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¿Qué es un balde de agua para un camello?

Llegaron al escalonado Bar Faro a por su ración de albóndigas de caballas, arroz a la cubana y vino ‘Debo 13 Cántaros a Nicolás’.

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Llegaron a ‘Casa Aniceto’, en los bajos del Club Deportivo Mensajero, el escalonado Bar Faro con terraza para la Avenida Marítima y tres alturas con comedor, con los mismos  precios cada uno, Ninnette, Lissette, ‘El Chivato Tántrico’, Miguel el de ‘Las Cosas Buenas’ y Fellini, que venían a por su ración de albóndigas de caballas, arroz a la cubana y vino ‘Debo 13 Cántaros a Nicolás’, un excelente Cigales. Se habían cuidado de hacer una comida ligera para darle una buena embestida a la cena algo temprana. Se sentaron en las mesas de la terraza. En la Avenida Marítima empezaba la hora del paseo, donde se iba a enamorar o a vacilar con los amigos. Fellini no dejaba de observar y de tomar notas en un cuaderno que llevaba consigo, al mismo tiempo que iba haciendo fotos. Le llamaba la atención todo lo que veía, las personas en el paseo, la primitiva gasolinera de don Adelmo, las guaguas de la parada del norte tan famosas como las londinenses, la terraza del Bar Canarias; lo que más le sorprendía era la acera de enfrente, el muro de la avenida, lo cerca que estaba el mar, y el fuerte olor a marisco, musgo y algas. “¡Pues si parece un malecón! ¡Esto es una joya!”, pensó. (¡Y pensar que se lo cargaron, como la playa del muelle y la del túnel!). Preguntó por si después de cenar podrían dar un paseo por la otra acera para tener otra impresión de la ciudad, y todos asintieron. 

El camarero se acercó a tomar la comanda y les aconsejó en vez del arroz a la cubana, un arroz acabado de hacer, con chicharros, burgados y lapas, cogidos hacía un momento, que era más inusual, se encontraba menos en la carta. Fellini miró para Miguel que le dijo  ‘de acuerdo’, que otro día vendrían a tomar el arroz a la cubana. Ninnette y Lissette dijeron que ellas querían seguir tomando ‘Cava Integral Brut Nature de Llopart’, y le preguntaron al camarero que si de postre les podían preparar a todos plátanos flambeados, pero no hechos con ron o  brandy, sino con ‘Cacao Pico’. El camarero les preguntó si no sería algo mucho para ellas. Ellas se rieron y  le contestaron que tenían dos estómagos, que es algo que conservaban todavía de  cuando fueron cabras en esta vida. Durante la cena ‘El Chivato Tántrico’ quiso hablar con todos el tema de las iniciaciones en ‘la Sexualidad Sagrada’ por parte de un nutrido grupo de gabachas, miembros de un sindicato, que se iban a desplazar desde París a la Isla con esa intención. Fellini se interesó por el tema. Ninnette, Lissette y ‘El Chivato Tántrico’ le hablaron sobre él durante toda la cena, a ratos en italiano, y a otros en castellano. Fellini no dejaba de preguntar, su curiosidad fue tanta que se pusieron de acuerdo para seguir hablando con más profundidad  otro día, en cualquiera de los dos idiomas. 

Traje de arlequín.

Traje de arlequín.

El avieso e ínclito Constantine, el rubio con ojos azules detective de la gabardina con muchas hebillas y muchos botones, botines negros y cigarrillos ‘Águila Blanca’  pasó por delante de ellos, se detuvo, pero no se sentó; les dijo que iba a ver atracar al Plus Ultra, porque ya casi estaba al caer el asesino de los crímenes cometidos en ese barco. También les versó sobre que el crimen de la alemana en La Cuesta estaba a punto de ocurrir, que el inductor ya estaba en la Isla, que se estaba alojando en el Hotel Patria. Se despidió, encaminó sus botines en dirección hacia el muelle, dio la medía vuelta, se volvió a acercar, y le dijo a Fellini que ‘El Chupasangre’ no le había dado tres porrazos contra el suelo de su espalda a los gritos de ‘subversivo, masón y anarquista’, sino que le metió en su espalda tres gatos salvajes, uno con cada grito. Ninnette y Lissette, muy atentas a lo que hablaba, lo miraron con aprobación. Constantine se llevó el cigarrillo a la boca, sacó otro de su cajetilla, encendió uno con otro, tiró uno al suelo, lo apagó con sus botines negros, y siguió fumando el otro, volvió a coger camino envuelto en un halo de humo de tabaco rubio ‘Águila Blanca’. Fellini se sonrió, les comentó que su género de películas no era el policiaco, pero que le gustaría hacer una película sobre este inimaginable y dorado detective, pero con él mismo como actor. 

