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Antonio Arroyo Silva

Licenciado en Filología Hispánica. Escritor, crítico literario y profesor de Literatura Castellana.

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Desde ambos lados de la vitrina del museo del hombre

Decía el padre de la Psiquiatría Moderna Carl Jung que la  visión de una persona, en este caso poeta, se aclarará solamente cuando pueda mirar en su propio corazón. «Quien mira hacia afuera, sueña; quien mira hacia adentro, despierta». Es el caso del poemario que nos ocupa así como de toda la obra de su autora: la autoconciencia y conocimiento de su propia naturaleza y de aquellas personas que la rodean como medio para alcanzar el equilibrio entre la poesía y la vida.

Parece ser que Cecilia Domínguez se ha planteado bombardear los pilares donde se asienta el denominado sistema patriarcal: en Cuaderno del orate un sujeto lírico, en la misma frontera que separa la memoria del olvido, lo latente de lo establecido, lo onírico de lo que se mueve entre la superficie de las cosas y lo más profundo del misterio, sobre todo el miedo. El miedo y no la fe que mueve montañas porque en este punto el miedo acalla las conciencias de llegar. En resumen, Cuaderno del orate parte de un sustrato de violencia hacia la mujer y nuestra poeta profundiza hasta llegar a la capa más remota de su subconsciente. En Profesión de fe Cecilia tiene un enfrentamiento poético no ya con Dios, pues ella siempre ha confesado su ateísmo, sino con la idea de un dios puesto como fundamento de todo ese entramado del sistema patriarcal que vengo mencionando. Y, por último, nuestra poeta es capaz, en este último poemario, La piedra y el obús, de ponerse en la piel del hombre (siendo mujer) para profundizar desde un punto de vista antropológico, histórico, filosófico, psicológico, individual y colectivo, en su conciencia y analizar las causas y consecuencias de la violencia que la cultura antropocéntrica ha producido (la guerra), ya no solo el maltrato hacia la mujer, sino referente a toda la humanidad. Claro, cada libro con sus diferencias de expresión que los hace únicos.  Por descontado que en estos tres poemarios, como en todo buen ejercicio de poesía, cabrían otras interpretaciones, otros caminos para andar.

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En la mirada poliédrica de Olga Rivero Jordán

Hace ya muchísimos años que conocí a Olga Rivero Jordán. Eran esos tiempos en que la poesía comenzaba a tocar en mi puerta. Estamos hablando del año 1977 en el Ateneo de La Laguna. Mi amigo Juan Carlos Romano me dijo que una gran poeta llevaba una tertulia allí con poetas jóvenes y principiantes como nosotros. Allí estaba presente casi todo el aforo de la futura (y presente) lírica canaria actual con sus bondades y maledicencias. Precisamente por esto último Olga decidió dejar dicha tertulia; pero a Juan Carlos y a este que escribe nos dijo que acudiéramos a su casa situada en el Edificio Benito número 65, que allí continuaría.

Ese número 65, ascensor, pasillo, laberinto de Ariadna incluidos, puerta, ladrido de Cerbero, es la primera impresión que ahora me viene al pensamiento y a la memoria al leer el último poemario titulado Solar de manuscritos. Esa sala-comedor-biblioteca de Olga era un verdadero solar de manuscritos: amontonados junto a la inmensa cantidad de tomos de poesía, enciclopedias, novelas, montañas de folios garrapateados con letra segura y tachaduras. Manuscritos que casi desbordaban la estancia, pero que a Olga le daban esa atmósfera de personaje literario redivivo; pero no llegaba a ser bohemia, como afirma Daniel María en el prólogo de esta edición. Si como decía Olga poesía y vida son lo mismo, habría que tener en cuenta el temor que ella siente por la noche y la oscuridad. Sí, es un tema recurrente en ella; pero se trata de una noche observada desde su balcón y con la luminosidad del hogar. No es una transeúnte de la noche, como por ejemplo ese arquetipo Max Estrella de la obra de Valle Inclán: Olga es una hiladora de la luz, no de la sombra. Si a alguna poeta se parece es a la poeta uruguaya Marosa di Giorgio, incluso a Edith Piaf: poeta y cantante que asumen el dolor del mundo, pero que no se evaden de sus propios temores. Además, me consta que en ese solar que poco tiene de metáfora o hipérbole, entre tanto papel, ya estaban sembradas las semillas de lo que sería toda su obra posterior. Por ahí ya brillaban los zapatos que nuestra poeta se calzaría para andar por el mundo. Así el título de su primera obra, la plaquette Los zapatos del mundo.

