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Preguntas y respuestas

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Las respuestas como exclusivas verdades solo engordan y sacian el egocentrismo, al tiempo que amodorran el pensamiento y la reflexión, y cuando se trata de respuestas de otros parecen concebidas y estructuradas para calmar y sosegar el brío de toda deliberación propia, no ir más allá de lo que no se debiera traspasar, esa ventana cerrada, esa frontera inaccesible, ese lodazal escabroso que siempre hay detrás y que no perciben los ciudadanos, ni los peones de este tablero económico en que nos hayamos sumergidos, y esto será en gran medida lo que nos mostrarán los diversos partidos políticos en las próximas elecciones de diciembre, cubriéndonos y abochornándonos con proyectos y promesas futuras.

Esas respuestas futuras ofrecidas a estos ahogos presentes, esos garabatos entretenidos en discursos y panfletos electorales, no debe en ningún caso adormecer ni trastabillar que sigamos cuestionándonos todo, que sigamos exigiendo y exigiéndonos preguntas, que no quedemos anulados y sonrientes, abobados, por promesas y profetas de tiempos nuevos y nuevos partidos y nuevos representantes. Nada, la exigencia la misma, perdón, la exigencia aún mayor, las promesas caducaron, son moneda sin valor, de otra época y siglo, cuando los caballeros eran caballeros, cuando los samuráis se hacían el harakiri tras faltar al honor.   

Cuestionarlo todo, y con mayor entereza ahora que nos acercamos a unas elecciones generales, no nos empuja a la acera de los antidemocráticos, aunque algunos se empeñen en ello amparados en el miedo y el desasosiego. Cuestionarlo todo es un ejercicio de salud personal, social y ciudadana, es la rutina loable con que identificar lo necesario y arrinconar el producto defectuoso, desahuciar la posible seducción hipócrita y mentirosa de cada promesa argumentada, de cada discurso con demostraciones y vocablos enriquecidos para confundir, de cada aplauso comprado o estafado. Cuestionarlo todo es cuestionar también la herencia social y económica dejada, la herencia de las ideas, la palabra Democracia, la estructura de la familia tradicional, las estadísticas como augurios o profetas, el progreso de la ciencia como valedor de una vida mejor, el ejercicio de la felicidad como línea generalizada, la oferta ofrecida por mercados internacionales y por supermercados regionales o locales; todo, cuestionarlo todo es en definitiva el grito de que no nos adormecen ni envilecen proféticas respuestas. En ninguna otra manera, más factible todo.

En un panorama múltiple de variantes para consensuar pactos políticos que conformen la gobernabilidad de cada lugar, lejos de que la derecha o la izquierda o el centro o los nuevos, triangulen y ejerciten acuerdos a dos bandas o a tres o a cuatro, y nos ofrezcan y atonten con promesas y proyectos, cuestionar y exigir que se provea al ciudadano la honorabilidad de la educación, servicios médicos, condiciones sociales laudables, y un proyecto factible de convivencia, es una constante que continuamente, valga la redundancia, debe plantearse, validar la línea del proyecto o desahuciarla por parte del ciudadano, y no quedar ahí, inertes, durante los cuatro próximos años.

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