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Andrés Expósito

Andrés Expósito (1971). Escritor y colaborador con artículos de opinión en varios periódicos. Autor de las novelas 'Vieja melodía del mundo' (2013), 'Historia de una fotografía (2011), 'El albur de los átomos (2005) y del entrevero literario 'El dilema de la vida insinúa una alarma infinita (2003). Página web oficial: www.andresexposito.es

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La opinión de otros

No sabemos convivir con la opinión o la perspectiva de lo demás. Somos críticos para encontrar errores y desestabilizar el punto de vista de otros, pero no somos autocríticos para intentar encontrar fallas en nuestro punto de vista. En cuanto una opinión o un argumento o una perspectiva no gustan, o no se está de acuerdo con ellas, o echa abajo la pirámide elaborada de creencias e ideologías, ultraja todos los símbolos y los dioses a los que se adora, entonces, nace la cólera, la rabia y el odio, brota el fanatismo y todo acto de violencia y desprecio. En lo que a la especie humana y su comportamiento como especie dentro de una sociedad de convivencia se refiere, no ha sido tanto el cambio en siglos.

No hay verdades ni certezas que cierren el círculo. Lo que encontramos son flechas lanzadas que no acaban en ninguna diana, se pierden en el recorrido. Ni siquiera regresan. Toda opinión, perspectiva, creencia o no creencia, es a veces un nudo que no se libera para evolucionar, al contrario, se anuda y enreda aún más.

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La sutileza del dinero en el futuro

El dinero es una edificación intangible de la imaginación y la psicología colectiva del sistema en que residimos actualmente, que funciona como un epicentro desde donde se origina todo a su alrededor.  Es intangible porque no podemos tocar su valor, solo podemos tocar la moneda o el billete que lo representa. Si el valor se deprecia, la moneda y el billete siguen sosteniendo símil textura y peso. No hay mejor ejemplo que los billetes y las monedas denominadas pesetas que hasta hace poco servían como intérprete e intermediario de toda gestión económica en España.

El valor del dinero pertenece al imaginario colectivo, a la confianza ciega que tenemos en que otros propongan o sostengan unos arquetipos económicos para incrementar o depreciar dicho valor.

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La condena indecente por el asesinato de Víctor Jara

Hay que recordar, de vez en cuando, la lucha de quienes estuvieron antes para que con ello se forje el espíritu de lucha de los que han llegado después.  Y eso fue, sin duda alguna, Víctor Jara, fue la lucha contra el desfavorecido, la canción de protesta por el que no tiene nada o por el que es golpeado por pedir algo de pan y expresar lo que siente, es la melodía del pueblo que grita sus necesidades, es el alarido por el absolutismo de la palabra de todo dictador, es una sombra de lucha y esperanza que aparece en la oscuridad cuando la opresión al ciudadano se hace más agónica.

La condena a dieciocho años de cárcel a ocho exmilitares chilenos por la muerte de Víctor Jara no hace justicia alguna.  Ninguna condena justifica la muerte de un ser humano, y en este caso, menos aún. La crueldad con la que se ensañaron tras su detención alberga un calificativo de una categoría superior a lo inhumano: Le rompieron los dedos para que no volviera a tocar la guitarra y le cortaron la lengua para que no volviera a cantar, luego de golpearlo reiteradas veces de forma cruel.  Días después lo fusilaron, le atravesaron 44 balas. Más tarde, lo tiraron a un descampado junto con otros cuerpos para que el pueblo lo olvidara,

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Bañarse en las mismas aguas

No parece que esto tenga fin.  Cada piedra levantada trae inexorablemente otro acusado por corrupción, y trae, además, en el ciudadano, la sensación de hartazgo, la desazón de que en todo ha sido un enjambre de engaños, forjados desde las entrañas de quien posee el poder.

