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Viajera

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Un 5 de septiembre, hace cuarenta años, la sonda espacial Voyager fue lanzada por la NASA. Su destino: desconocido. Su misión: darle a formas de vida extraterrestres una idea de qué es la humanidad, y como carga: una colección de discos, hechos de cobre bañado en oro para evitar la corrosión, diseñados para durar más de mil millones de años.

En su interior, una serie de sonidos seleccionados por, entre otros, el prestigioso astrónomo estadounidense Carl Sagan. En ellos se incluían música internacional, saludos en casi 60 idiomas y sonidos característicos del planeta, como el de una ola rompiendo en mitad del océano, el del viento soplando a través de los robles, el canto de las ballenas, el latido de un corazón humano o el sonido de un beso. Los discos también albergaban un centenar de imágenes explicando la localización del sistema solar, las unidades de medida que se utilizan, características de la Tierra y del cuerpo y la sociedad humana.

Actualmente, la Voyager y su hermana gemela, la sonda espacial Voyager II, son los instrumentos artificiales más lejanos jamás enviados por el hombre, hallándose explorando el Sistema Solar exterior, dentro de lo que los científicos llaman la nube de Oort, desde donde sigue enviando todo lo que ven de vuelta a la Tierra.

Hoy y por razones de presupuesto, solo un grupo de diez personas sigue controlando la misión de estas dos viajeras en el espacio profundo. Y su viaje continúa.

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Cuarenta años después, si alguien consiguiera contactarnos, si alguien allá afuera, en la distancia, viera lo que ha sido de nosotros, lo que hemos hecho mientras tanto... lloraría. De pena, de rabia, de desconsuelo. Por una humanidad que, una vez más, va camino del fratricidio y la más absoluta corrupción. Por un mundo que hemos infectado hasta la más profunda de sus raíces.

Y cuando te empapas de lo que tus ojos ven alrededor de ti, en los medios que lees y escuchas, en muchos de los comportamientos propios y de los de la gente que te rodea, en las vivencias que te ocurren… créeme, pensar en una salida, en escapar, en buscar otros caminos no parece una locura tan grande.

Por eso, cuando todo va mal, cuando la soledad y la incomprensión te llenan, cuando parece que no queda esperanza alrededor, recuerdo siempre la Voyager. Aquella que sigue su rumbo aceptando y recordando siempre lo que ha dejado atrás como la viajera que es.

Por eso aquí seguimos, en el mismo planeta, capaz de lo mejor y lo peor. Un mundo grandioso que provoca tanta vida y que siempre valdrá la pena. Y mientras tanto, la Voyager sigue emitiendo su señal. Quizá nunca llegue a ser contactada por nadie más que nosotros, al mismo tiempo que se sigue alejando… cada… vez… más.

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