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Antonio Arroyo Silva

Licenciado en Filología Hispánica. Escritor, crítico literario y profesor de Literatura Castellana.

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Crónica de una nada hecha gofio

Es muy probable que cuando la mayoría de los lectores lean este artículo me agredan, me echen encima todas las maldiciones, me digan que soy un elitista, un machista, un feminista, un rojo o un facha. Cada cual acomoda el cotarro a sus intereses y decir las cosas como son hace que las aguas sucias salpiquen a muchas personas, incluso es posible que al que escribe. Pero heme aquí no con la intención de hacer un pliego de descargo o de decir «yo no fui». Tampoco me mueve el miedo a expresar los hechos como a la mayoría de la gente que aun viendo no dicen «por respeto» o en aras de la paz eterna del reino de la literatura.

Reconozco que en artículos anteriores había dejado caer en clave irónica y hasta poética muchos de los hechos que aquí voy a denunciar. Léase, por ejemplo, «Venganza de los santos cobardes» publicado en mi columna El Enyesque del periódico digital Diario.es, entre otros. Eran tiempos en que uno veía a la Santa Inquisición por todos lados y pensaba que, como Quevedo y Góngora en su época, tenía que expresarme en una especie de lenguaje de germanía o en un trovar clus «porque, si no lo digo como sea, reviento». Por tanto, aquí no va a haber arte de ingenio, ni intención estética. La cuestión es ir al grano de una vez: pero tampoco voy a renunciar a ese sentido irónico que me viene de nacimiento. De momento no voy a nombrar ni a santos ni a cobardes, solo pretendo que unos y otros reflexionen un poco.

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De cuervos y de infamias en la cámara poética de Félix Anesio

En la entrevista de la poeta Lilian Moro que sirve de prólogo a esta edición de Los cuervos y la infamia, Félix Anesio, autor de dicho poemario le responde que los cuervos representan en sus poemas el desconcierto y el horror y, sobre todo, un enigma indescifrable. Por otro lado, define la infamia como el polo opuesto de aquellos ideales humanistas que suponen el honor, la bondad y la nobleza. Esto ya me da una idea de cómo abordar la obra y desarrollar estas notas que vienen a continuación que no tienen mayor aspiración que ser mi propia lectura

Mientras leía Los cuervos y la infamia me vino la sensación de película en blanco y negro, algo así entre el cine de Fellini de sus primeros tiempos neorrealistas y Bergman. Sobre todo, el segundo al que el autor reconoce como maestro. No es gratuito afirmar que la relación y el diálogo de las artes ha sido bastante fructífera para el desarrollo de la creación en la cultura occidental. En Félix Anesio vemos reflejado esto claramente: esa relación entre su poesía y el cine hace que la progresión de sus imágenes sea visual y cinestésica: imagen en movimiento constante y distintos planos. El ojo del poeta tras la cámara. También se observa cierta influencia del expresionismo alemán, no solo en lo cinematográfico sino también del poético y pictórico (Münch). En esa sala de espera del poema El callejón de los vencidos se intuye la sonrisa morbosa de un Gottfried Benn y, por supuesto, la presencia de Bruno Schulz—de ahí la dedicatoria—.  De hecho, el propio Félix Anesio se pregunta en un breve poema de la primera parte:

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Las bolas del cristal o estar desnudo por encima del traje

Cuando escribo un artículo referente a los valores humanos y a la moral pública nunca me alejo yo mismo del punto de mira. Ya lo vengo diciendo en tres o cuatro artículos anteriores. No vayan a pensar que uno es un escapista o un escaparatista. En la marea de lo humano estoy y en ella me mojo. Sabemos la aceptación que tienen ciertos enjuiciamientos hacia ciertas actitudes. También que el público espera verdades eternas para buscar linchamientos y cosas así.  Lo que no sabemos es si quien los hace o escribe es consecuente con lo que dice o habla. Si es realmente honesto, digamos, o solo lo parece.