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Entre el éter y la eternidad está la puerta

Conocí a Sandra Santos una tarde-noche de Facebook por azar. Buscaba a mi otra amiga Sandra Santos brasileña, que tiempo atrás me había publicado un librito titulado No dejes que el arquero como parte de su inmenso proyecto Instante Estante. Así que ahora conozco a una Sandra Santos en cada orilla de esta bella lengua portuguesa por la que actualmente siento tal fascinación que hasta me he atrevido a leerla e, incluso, a traducirla. Desde ese momento que les digo de hace poco más de un año hemos compartido esa inquietud Sandra y yo; ella, con su jovencísima madurez; el que escribe, con esta mirada a la busca del tiempo perdido de la juventud.

Después vino el reciente encuentro en el Festival Internacional de Poesía de Puerto Rico y ahí pude apreciar a la poeta verdadera que en realidad es Sandra Santos. Porque poesía y vida son realmente las dos caras de la misma moneda, la respiración y el ritmo se exhalan al unísono. Lo mismo que la memoria y el recuerdo: la memoria como hecho literario que sitúa a la poeta y le indica el camino a seguir hacia ese espacio supralunar del éter, el recuerdo que trae sus vivencias, sus sueños y las transforma en imágenes en el poema.

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A ese día nuestro fuera de los calendarios

Dice el crítico Jorge Rodríguez Padrón que toda poesía debe tener una base de religión, entendiendo dicho término a partir los dos étimos latinos que constituyen esa palabra: religare (unir lo que estaba roto) y relegere (leer de nuevo o leer con la memoria de lo escrito a lo largo de todo el proceso de la poesía desde su génesis a la actualidad). Esta religión, cuyo fin ya no es la simple comunicación con la comunidad humana, sino una suerte de comunión total con la misma, aparece claramente a lo largo de Poesía para el único día nuestro, este poemario de Odalys Interián recientemente galardonado con el Premio Dulce María Loynaz de Poesía.

Escribir es un acto de fe para Odalys que va desde el más profundo desasosiego por el desarraigo y el exilio, pasando por una crisis de valores ya en el lugar de acogida y llegando (cómo no) a la esperanza que solo se puede hallar en Dios y en el amor. Una especie de ascesis muy propia de la poesía de Odalys Interián que la diferencian de las demás poéticas del mismo tema y localización geográfica e histórica y, por ende, la singularizan, le dan su sello de autenticidad. Sin entrar en cuestiones de ortodoxia o heterodoxia cristiana, sino en hechos estrictamente poéticos, me atrevería a afirmar que este Dios de nuestra poeta no es el de los dogmas, sino que tiene mayor similitud (y sus diferencias) con el concepto de Dios que refleja Rainer Maria Rilke en El libro de horas. Dicho con mis palabras: «el dios de los dejados de la mano de dios». Así pues, todo el poemario transcurre como si de un libro de horas u oraciones se tratara. Ese intimismo, esa utilización de la primera persona del singular (sujeto lírico directo), apoyan lo dicho. También ese dios-lector que completaría el acto de la creación poética.

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Crónica de una nada hecha gofio

Es muy probable que cuando la mayoría de los lectores lean este artículo me agredan, me echen encima todas las maldiciones, me digan que soy un elitista, un machista, un feminista, un rojo o un facha. Cada cual acomoda el cotarro a sus intereses y decir las cosas como son hace que las aguas sucias salpiquen a muchas personas, incluso es posible que al que escribe. Pero heme aquí no con la intención de hacer un pliego de descargo o de decir «yo no fui». Tampoco me mueve el miedo a expresar los hechos como a la mayoría de la gente que aun viendo no dicen «por respeto» o en aras de la paz eterna del reino de la literatura.

Reconozco que en artículos anteriores había dejado caer en clave irónica y hasta poética muchos de los hechos que aquí voy a denunciar. Léase, por ejemplo, «Venganza de los santos cobardes» publicado en mi columna El Enyesque del periódico digital Diario.es, entre otros. Eran tiempos en que uno veía a la Santa Inquisición por todos lados y pensaba que, como Quevedo y Góngora en su época, tenía que expresarme en una especie de lenguaje de germanía o en un trovar clus «porque, si no lo digo como sea, reviento». Por tanto, aquí no va a haber arte de ingenio, ni intención estética. La cuestión es ir al grano de una vez: pero tampoco voy a renunciar a ese sentido irónico que me viene de nacimiento. De momento no voy a nombrar ni a santos ni a cobardes, solo pretendo que unos y otros reflexionen un poco.

