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¿Para qué sirven las tareas escolares?

No creo que sea pedir mucho que nos dejen las tardes con nuestros hijos e hijas cuando ya han pasado toda la mañana de toda la semana cultivando el hábito de estudio.

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No, no crean que lo que les voy a contar pertenece a una historia de Michael Ende. Aunque pudiera parecerlo, no es ficción, es realidad.

Escribo sobre una realidad sangrante que todas vemos y casi nadie denuncia, al menos en mi entorno. Afecta a esas personas que nos rodean, pequeñitas en tamaño, pero grandes en ilusión, energía e imaginación: nuestras hijas e hijos. Tanto ellas como nosotras  vivimos una situación que contemplamos, sufrimos y callamos. Están perdiendo sus infancias y ahora les diré por qué…

Hoja de agenda.

Hoja de agenda.

Se trata del eterno tema de las  tareas escolares. Cada tarde se enfrentan a horas de trabajos extras que sus maestras y maestros estiman oportunas para reforzar su aprendizaje. Y es curioso, porque cuando los analizas ves que no son más que trabajos mecánicos y repetitivos que desde una editorial se estima que son buenos para afianzar no sé qué conocimientos que olvidarán en una semana. Soy pedagoga y conozco muy bien cómo funcionan los procesos de enseñanza-aprendizaje.  Cuando escucho el famoso argumento de que es importante que mi hija pase sus tardes cultivando no sé qué hábito, me da una mezcla entre risa y enfado. ¿Se referirán al hábito de odiar el estudio? ¿Al hábito de matar la curiosidad? ¿O será el hábito de la resignación? No, según dicen se trata de la promoción de valores como la autodisciplina, la responsabilidad o un mayor rendimiento académico… Pero ¿De dónde sacan que esos ejercicios consiguen eso?

El miércoles pasado, 1 de noviembre,  fue día de fiesta. Días antes, mientras hacíamos planes para hacer una excursión por el campo, reparamos en algo… ¿Habrá tareas? Pues sí, como el miércoles era festivo, la maestra estimó que debía mandar tareas para el martes por la tarde y también para el miércoles porque aunque no hubiera cole, tenían que aprovecharlo… Lo mismo ocurrió el jueves 2 de noviembre. Como al día siguiente tenían excursión con la escuela y se acercaba el fin de semana, la maestra, de nuevo, estimó que debía mandar tareas para el jueves por la tarde, el viernes por la tarde, además de estudiar un examen de inglés para el martes…

Con todo esto ¿Qué tiempo libre nos queda a las familias con nuestros hijos e hijas? ¿De qué momentos disponemos para salir y convivir con ellas? Luego nos tachará la sociedad de que no les dedicamos tiempo, de que no supimos conocerles mientras crecían, guiarles, enseñarles, quererles… Pero ¡¿Cómo?! ¡¿Cuándo?! Mi hija va al colegio cada día a las 7:30 de la mañana y la recogemos a las 15:00. Ha pasado allí sus mejores horas del día y llega a casa cansada. Como es pequeña sigue teniendo energía para pasar la tarde, pero su maestra estima que aún debe dedicarle más horas a practicar con ejercicios. Y yo me planteo ¿Entonces qué hacen durante las  cinco horas lectivas que pasa en el colegio? ¿No son suficientes para que aprenda lo que le corresponde? ¿Es necesario que roben a las familias el resto de su día? Me entristece decirlo, pero siento que mi hija se ha convertido en un mueble más del salón. Es esa figurita que pasa su tarde delante de una mesa y que de vez en cuando sé que existe porque resopla o me pide la merienda… Antes lloraba, ahora se ha resignado.

No estoy de acuerdo con esto. Tanto yo como muchas familias estimamos que es un abuso. Es una intromisión en el tiempo familiar. Estoy segura de que quien me lee disponía de sus tardes para jugar. Sí, esa extraña actividad en la que, cuando te aburres,  inventas algo que hacer y sin querer se te desarrolla la creatividad, la autonomía, la curiosidad y un sinfín de habilidades motrices y cognitivas que se despliegan con el juego.

No creo que sea pedir mucho que nos dejen las tardes con nuestros hijos e hijas cuando ya han pasado toda la mañana de toda la semana cultivando el hábito de estudio.

En resumen, las tareas escolares constituyen una carga para las familias, un estrés para niñas y niños, una fuente de  conflictos familiares, menos tiempo para otras actividades o para la convivencia familiar, menos interés por el aprendizaje, además de constituir una fuente de desigualdad cuando las familias no pueden ayudarles.

¿Qué más razones queremos para atrevernos a exigir que no haya tareas escolares?

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