  Por la boca muere el pez—dice el refrán—, pero por la boca de la escritura se alimenta el anzuelo y la ponzoña. La confusión y la venta del guanajo. Porque para eso de defender o rebatir ideas no solo hace falta tener las cosas claras sino, además, tener claridad en la conciencia del pecado y de la virtud. Dice el poeta venezolano Reynaldo Pérez Só que, en cuanto a poesía y ética, lo más que le conviene es la necesidad de estar desnudo con todos sus defectos. Y eso en un mundo que está acostumbrado no a la desnudez sino que se complace en las máscaras cotidianas, que absolutamente parecen convencer a nuestros congéneres, acostumbrados  al festín habitual de quien miente mejor. Reynaldo Pérez Só es un poeta místico venezolano, premio nacional de poesía en Venezuela hace unos años—de origen palmero, para más señas—. Muy a menudo se pierde en la selva amazónica porque la convivencia con los yanomamis es más sana para la salud espiritual. Huyendo de los yasimamis, claro está.

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Cierto gesto con el índice en la sien

Les puedo asegurar que en más de una ocasión he estado a punto de buscarme el odio y la maledicencia de más de uno de ustedes, lectores. Si no lo he logrado ya. Y si alguien es poeta, aún con más razón. Pero, tranquilos, no les voy a hablar de fútbol ni de nada que pueda inquietarles—o sí. Recuerden que esta columna se llama Enyesque. Y de echar un enyesque se trata aunque esta vez el pisco ron esté aguado y a los pejines no se lo coman ni las moscas. Les pido una sonrisa, amigos, y un pisco de reflexión. Salud. 

No me creo más ilustrado que nadie, ni poseo el don de los predicadores de la palabra. Tampoco—hay que añadir— me pienso más puro ni más sabio, ni adolezco de falsa humildad. Poseo todos los ingredientes positivos y negativos de esta humanidad que vaga por las sombras. Amo en la misma medida en que odio. Siento rabia porque amo, siento amor porque rabio. Ser honesto es antes que nada reconocerse y reconocer: nunca uno es del todo bueno, nunca del todo malo. Lo importante es ser conscientes de esa balanza que nos equilibra ante todas las circunstancias. La inteligencia, creo, consiste en huir de todos aquellos obstáculos que pudieran impedirla, a pesar de que esos frenos nos proporcionen la comodidad ante la vida y los mecanismos para acallar nuestra conciencia. Y esta inteligencia o como quieran llamarla se reconoce por el respeto por los demás. La inteligencia social no es hacerse un hueco especial para ser más que nadie, para ser el elegido de los dioses. Al contrario, es buscar la manera de que todas las opiniones quepan en ese hueco e intentar crear un mundo pleno de comunicación e intercambios. Sin enajenaciones, sin trampas, sin cartón, sin ases en la manga. 

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Carne de cañón

No voy a hablarles ahora de la última moda curricular de sentar a los miembros del ejército en la mesa de nosotros los educadores a que nos aporten esa bicoca de que nuestros alumnos puedan optar por hacer carrera entre sus filas. Tampoco voy a hablarles de que a esa mesa acudan con toda su vestimenta pretoriana, su arma reglamentaria, etcétera. Claro está que también el pensamiento es un arma que pudiera ser más peligrosa, aunque últimamente se aprecia que el nivel del mismo ha disminuido considerablemente, sobre todo por estos lugares civiles que aludo. Digo que no voy a hablarles de eso. Se me comió la lengua el gato o los gatos de ciertos sectores progres que consideran tales manifestaciones políticamente incorrectas. Incluso algunos dirían que uno está como una cabra y otros, añorando ese pasado   pro-hippie, que eres insolidario. De todas formas, no criticaría a los alumnos si decidieran apuntarse en el ejército. Cada uno es libre de hacer lo que le plazca. Y tampoco pienso que el Ejército sea lo que antes era.

Todo viene a propósito de la violencia cuyo rechazo figura— dicho sea de paso—con letra grande y hermosa en todos los currículos, con cuatro o cinco casillitas en donde hemos de plasmar una equis visible en “nadapocomuchodemasiado”, en todas las comisiones de derechos humanos de los institutos y en los poemarios de algunos que quieren demostrar la limpieza de sus conciencias  y garabatean ahí que todos los seres humanos son buenos y hemos de abrazar a los que nos zahieren día a día —creo que nos no se refiere al yo poético sino a los demás, a la carne de cañón.