La entrada en prisión de Zaplana, acusado de delitos de cohecho y prevaricación, fraude fiscal, tráfico de influencias, malversación, blanqueo, pertenencia a asociación ilícita para delinquir y a grupo criminal, muestra una vez más la inmundicia grotesca de quienes hasta hace poco denunciaban y criticaban dichos actos en otros, haciendo fe y discurso del comportamiento legítimo y dentro del marco legal con el que debe comportarse la ciudadanía, y ahora, son el ejemplo fidedigno de lo criticado y denostado en dichos discursos y actos de fe.

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Pausar esta vida acelerada

Todo es un constante movimiento.  El propio planeta lo es; la vida también.  La sociedad en la que residimos no solo marca ese movimiento natural, sino que traza una velocidad irremediable, imposible e imparable.  Todo empuja y nos lleva en volandas, nos transporta y nos aletarga de un instante a otro, de un espacio temporal a otro.  Quedamos en ocasiones en un vacío temporal donde no conocemos en medida alguna que ha ocurrido con nuestros instantes pasados.  Como en una especie de viaje en el tiempo, nuestro tiempo de vida, nuestros momentos, parece que han quedado afuera tras la ventanilla de ese tren de grandes velocidades en el que estamos subidos.  Solo somos capaces de observar el paisaje afuera y cómo se desplaza ante nuestros ojos, pero no lo sentimos, no lo apreciamos.

No pretendo con este artículo ser un agorero tecnológico ni un anacoreta antisistema, pero quizás deberíamos bajarnos de vez en cuando de todo, de ese movimiento a grandes velocidades, bajarnos de la tecnología y de la sociedad que nos empuja, bajarnos un ratito, tomar aliento, repasar lo trazado y llevar el pensamiento más allá.  Quizás deberíamos acomodar ciertas pausas en nuestras vidas, desconectar de la tecnología y de la velocidad que nos obliga.  Quizás, y en buena medida, mirar en otra manera y mirar en dirección a otros lugares donde no miramos nunca, ser más introspectivos, forjar cierta creatividad y cierto alejamiento de todo. 

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Nuestra vida está condicionada por una ideología de números

Residimos en una sociedad donde medimos o cuantificamos todo, incluso la felicidad y la decisión de nuestro siguiente acto, y esa pauta mecánica y absurda evita la incertidumbre de toda toma de decisión, nos acomoda, y nos salva de todo pensamiento y, al tiempo, nos aleja de él.  Nos hace creer que esa medida o cuantificación es el valor que nos guiará ante todo propósito o ante todo inconveniente, y también, el reflejo de un ámbito o situación social.  Andamos amparados en esa negligencia, y cohabitamos bajo esa ideología del número, de la estadística fácil, del ranking infranqueable, de índices perfectos, del valor como resultado y como dios.  Estamos regidos y condicionados por todos ellos.  

Todos esos indicadores que asoman y golpean, y que tomamos en todo momento como criterios y resoluciones para tomar una decisión o para creer que lo expuesto por los mismos son verdades absolutas o verdades objetivas, son en realidad otra pauta irreal y manipulable de la estructura social en la que residimos.  Ninguna estadística, por ejemplo, abarca la totalidad del total necesario para que sea fehaciente, pero las usamos constantemente para elegir una u otra opción.  Ellas, en la misma manera que las clasificaciones, hacen más cómodo a la ciudadanía interpretar la información que se quiere indicar, porque se ahorran y quedan aliviados de todo desconcierto, no necesitan llevar el pensamiento más allá, y además, los números parecen ordenar el desorden, y lo agrupan todo en tal manera que cualquiera es capaz de entender, pero en realidad no es así, la vida no es así.  La vida es una posibilidad alejada de toda cuantificación, trazada entre incertidumbres, entre precipicios que nos obligan a dudar y a elegir, y nos convida a equivocarnos y a que la equivocación sea otra parte más anidada a todo, y es quizás ello, en una sociedad exigente y acelerada donde la equivocación, la incertidumbre y el precipicio, no parecen tener cabida, y los números, la cuantificación y medición constante, expresada en estadísticas, ranking, índices, valores de resultado y otros, los que nos proyectan de manera subliminal e ingenua, cierta seguridad que no existe.

