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La enseñanza en la disrupción

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Llevo días dándole vueltas a esta frase, y cuanto más lo pienso, peor me siento, pues reflexiono en qué punto de la educación nos encontramos cuando un docente ya no se plantea educar sino enseñar, y además acepta la disrupción como algo inevitable, con lo que hay que vivir, como algo irreversible, a lo que no se le puede poner remedio. Un halo de tristeza y melancolía y algo de nostalgia parece invadir al profesional de la educación. Su argumento radicaba en indicar que el uso de una metodología individualizada basada en las tecnologías tendría que ser suficiente.

Lo cual es, hasta cierto punto, sorprendente, pues desde la Consejería de Educación se insiste de forma constante sobre la necesidad de un trabajo colaborativo, como un elemento definitorio de nueva era en la que está entrando la enseñanza y que es reflejo de la realidad social, la que la mayoría de los docentes estamos trabajando con esfuerzo pues todo proceso de aprendizaje supone renuncia a lo aprendido y con ello a las seguridades de lo que se conoce y que en muchos casos supone una dinámica practicada durante numerosos años del ejercicio de la docencia. A ello hay que añadir el incuestionable uso de las tecnologías, las cuales la mayoría de nuestros alumnos dominan como mayor facilidad y conocimientos que la mayoría de nosotros, y a las que los tenemos que educar en su aprovechamiento para que no caigan en el abuso, aunque en realidad son una magnifica herramientas de aprendizaje.

Mi compañero esperaba la complicidad y la aceptación de quienes lo escuchábamos. Su visión catastrofista que muchos compañeros comparten y que puede tener unas raíces profundas y justificadas contrasta con la que creemos que la mayoría de los jóvenes quieren y desean aprender y que no todos están en los institutos por imperativo legal. El argumento de que las familias no se preocupan es manido y para nada cierto, pues la experiencia demuestra que todas las familias quieren lo mejor para sus hijos, pero en muchas ocasiones se encuentran con que no saben o no pueden, por diferentes razones. Las responsabilidades entre familias y docentes son compartidas, y la base para consolidar esta relación está en el diálogo constructivo, pues no puede ser de otra manera.

Existen incontables técnicas para favorecer el aprendizaje, para motivar, para superar la pasividad que en muchas ocasiones se instala en muchos de nuestros adolescentes, que algunos docentes nos las podemos aplicar. Es relativamente fácil ir inculpando a unos u otros y mientras, nuestros jóvenes están haciendo ruido, gritando para hacerse oír.

Realmente la situación de las aulas en el día a día no es fácil, están llenas de chicos y chicas en plena adolescencia, con dificultades de todo tipo, de aprendizaje, económicas, familiares, etc. La educación es una cuestión de corresponsabilidades no de individualidades.

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