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Emergencia artística

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indra

El pasado domingo intentamos engañar al miedo y nos comportamos como si no supiéramos qué día de la semana era. Entendimos que había muchas maneras de sentir que ha pasado el tiempo, pero nos decantamos por deambular a pesar de la lluvia y desayunar a la hora de la comida. Mi mar y yo estábamos ahogadas por un fin de semana que parecía más bien el fin del mundo y no supimos ponerle remedio de otro modo. Después de pegar mil post-its en la pared de pensar con las palabras que ella era, nos abandonamos a una tarde de inevitable des-inspiración.

Fue entonces cuando pensé en cómo sería convertirse en un muro de hierro implacable ante las adversidades. Cómo sería responder a la guerra con cañones cargados de papel y después dejar el campo de batalla ardiendo en el vacío para que nadie se acercara a la contienda.

En vez de eso, lo que suelo hacer es guardar las secuelas del combate en un almacén de nubes y me lluevo cada noche aún a sabiendas de que nada cambia si sigo en el mismo sitio. Recojo los restos de lo que quise ser el día anterior y me asomo a la ventana para ver si el frío me devuelve las ganas o si seguiré impasible ante la tormenta.

Pienso en ese momento que me gustaría parar en medio de la carretera con la espalda al aire escrita con algún verso y decirle a todos los conductores que, hasta nueva orden y por emergencia artística, está prohibido transitar por la calzada. No solo detendrían su trayecto, sino que darían la vuelta y conducirían en sentido contrario para dejarme sola en una autopista con dirección al norte de una isla rodeada del Atlántico. La fotografía de aquel instante nunca vería la luz y, sin embargo, sería el reflejo de un arrebato desbocado propio de una joven con las mismas características.

Pienso en ese momento que me gustaría parar en medio de la carretera con la espalda al aire escrita con algún verso y decirle a todos los conductores que, hasta nueva orden y por emergencia artística, está prohibido transitar por la calzada

Ahora que analizo la estampa, comprendo a quien me dice que no entiende mis palabras. Ni siquiera me entiendo yo y ellas no son más que un intento por explicar- me o explicar el mundo. A veces fallido; muchas inconcluso. Lo que no logro descifrar -nunca del todo- es ese miedo a todo lo que no se parece a lo anterior; como si la autopista rumbo a lo conocido nunca pudiera cambiar de orientación por culpa de unos ciudadanos acostumbrados a la mediocridad.

Me miro y no dudo de que el delito empieza en mis dedos. Que yo también me acomodo en un aula sin filosofía, en un mundo sin arte y una vida sin poesía. Que yo también me olvido algunas horas y que prefiero quejarme a solucionar(me). Por eso, desde que me di cuenta hace ya algunos años me busco todo el rato en el error antes de encontrar el fallo en otros, antes de verbalizar un sufrimiento que, tal vez, solo me pertenezca a mí.

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