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Venganza de los santos cobardes (*)

No voy a hablarles,  aquí al menos, de esa gran novela de Beneharo cuyo título se hermana con el de este artículo. Ocurre que en la mencionada obra todo un pueblo llamado Picomierda reacciona contra un sacerdote que quería liberar las conciencias de los vecinos. Hasta el punto que los llamados santos cobardes acabaron con la vida del sacerdote. Fuenteovejuna, todos a una, decía el viejo Lope. Doy por sentado que no voy a hacer el papel del uno ni de los otros. No abogo por los linchamientos multitudinarios y admiro todo movimiento innovador. Pero sí voy a vérmelas con esos santos cobardes que pululan por la realidad. Ven, disienten y aplauden lo contrario de lo que piensan por conveniencia, ignorancia o cualquiera sabe qué. 

En este mundillo de la poesía se proclama la ley del más fuerte. No importa la calidad de lo escrito sino el patrimonio que posea el llamado poeta, llámese patrimonio a la cantidad de parabienes recibidos, de las notas y reseñas que el amiguete de turno de un periódico de provincias de tercera categoría haga, lo cual quiere decir que se ha de guardar un estado de vasallaje, sobre todo al pope que recomienda al agraciado y eterno servidor. Nada que ver con la verdadera fuerza o flojera del libro en liza. Normalmente, suelen reseñarse libros de poesía cuando responden al canon de entendimiento general del populacho lector y receptor del escrito, que, dicho sea de paso, los avispados usuarios pasarán por alto y solo leerán las secciones de anuncios por palabras, deportes y poco más. Y si alguno se detuviera un instante ante la mencionada reseña diría bah cosa de poetas, si ya tenemos de sobra con los políticos

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El mejor ingrediente

(Este artículo va dedicado junto con mi enhorabuena al poeta paisano Juvenal Machín Casañas. Y también a mi querido hermano Fran Arroyo componente del grupo Changó).

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La Laguna de todos

(Queridos hermanos de esta gran familia de la Lengua y amigos palmeros, la ciudad de la que les voy a hablar tiene para el que escribe unas connotaciones muy especiales, pues en ella, en San Cristóbal de La Laguna (la antigua Aguere de los guanches), donde se centró la definitiva colonización de las Islas Canarias, donde más tarde se asentó el conocimiento como bien de la Humanidad y desde donde una laguna extinguida aún esconde muchas de nuestras raíces, digo, en ella y en su memoria queda el sabor de los platos jamás degustados por el mismo. La fragancia y el gusto por todas esas viandas me quedan sobre el mantel de la poesía. Buen enyesque, amigos).

La Laguna fue la raíz primera de mi escritura y de mis planteamientos vitales. Tiene unas calles por donde el yo se diluye por sus baldosas y queda una sombra que es la de todos los que alguna vez pisamos los pavimentos de su piel centenaria. Allí nos quedamos, de alguna manera, detenidos en el asombro primigenio, charlando con Verdugo y Joaquín o en la memoria subterránea de Alberto. No me cabe duda de que hay una laguna en cada isla invocando el océano de Aguere o de que siempre seremos un territorio rodeado de lagunas.

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A ese mar interminable

Sobre El mar de nadie, de Domingo Acosta Felipe

Años y años de pequeña soledad disfrutando con la lectura de la poesía, disolviéndose en la música en sentido contrario que el azúcar en la taza de café. La poesía es como el jazz, te diluyes en ella: tú la oscuridad, ella el relámpago. Leer poesía se ha convertido en una cuestión personal para Domingo Acosta Felipe y, por tanto, motivo de un diálogo incesante con ella y también con los sujetos de su escritura. Unas veces se pelea incluso con ellos (las personas, los poemas, los hechos): es cuando nuestro amigo escribe sus ya famosos gritos. Sí, es cierto, hace años me contó su gran enfado con Walt Whitman, por no sé qué alabanza del cuerpo masculino en detrimento del femenino. Otras, se identifica completa y radicalmente, de manera que es capaz de desasirse de sí, de su propio ombligo (como él dice) para ser en el otro o en la otra o en lo otro.

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Una mirada en la voz

—algunas notas sobre La voz mirada, de Aquiles García Brito—

 

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