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León Cobiella

Sí. Me engañaste y me dijiste que volverías. Y no has vuelto. O quizá sí. Quizá has vuelto de nuevo para deshacer el camino y renacer una vez más a nuestro lado. ¿Quién lo sabe?

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Me dijiste que ibas a volver; que nos echaríamos unos güisquis como Dios manda; que volveríamos a reírnos con las bromas de siempre, esas que me gastabas con la edad y los cumpleaños tan cercanos el tuyo y el mío que no nos permitía olvidarnos el uno del otro, como si la cercanía fuera una carrera para vencer los años.

Me dijiste que un día nos íbamos a liar todas las mantas de la tierra a la cabeza y nos íbamos al Mayantigo a bailar un último Twist en aquel salón interminable bajo la atenta mirada de Tino Benítez, Maribel Arrocha y aquel francés tan guapo rodeado de misterios y venido de no se sabía dónde y cuyo nombre ya poco nos importa.

Me dijiste que el domingo que viene nos iríamos al bosque de Los Tilos con Pepe Cabrera, María Isabel Cuyás y Mario Baudet y no habría en el barranco un helecho que no nos sirviera de refugio y de fondo para hacernos una última foto antes de rendirnos.

Me dijiste que esta vez no me ibas a traicionar y que ibas a votarme sin que ella pudiera comprarte el voto por una mísera peseta. ¡Ay, mi querido Judas, cómo me dejaste allí colgada aquella tarde de verano! Fifina Benítez, Pilar Lorenzo, Mariquiña Rodríguez y yo de damas de honor, desilusionadas por no haber sido coronadas en un reino imaginario en el que solo cabían caballeros andantes y un piano de verdad que Paco Valcárcel aporreaba con toda la pasión de la que era capaz, mientras Eva Blahnik, sentada en un trono de verdad sobre la azotea, miraba el mar como si acabara de verlo por primera vez.

Me dijiste que volverías y me engañaste, León Cobiella. Y ahora que lo sé, que sé que no volverás a mi casa a disfrutar de tartas y merengues; que sé que ya no podré abrazarte detrás de una cristalera llena de ilusiones y sueños a través de la cual me vendías esperanzas y proyectos; ahora que creo haber comprendido la verdad sobre la vida y la muerte y presiento que tendré que ver cómo se van los amigos que me ayudaron a construir y a soportar el mundo que me rodea y por esa razón tendré que aprender a estar cada vez más sola; ahora, precisamente ahora, tengo las fuerzas necesarias para decirte lo que te he querido, lo que te queremos todos: Menchu, los hijos, la familia y los amigos, la ciudad a la que trajiste suerte a raudales, la isla que te acompañó en ilusiones y descubrimientos, el mundo que supiste disfrutar a manos llenas…

Y es importante que sepas cuánto te apreciaba la gente, cómo celebraban tus bromas y chascarrillos, tus broncas por quítame esas pajas sobre temas que te hacían vibrar o sufrir, tus detalles de cariño sin venir a cuento, tus besos inesperados en mitad de la Calle Real, tus sorpresas, tus renuncias… En fin, tu vida compartida.

Sí. Me engañaste y me dijiste que volverías. Y no has vuelto. O quizá sí. Quizá has vuelto de nuevo para deshacer el camino y renacer una vez más a nuestro lado. ¿Quién lo sabe?

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