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El crecimiento económico no valida nuestras vidas

Reducimos el algoritmo de nuestras vidas y de la sociedad en que residimos a una constante principal y única: el crecimiento económico.  Y validamos dicha constante como un valor tangible, y sin embargo, no lo es.  Solo es una idea ilusionista inyectada en todo nuestro alrededor como futuro imprescindible.

Con toda seguridad, si nuestros antepasados hubieran pronosticado las herramientas y los recursos con los que contamos en la actualidad, también hubieran pronosticado, erróneamente, que estaríamos viviendo dulcemente en una hegemonía de paz y tranquilidad.      La tecnología, los avances científicos y los recursos que poseemos en el actual presente, podrían posibilitar dicha situación. Aunque solo fuera en los países más desarrollados.

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El líder de la manada

Seguimos siendo otra especie más que sigue al líder de la manada.  Orbitamos en base a la misma actitud y conducta que lo hacen otras especies.  De idéntica manera que un grupo de leones, elefantes, monos y demás especies, nos dejamos regir y condicionar (en muchos casos ciegamente) por el carisma y el porte profético de un ejemplar de nuestra especie que se ha elevado sobre algún montículo para señalarnos un camino.  Esa conducta primitiva prosigue noqueando todas nuestras emociones y toda nuestra lógica coherente, forjando un fanatismo hiriente con los demás y con nosotros mismos

Partiendo de que no hay ningún camino perfecto, ni ningún líder de toda manada que sea una deidad ausente de errores o miserias, el gran problema de los miembros de dicha manada es dejar todo el pensamiento y toda la reflexión a ese Moisés y a sus tablas.  Ahogamos nuestra propia visión, toda nuestra visión, para dejarla en manos de otros, que nos convencerán irremediablemente de que su visión y su camino es el único.    

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Confinados en medio de la nada

Si se tratara de un guion cinematográfico, la intriga sería la estructura donde se sostendría todo el argumento, columnas tan fornidas y poderosas, con tanto poder de seducción, que acabaríamos por creernos que se trata de una realidad desoladora y miserable, de otro desahucio y genocidio humano.  Pero no lo es.  No se trata de ningún guion cinematográfico, se trata de otra realidad más, otra obra terrorífica más que agranda lo cruel y devastador que es el ser humano con el propio ser humano, con sus semejantes. 

En Australia, en diversas islas Estado, residen confinados, en una situación deplorable e inhumana, cientos de seres humanos.  Todos han intentado, en una u otra manera, arribar o alcanzar las costas australianas, bien porque huyen de conflictos armados en sus respectivos países, o porque el hambre, la miseria y la falta de posibilidades, los han empujado a subirse sobre penosos trozos de madera denominados barcos, o mediante organizaciones ilegales que trafican y comercializan con las necesidades humanas. 

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Lo que fue primero y lo que llegó después

Primero fue El Hombre que surgió de entre todas las demás especies.  Fue capaz de arraigarse a una supremacía que lo convertía en una especie superior ante las demás.  Ninguna como ella mostraba esa inigualable evolución y el compendio de posibilidades para subsistir a los diferentes hábitat y situaciones que se le presentaban.  Conformó y confirmó, poco a poco, formas de caza, de defensa y supervivencia que atemorizaban y aturdían a las demás especies.  El control de la especie humana sobre las demás fue quedando constatado a medida que la evolución y el paso del tiempo asentaban y proponían el ritmo de la historia sobre el planeta.

Más tarde, y en la misma medida, y parte también de la evolución, nacieron formas y sistemas para maniatar y coaccionar a grupos numerosos de los propios miembros de la especie humana.  Nacieron formas y sistemas que lejos de proporcionar toda utilidad coherente acabaron por ser herramientas con las que esclavizar a los semejantes.  Pero las formas y los sistemas caminaron y evolucionaron siempre un paso por delante que la propia masa de miembros de dicha especie.  El hilo que movía todo es el mismo hilo que mueve todo: poder sobre los demás y lo demás.  La pauta está en el propio gen, implícita y oriunda, y en ello, la especie humana prosigue siendo un depredador.  Eso sí, educado y formal, pero un depredador.

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