Cruzaron la acera y empezaron a caminar Avenida Marítima hacia arriba. Pasaron por en frente del Castillo de Santa Catalina y siguieron caminando hasta el de San Fernando. Durante el trayecto se cruzaron con un hombre que venía hablando solo y que los abordó para contarles su problema. Su madre lo había parido junto con un hermano gemelo, casi recién nacidos, uno de los dos hermanos había muerto, y él no sabía cuál, no sabía si el que había muerto era él o su hermano, o, si el que estaba vivo era su hermano o él. “¡Vaya problema tiene este buen hombre! ¡Ni ‘El Difunto Matías Pascal!”, exclamó Fellini. Dieron la vuelta en el Castillo de San Fernando y regresaron al Puente. Bajando , venía de frente un hombre de gran envergadura, rasgos negroides, vestido como los músicos de jazz de Nueva Orleans, que llevaba un radio cassette al hombro, como Cristo la cruz, que decía que él se ganaba la vida limpiando pozos negros, pero que le sobraba el dinero. Se paró a la altura de ellos y les contó la anécdota de cuando una familia rica le pidió un presupuesto para limpiarles el pozo negro. Llegó a la casa, introdujo la varilla de medir en la mierda, la sacó, constató la profundidad del pozo y dijo: “Doscientas mil pesetas”. Los señores de la casa le contestaron que no, que ese precio era un abuso, que era mucho dinero para ganarlo él, un barrendero cualquiera. Julián, que así se llamaba este arlequinesco personaje, cogió un trozo de papel, limpió la varilla, devolvió la mierda a su origen, y contestó: “Pues ahí les queda”. Fellini, que había estado tomando notas de este monólogo le dijo: “Caballero, usted es un hombre libre. Y por cierto, me tiene que decir en dónde compró su traje”. Julián se echó a reír canturreando : “En ‘Casa Pancho. Sí, libre, con dinero y cornudo”. 

Acabaron de subir ‘El Puente’. Divisaron en el horizonte ‘El Kiosco de Garrafón’ que era a donde los  llevaban sus intenciones, y pidieron ‘Cava Integral Brut Nature de Llopart’ para todos. Fellini sintió la llamada de la selva, dijo que lo disculpasen unos segundos, que iba a mirar la cartelera del Cine Avenida, que estaba allí mismo. No tardó unos segundos, tardó unos cuantos minutos. Regresó comentando que en el kiosco de al lado, el de ‘Cholata’, había una pelea, y que le rompieron en la espalda a un hombre  todas las sillas que habían en el kiosco, hasta las que había rotas. Les siguió hablando de que estaban dando ‘Luz que agoniza’, obra maestra del suspense y el maltrato, de George Cukor, ‘Oscar’ al mejor director, con Ingrid Bergman, que obtuvo su primer ‘Oscar’, Charles Boyer, Joseph Cotten, siempre haciendo papeles de bueno, Dame May Whitty y Angela Lansbury. Fellini los invitó a todos a ver la película  cualquier día de la semana. El que os está escribiendo os sugiere  ver esta película, que aunque de mil novecientos cuarenta y cuatro es muy actual, en donde Charles Boyer aborda el papel del expandido, como un virus, arquetipo del enfermo mental, o canalla de hoy día, el maltratador de mujeres. 

Se acercó a su mesa un hombre corpulento, de pelo blanco, que provenía del ‘Kiosco Cholata’, les preguntó que si se podía sentar con ellos. Le hicieron un hueco, él cogió una silla y pidió Llopart hasta que hubiera ganas o se acabase. Se dirigió a Fellini y le dijo que lo disculpase, que cuando hace un momento le estaban rompiendo sesenta y nueve sillas en la espalda, no había podido saludarlo, porque estaba contando el número de las sillas que, tendido en la calle, le estrellaban contra el suelo de su espalda. Fellini le preguntó  de qué lo conocía. Manolo, que así se llamaba este atento, educado y generoso caballero, le dijo que se habían conocido en la casa de Dalí, en Figueras, que habían estado hablando de puros, marquesotes y pan de manteca de La Palma, un día en el que Dalí toreó un toro atrincherado desde un helicóptero. “Ya te recuerdo, tú fuiste el que te largaste de su casa, dando un portazo, cuando Dalí dijo que no se avergonzaba de no haber dado en su vida una limosna a un pobre. Por cierto, Manolo, ¿cómo soportaste esa paliza hace un momento y puedes estar como si no te hubiese ocurrido nada?”. Manolo le contestó: “¿Qué es un balde de agua para un camello?”. “¿O qué es una raya para un tigre, Manolo?. Como me ocurrió a mi esta mañana  en la manifestación por Acidalia, cuando ‘El Chupasangre’ me atacó con tres gatos salvajes por la espalda, y seguí caminando, algo dolorido, pero como si nada”, le dijo Fellini.   

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