas ya sin veladores. Nada anterior nos valía, sólo las voces de los poetas silenciados a fuerza de fusil, de cárcel o exilio. Sólo la voz de los pensadores universales cuyas lecturas estaban prohibidas. Al menos aprendimos a negar realidades impuestas, a decirle no a las mentiras que nos dijeron desde el nacimiento sobre la transcendencia del alma y sus avatares después de una vida alienada en este valle de lágrimas. Y caímos en la cuenta de que realmente estábamos alienados y que nuestra alma había sido vendida al peor postor.

Nada sabíamos, o casi nada, de la realidad exterior. Se hablaba un lenguaje distinto en lo referente a la humanidad y la justicia. Atrás iba quedando toda la parafernalia de una moral zafia y mutilante. Los intelectuales exiliados durante casi 40 años volvían paulatinamente a medida que sentían que no iban a ser perseguidos en su tierra como cuando el dictador vivía. Se fueron escuchando nombres diferentes a los de la pequeña lista  que nos hacían recitar como a los reyes godos en el colegio. El color rojo ya no era asociado con el diablo o el infierno, sino con la justicia del pueblo y con la sangre derramada por los páramos del silencio.

La Laguna se me antoja ciudad de confluencias y encuentros, lugar común de nuestra memoria colectiva. Muchísimas personas que ahora deambulamos por este mundo atlántico, aparte de haber nacido en diferentes ciudades, en diversas islas, somos laguneros de convicción y cosmovisión.

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