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El fin de la eternidad

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INDRA

Seguramente ya no te conozco,
porque en este abandono no eres más que un recuerdo,
el misterio de un hombre frente al propio dolor.

Fernando Valverde

Otra vez ha aparecido tu nombre en todas las paredes de la casa, se ha anclado a los países del mapa que cuelga en mi habitación en blanco; otra vez tu nombre en cada espejo, en cada canción. Otra vez tú, en silencio, para recordarme que tengo viajes a medias, miedos enteros que también me vuelan con los años.

Otra vez tu nombre en la pared y yo, de nuevo, dándole vueltas a las 23 palabras que podrían haber sido las 179 del último día en que nos vimos; esa sensación de que con rodear los poemas les va a cambiar el significado, y releerlos hasta aprendérselos con memoria infinita. Otra vez la esperanza de que tú, quizás yo.

Esta primavera me ha robado las ganas de seguir intentándolo y ahora contemplo desconsolada mis ruinas. Porque la soledad, dicen, es el paraíso de quien crea como antídoto, aunque para nosotros siempre fuera el único verbo capaz de reconvertirse en infierno. Dolor de un pasado incierto y un presente que arrastra.

Esta primavera me ha robado las ganas de seguir intentándolo y ahora contemplo desconsolada mis ruinas

En esta ocasión me dijeron que habría luz al final del túnel, que todo pasa cuando la vida llega; sin embargo yo solo quiero quedarme en aquel principio, sin luz y sin remordimiento, escondida entre las sombras. Hubiera preferido quedarme esperando en aquel tiempo hasta que tú, otra vez tú, me dijeras que habías derribado el muro.

He aprendido que las ganas no las vence ni tan siquiera la conciencia, y que esa valla seguirá erguida y recta hasta que rebobinemos las horas y los meses. Me he dado cuenta de que la superposición de ausencias es un bucle que no cesa hasta que uno mismo decide ponerle final. Cerrar con una tirita un corazón abierto es tanto o más absurdo de lo que suena. La tirita se hunde y termina por envenenar la herida, por contagiar a todo el cuerpo de una pesadez que solo alivia el olvido.

Ahora que habito cada día con una piel que no me pertenece, noto una presencia que me persigue y que no sé si es mi sombra o el recuerdo. Siento arrepentimiento en los huesos, ilusión fallida y fatídica en cada mentira, desaliento en cada plan futuro al que esperaba que se unieran todas tus sospechas.

Llevo 447 horas contemplando un folio en blanco y no he sido capaz de escribir, ni siquiera tu nombre. Casi veinte días de tinta desperdiciada en alcohol barato, en plazas llenas de un sol anticipado. No quise gritar a todos los eufóricos que aceptar la victoria antes de tiempo es casi como darse por vencido, que yo ya había tenido la experiencia y que, por esa misma razón, desde entonces solo visualizaba las derrotas como parte intrínseca a una vida fallida. No se los dije porque me pareció que romper el silencio que crea la cerveza con el dramatismo de una veinteañera no era, en ninguno de los casos, una buena idea.

Por eso me tragué las palabras de las plazas y las calles, las tuyas y las mías. Y cada ratito que pasa noto cómo me pinchan el estómago para recordarme que ahí siguen, esperando. Y ahí seguirán, esperando a derribar el muro a base de destiempos y espacios sin kilómetros.

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