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Libre

¿Por qué

cuando te ríes

me olvidas?

Benjamín Griss

Mi cabeza es como un mar abierto en el que no hay espacio más que para un oleaje infame y desbaratado, desajustado ante el tiempo y que se reseca con el sol y las palabras. Mi mar no mide más de un reloj de arena y pasa igual de lento; desalando ausencias y esperando tormentas en medio del Atlántico.

Mi cabeza es como un bosque ignífugo pero que arde cada noche cuando leo, cuando bebo, cuando olvido; que abrasa los restos de lo que fue, y de lo que no fue, que se tambalea ante un amor adolescente venido a menos, ante las verdades a distancia. Mi mar es como mi cabeza y está acostumbrado a la soledad precisa, al abandono de una casa recién reformada en la que solo hay luz y silencio. Mis océanos son rocas inmóviles que coquetean con la falacia hasta creerse que sí, que el viaje era el miedo y que el final eran ellos.

Mi isla es un refugio en el que no existe barrera más que la propia vida, independiente al hastío de cualquier tren de Castilla, de cualquier vagón de Madrid. Mi cobijo está formado por un montón de palabras que no entiendo y a las que persigo diciendo que puede que esta vez sí. Pero sé que miento porque no es ni esta vez ni nunca. Y miento porque puedo, o porque quiero, o porque desconozco lo que significa fingir si es el traje habitual de cada domingo.

Mi infinito es una fotografía en blanco y negro que descubrí cuando tenía catorce años con alguien que ahora es un extraño. Y no soy yo. Subimos a una montaña en la ciudad; recogí una llave del abandono y la guardé conmigo. Pensé, tal vez, como se piensa en la guerra con uno mismo: que todo pasa y nunca deja de pasar.

Y así fue como mi mar siguió siendo mi mar y mi yo un constante vaivén de encierros que se juntan y disimulan. Y mi guerra siguió siendo mi guerra; batallas desconsoladas por el fuego y la sinrazón.

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