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De cuervos y de infamias en la cámara poética de Félix Anesio

En la entrevista de la poeta Lilian Moro que sirve de prólogo a esta edición de Los cuervos y la infamia, Félix Anesio, autor de dicho poemario le responde que los cuervos representan en sus poemas el desconcierto y el horror y, sobre todo, un enigma indescifrable. Por otro lado, define la infamia como el polo opuesto de aquellos ideales humanistas que suponen el honor, la bondad y la nobleza. Esto ya me da una idea de cómo abordar la obra y desarrollar estas notas que vienen a continuación que no tienen mayor aspiración que ser mi propia lectura

Mientras leía Los cuervos y la infamia me vino la sensación de película en blanco y negro, algo así entre el cine de Fellini de sus primeros tiempos neorrealistas y Bergman. Sobre todo, el segundo al que el autor reconoce como maestro. No es gratuito afirmar que la relación y el diálogo de las artes ha sido bastante fructífera para el desarrollo de la creación en la cultura occidental. En Félix Anesio vemos reflejado esto claramente: esa relación entre su poesía y el cine hace que la progresión de sus imágenes sea visual y cinestésica: imagen en movimiento constante y distintos planos. El ojo del poeta tras la cámara. También se observa cierta influencia del expresionismo alemán, no solo en lo cinematográfico sino también del poético y pictórico (Münch). En esa sala de espera del poema El callejón de los vencidos se intuye la sonrisa morbosa de un Gottfried Benn y, por supuesto, la presencia de Bruno Schulz—de ahí la dedicatoria—.  De hecho, el propio Félix Anesio se pregunta en un breve poema de la primera parte:

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Las bolas del cristal o estar desnudo por encima del traje

Cuando escribo un artículo referente a los valores humanos y a la moral pública nunca me alejo yo mismo del punto de mira. Ya lo vengo diciendo en tres o cuatro artículos anteriores. No vayan a pensar que uno es un escapista o un escaparatista. En la marea de lo humano estoy y en ella me mojo. Sabemos la aceptación que tienen ciertos enjuiciamientos hacia ciertas actitudes. También que el público espera verdades eternas para buscar linchamientos y cosas así.  Lo que no sabemos es si quien los hace o escribe es consecuente con lo que dice o habla. Si es realmente honesto, digamos, o solo lo parece.

 Por la boca muere el pez—dice el refrán—, pero por la boca de la escritura se alimenta el anzuelo y la ponzoña. La confusión y la venta del guanajo. Porque para eso de defender o rebatir ideas no solo hace falta tener las cosas claras sino, además, tener claridad en la conciencia del pecado y de la virtud. Dice el poeta venezolano Reynaldo Pérez Só que, en cuanto a poesía y ética, lo más que le conviene es la necesidad de estar desnudo con todos sus defectos. Y eso en un mundo que está acostumbrado no a la desnudez sino que se complace en las máscaras cotidianas, que absolutamente parecen convencer a nuestros congéneres, acostumbrados  al festín habitual de quien miente mejor. Reynaldo Pérez Só es un poeta místico venezolano, premio nacional de poesía en Venezuela hace unos años—de origen palmero, para más señas—. Muy a menudo se pierde en la selva amazónica porque la convivencia con los yanomamis es más sana para la salud espiritual. Huyendo de los yasimamis, claro está.

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Cierto gesto con el índice en la sien

Les puedo asegurar que en más de una ocasión he estado a punto de buscarme el odio y la maledicencia de más de uno de ustedes, lectores. Si no lo he logrado ya. Y si alguien es poeta, aún con más razón. Pero, tranquilos, no les voy a hablar de fútbol ni de nada que pueda inquietarles—o sí. Recuerden que esta columna se llama Enyesque. Y de echar un enyesque se trata aunque esta vez el pisco ron esté aguado y a los pejines no se lo coman ni las moscas. Les pido una sonrisa, amigos, y un pisco de reflexión. Salud. 

