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Se fue la vida

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Muerte es que no nos miren los que amamos,

muerte es quedarse solo, mudo y quieto,

y no poder gritar que sigues vivo.

 

Gloria Fuertes


Yo sé que el tiempo actúa siempre en cada uno de una manera que ni siquiera el mismísimo reloj es capaz de entender. Por eso de repente me detuve en una vida en la que no terminaba de creer, a ver si me volvían las ganas. No se paralizó entonces nada más que mi conciencia, que dejó de preguntarse por la capacidad innata del ser humano por infundir dolor sin remordimiento.

Se dice en El dios de las pequeñas cosas que cuando una persona le causa algún tipo de daño a otra lo que sucede es que esa otra empieza a querer un poco menos a su traidor. El cariño se esfuma con el afecto, pero inexplicablemente queda un amor insano e incurable; recuerdos de todo lo que -algún día- fue una cosa buena. A día de hoy aún me asombra lo que podríamos llamar la valentía del olvido, esa actitud tan natural por la que todos optamos por descartar lo que nos hace daño.

En los extremos de la sociedad, me reconozco en ese que, aún sin gustarle el sufrimiento, lo acepta con un compañero diario. No puedo negar que me sorprende esa otra orilla a la que me enfrento: falta de compromiso por miedo al dolor, ausencia de moralidad por pánico al tiempo, abandono de la constancia por aprensión ante la lucha. Me siento, a menudo, encerrada en un grupo de personas que, a sabiendas de que existe el deseo de otra vida, se paraliza por un futuro que todavía no existe.

Siempre pensé que, ante tal situación, no quedaba más remedio que actuar en consecuencia; pero, hace unos meses, Benjamín Prado me susurró unas palabras que me hicieron más libre: “Creo que la coherencia es de fanáticos. La gente que durante toda su vida es coherente con una postura, con una idea, suele acabar en el autoritarismo”.

No creo que esta sea la excusa para actuar de forma tan contradictoria como estamos acostumbrados a ver en ciertos cuerpos heridos. No justificaría jamás con esto pretextos más dignos de un adolescente que llora con la llegada de septiembre que de un hombre. Y, sin embargo, me consuela pensar que, después de todo, puede que no haya que castigar el cambio. El cambio como inicio de portales en cualquier madrugada, el cambio como fin de la juventud, el cambio como encuentro con el deseo, el cambio como desaparición de dolor.

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