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Con la playa se malogró un poema

Uno de mis sonetos ha perdido su sentido al cambiar nuestro antiguo malecón por una playa.

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“Si mi voz muriera en tierra, llevadla al nivel del mar y dejadla en la ribera”. Los versos de Rafael Alberti llevan de fondo la música de las olas y llenan de nostalgia a aquellos que, tierra adentro, añoran permanentemente el mar. Las ritmas de Alberti son inmortales y perdurarán a través del tiempo, pero ¿y las mías? Uno de mis poemas se ha perdido en los senderos del recuerdo, con la noticia de que ¡Al fin tenemos playa! La buena nueva, que llena gozosamente el ánimo de tantos palmeros, a mí me ha vuelto durante unas horas, silencioso, triste y apagado. Uno de mis sonetos ha perdido su sentido al cambiar nuestro antiguo malecón por una playa: “La urbe busca al mar, cristal sereno,/ inabarcable azul que no termina / y, en alianza de siglos, adivina / el amor atlántico en su seno. / La balconada hermosa es el ropaje / de la avenida gris en que se asienta: / memoria de una ciudad que alienta / por la espuma dormida de su traje…” No he sufrido un trauma psíquico, pero sí he sentido cómo se malograban unos versos que ahora, sólo llevarán sus imágenes marinas por el camino de las nostalgias. Para los que vivimos en una isla, el ruido del mar es consolador. Lo hemos alejado un poco pero seguimos teniendo un sueño azul en las pupilas…

Las obras de rehabilitación del frente litoral de Santa Cruz de La Palma, adjudicadas en julio de 2011 por parte del Ministerio de Medio Ambiente y Medio Rural y Marino, incluían la construcción de una playa, y seis años después, ahí la tenemos. Con un importante derroche de recursos (dicen que más de 30 millones de euros), nos hemos ido apropiando de parte del territorio marino para salvar el nuestro, dando un paso definitivo hacia la modernización de la ciudad, a la que hemos dado una fachada distinta con el desarrollo de una infraestructura que, aparte de protegerla, podría contribuir a la mejora del comercio y del turismo, ejes necesarios a la hora de relanzar su maltrecha economía. 

Sabemos que con esta playa se materializa un sueño para muchos y nos  alegramos por ello. La acritud y los celos los dejamos para otros… En mi caso, tengo la suerte de vivir tras mi jubilación, en el más sosegado de los ambientes, con tertulias donde se grita menos y se razona más, donde se sopesan los intereses en juego y se contrastan opiniones en torno a una buena copa de vino, pero lejos de las discusiones “avinagradas” de otro tiempo. Por eso, aunque la playa haya malogrado uno de mis poemas, no quiero entrar en opiniones negativas, propias casi siempre de obtusos demagogos con frívolas visiones microscópicas. No. Si tenemos altura de miras, nuestra visión ha de ser tan amplia como el propio mar al que los ciudadanos seguiremos buscando, aunque sea por una salida diferente, concretada en una playa o, lo que es lo mismo, en un lecho nuevo para su reposo.

Las obras marinas son tediosas. Los trabajos comenzaron a buen ritmo, pero se vieron ralentizados por problemas, que no siempre hemos entendido. Es posible que en la ejecución de la obra fueran necesarios algunos modificados: el cambio de sitio de la nueva estación depuradora o de bombeo, ante las protestas de la ciudadanía, y el refuerzo de dique norte dañado por un temporal, son dos ejemplos a recordar, pero no podemos ocultar la tardanza de la administración en aprobar tales modificaciones. Esos gramos de descaro y desvergüenza a la hora de agilizar las cosas, son propios de la burocracia, y nosotros que medimos el tiempo por Bajadas, maduramos en candor y no en la queja. Así, al concluir los accesos a la arena y comprobar cómo la playa se dotaba de pasillos de madera, duchas y demás servicios, nos hemos olvidado de que las obras empezaron en 2011 y que ha sido tres años después de la fecha prevista, cuando las han terminado. Al final, la ciudad puede presumir de su nueva cara. Un escaparate distinto, que no ha perdido, bajo los balcones, su olor marino. Ese olor que siempre nos hizo soñar con nuevos horizontes frente al mar infinito. Ese aire que me inspiró a escribir un día, que “… En el viejo malecón, el oleaje / es llanto que empapa y que violenta, / con la ola que llega, que revienta… / Y, en un himno de fuerza, cobra vida / la muralla de piedra, carcomida / por el empuje del mar que la despierta.” Cómo del malecón solo queda una pequeña muestra, los versos pierden hoy toda su vigencia… Se malogró el poema. Pero, sin embargo, con la nueva playa sigo teniendo el sueño del mar en mis pupilas, y, desde los tejados y azoteas, sigo atrapado en su paisaje, ese vestido azul que ciñe el cuerpo de mi Isla.

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