No me creo más ilustrado que nadie, ni poseo el don de los predicadores de la palabra. Tampoco—hay que añadir— me pienso más puro ni más sabio, ni adolezco de falsa humildad. Poseo todos los ingredientes positivos y negativos de esta humanidad que vaga por las sombras. Amo en la misma medida en que odio. Siento rabia porque amo, siento amor porque rabio. Ser honesto es antes que nada reconocerse y reconocer: nunca uno es del todo bueno, nunca del todo malo. Lo importante es ser conscientes de esa balanza que nos equilibra ante todas las circunstancias. La inteligencia, creo, consiste en huir de todos aquellos obstáculos que pudieran impedirla, a pesar de que esos frenos nos proporcionen la comodidad ante la vida y los mecanismos para acallar nuestra conciencia. Y esta inteligencia o como quieran llamarla se reconoce por el respeto por los demás. La inteligencia social no es hacerse un hueco especial para ser más que nadie, para ser el elegido de los dioses. Al contrario, es buscar la manera de que todas las opiniones quepan en ese hueco e intentar crear un mundo pleno de comunicación e intercambios. Sin enajenaciones, sin trampas, sin cartón, sin ases en la manga. 

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Carne de cañón

No voy a hablarles ahora de la última moda curricular de sentar a los miembros del ejército en la mesa de nosotros los educadores a que nos aporten esa bicoca de que nuestros alumnos puedan optar por hacer carrera entre sus filas. Tampoco voy a hablarles de que a esa mesa acudan con toda su vestimenta pretoriana, su arma reglamentaria, etcétera. Claro está que también el pensamiento es un arma que pudiera ser más peligrosa, aunque últimamente se aprecia que el nivel del mismo ha disminuido considerablemente, sobre todo por estos lugares civiles que aludo. Digo que no voy a hablarles de eso. Se me comió la lengua el gato o los gatos de ciertos sectores progres que consideran tales manifestaciones políticamente incorrectas. Incluso algunos dirían que uno está como una cabra y otros, añorando ese pasado  pro-hippie, que eres insolidario. De todas formas, no criticaría a los alumnos si decidieran apuntarse en el ejército. Cada uno es libre de hacer lo que le plazca. Y tampoco pienso que el Ejército sea lo que antes era.

Todo viene a propósito de la violencia cuyo rechazo figura— dicho sea de paso—con letra grande y hermosa en todos los currículos, con cuatro o cinco casillitas en donde hemos de plasmar una equis visible en “nadapocomuchodemasiado”, en todas las comisiones de derechos humanos de los institutos y en los poemarios de algunos que quieren demostrar la limpieza de sus conciencias  y garabatean ahí que todos los seres humanos son buenos y hemos de abrazar a los que nos zahieren día a día —creo que nos no se refiere al yo poético sino a los demás, a la carne de cañón.

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Venganza de los santos cobardes (*)

No voy a hablarles,  aquí al menos, de esa gran novela de Beneharo cuyo título se hermana con el de este artículo. Ocurre que en la mencionada obra todo un pueblo llamado Picomierda reacciona contra un sacerdote que quería liberar las conciencias de los vecinos. Hasta el punto que los llamados santos cobardes acabaron con la vida del sacerdote. Fuenteovejuna, todos a una, decía el viejo Lope. Doy por sentado que no voy a hacer el papel del uno ni de los otros. No abogo por los linchamientos multitudinarios y admiro todo movimiento innovador. Pero sí voy a vérmelas con esos santos cobardes que pululan por la realidad. Ven, disienten y aplauden lo contrario de lo que piensan por conveniencia, ignorancia o cualquiera sabe qué. 

En este mundillo de la poesía se proclama la ley del más fuerte. No importa la calidad de lo escrito sino el patrimonio que posea el llamado poeta, llámese patrimonio a la cantidad de parabienes recibidos, de las notas y reseñas que el amiguete de turno de un periódico de provincias de tercera categoría haga, lo cual quiere decir que se ha de guardar un estado de vasallaje, sobre todo al pope que recomienda al agraciado y eterno servidor. Nada que ver con la verdadera fuerza o flojera del libro en liza. Normalmente, suelen reseñarse libros de poesía cuando responden al canon de entendimiento general del populacho lector y receptor del escrito, que, dicho sea de paso, los avispados usuarios pasarán por alto y solo leerán las secciones de anuncios por palabras, deportes y poco más. Y si alguno se detuviera un instante ante la mencionada reseña diría bah cosa de poetas, si ya tenemos de sobra con los políticos

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