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Indra Kishinchand López

Indra Kishinchand es graduada en Periodismo y Publicidad y máster en Periodismo de Viajes por la Universidad Autónoma de Barcelona. Ha colaborado como columnista en Diario de Avisos y en Canarias3puntocero.info. A día de hoy, es jefa de Redacción del diario digital especializado en emprendedores El Referente.

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No es no

La semana pasada oí a Paula Sainz contar en las noticias que el padre de un compañero de ella en el conservatorio le narraba con detalles las supuestas relaciones sexuales que mantenía con su sobrina pequeña y cómo la invitó a formar parte de ellas. Paula tenía once años. Al día siguiente escuché a Paula Bonet en televisión denunciar con firmeza la manera en que algunos hombres hablan con la autoridad que les otorga el simple hecho de serlo. Días después me relataron el horror de vivir durante 18 años con un maltratador, la imposibilidad de separarse durante la dictadura de Franco, los psicólogos y psiquiatras que vinieron después, los 36 años de soledad, el miedo.

La semana pasada escuché esas historias con atención y también decidí escucharme a mí misma. Entendí a mi madre cuando me decía que no repitiera aquello de que ser un chico sería más fácil, que debía de estar orgullosa de ser mujer y llevarlo por bandera. Comprendí que cuando yo decía que no quería hacer las cosas si no las hacía bien estaba retratando a casi todas las mujeres de mi alrededor. Porque ellas también tenían miedo a fracasar por una presión más que visible de cumplir con unas exigencias impuestas; exigencias que, hasta ahora, habíamos sido casi incapaces de transformar.

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En deconstrucción

Te buscas a ti mismo entre los maniquíes del escaparate que vende mentiras modelos vitales, iguales, perfectos. No pueden comprar con dinero todo lo que siento. Somos víctimas del estímulo, tú sigues esperando hijos esclavos del humo con padres esclavos del telediario. Por eso somos títeres.

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Donde mueren los trenes

Porque en el mundo no hay más que vida y muerte y existen millones de hombres que hablan, viven, comen, pero están muertos. Más muertos que las piedras y más muertos que los verdaderos muertos que duermen su sueño bajo la tierra, porque tienen el alma muerta. Muerta como un molino que no muele, muerta porque no tiene amor, ni un germen de idea, ni una fe, ni un ansia de liberación imprescindible en todos los hombres para poderse llamar así.

Federico García Lorca

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El baúl de los espejos rotos

El otro día iba andando por Madrid cuando un señor que vendía collares me paró instándome a que me quitara los cascos. Yo le había visto de lejos con cerveza en mano y pensé en él mientras me acercaba. Imaginé que le había atraído. Había quedado a escasos metros y, como es habitual en mí últimamente, llegaba tarde. Tampoco demasiado. Me dijo que haría una flor con los restos de metal que guardaba sobre el banco y que yo tenía que adivinar cuál era. Le contesté que no sabía nada de flores, y que aquel juego sería una pérdida de tiempo para él y para mí. Insistió. Lo dejé. Cuando terminó me dijo: "Venga, adivina, es muy fácil". Ante mi silencio replicó: "Es un trébol de cuatro hojas". "Pero eso no es una flor", contesté. Se rió con entusiasmo, quizás más debido a la cerveza que a mi ingenio; me colocó el trébol en el cuello, y me animó a pedir un deseo.

Lo pensé durante un rato y recordé aquello de que cuando deseas mucho algo a veces se cumple. "Ten cuidado", me dije. Luego medité sobre uno que no fuera egoísta, como cuando de pequeña, ilusa, soplaba a favor de la paz en el mundo. Al final caí en la tentación de mirarme y desearme un poco de felicidad, por qué no.

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El verbo gris

Aprenderé a quererme,

aprenderé a mirar de frente a la tristeza

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Miranda

En primero de carrera siempre presentaba los trabajos con manos a la espalda, voz rasgada, y no por la resaca, y cuerpo pegado a la pizarra. Así, mientras le hablaba a una audiencia desconocida a la que ahora podría explicarle mi vida sin rasgos de timidez, pensaba si algún día cambiaría mi manera de mirar a todos los que no eran como yo.

Aquel mismo año mi profesor de antropología nos contó que había recorrido media España en coche para estar con su novia en un día importante y, al llegar, ella le preguntó: "¿Pero me quieres?". Mi profesor, atónito, murmuró: "¡Pero cómo no te voy a querer después de lo que he hecho!". Recuerdo esa historia a menudo porque nunca sé si juzgar el valor por lo que se dice o por lo que se hace. A medida que pasan los años me parece más iluso entender las complejidades del otro; es por eso que la gente se sorprende cuando digo que me gustaría ser Meursault en cualquier playa desierta a cuarenta grados y aceptar una propuesta de matrimonio cualquiera.

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Torre de cristal

¿Cuántas noches me pasé yo delante del papel diseñando llaves para tus jaulas?

Y si el placer fuera solo ausencia de dolor,

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Dije no

[...] y quién sabe, quién sabe si entre tanta

mentira incandescente, no queda algo

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El banco en la estación

Nunca mires hacia atrás Ni hacia delante No hay ayer y ya no hay mañana.

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San Lorenzo, 7

Un hombre del pueblo de Neguá, en la costa de Colombia, pudo subir al alto cielo.

A la vuelta contó. Dijo que había contemplado desde arriba la vida humana.

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