Después de Picasso, solo Dios

Los discursos expositivos de los museos obedecen a un relato que, como la sociedad, va evolucionando, sin desligarse de los orígenes de la institución, sin sucumbir a las modas pasajeras. Entre otras funciones, investigan, comunican y exhiben obras de distinta naturaleza y valor para fines de educación y contemplación. La sacralización de estos templos culturales, elevados a categoría de catedral y palacio por Schinkel, supone a veces un hándicap a la hora de plantear cualquier cambio en la narración historiográfica. En vísperas del Año Picasso, nos topamos con el revisionismo feminista, de cuyo desgarro partidista y coqueteos con la cancelación estamos siendo testigos.

La aplicación de la perspectiva de género en la continua relectura de la historia del arte nos descubre la existencia de artistas mujeres que fueron tan relevantes como sus coetáneos varones en un siglo que nos parecería impensable; pone nombre a las mujeres que se escondieron tras pseudónimos masculinos; reconoce a las promotoras que fueron ensombrecidas por su condición de mujer, como musa, esposa o amante; revela lo empoderadas que estaban algunas mujeres de la corte en otros tiempos y arroja luz sobre un sinfín de silenciamientos cuya razón obedece a la imposición del relato patriarcal. Del mismo modo, también sonroja los nombres de los grandes hombres de la historia que, cómplices o verdugos, abusaron de su condición de poder desde el género bajo el amparo del discurso hegemónico.

Llegados a este punto, la cuestión no es cancelar a Picasso por misógino, machista y maltratador. Es evidenciarlo en un marco que celebra, una vez más, su categoría de genio. Qué duda cabe que lo era. Este escenario, de hecho, es ideal para ponerlo de relieve, en tanto que se conmemora el quincuagésimo aniversario de la muerte del pintor, pudiendo separar al artista de su obra. El Año Picasso va de Pablo Picasso. Decía Miquel Iceta, en la presentación de dicha efeméride: “en los debates se contemplará la cuestión de género y se mostrará a Picasso tal como es, como artista y como persona” a lo que la ministra de cultura francesa, también presente, añadió: “que se conozca la parte de violencia que hay en él. No hay que ocultarlo; yo creo en el debate”. Con esta información no se pretende moldear al espectador de ninguna forma, sino invitarle a reflexionar sobre la persona que tenemos en el pedestal; plantearnos por qué somos capaces de defender a un hombre del que se dice era de su tiempo –como si ahora no existieran, como si entonces todos fueran así– por su aura de genialidad.

Incluir este debate es hacer justicia a una realidad a la que hemos sido ajena, con la que perfilar mejor al autor de Las señoritas de Avignon. Su obra muestra la percepción que tenía de las mujeres, sobre todo de aquellas que formaron parte de su vida, algunas retratadas hasta lo obsesivo. La evolución en la manera de pintarlas manifiesta la forma en que las veía según avanzaba la relación, según entraba otra mujer en su vida. Inmortalizaba su belleza hasta deformarlas, en un reflejo perfecto del sometimiento que ejercía sobre ellas en una realidad paralela. Porque Pablo, en palabras de su nieta Marina, “las sometió a su sexualidad animal, las domesticó, las hechizó, las ingirió y las aplastó sobre su lienzo. Después de haber pasado noches extrayendo su esencia, una vez que se desangraban, se deshacía de ellas”. No está de más conocer el tormento por el que pasaron sus parejas sentimentales, artistas a las que les truncó el éxito, mujeres a las que les consumió la vida. Podría resultar hasta determinante para entender mejor al pintor, en tanto que la significancia del paso de cada una de ellas dejaron una huella extensible a su obra.

Al respecto, es especialmente destacable el caso de Dora Maar, por dos razones. Artista plástica y fotógrafa de renombre, fue la que capturó todo el proceso de creación del Guernica y, probablemente, la mujer que más estimularía intelectualmente al andaluz, junto a la que saldría a la luz el Picasso más político. También fue la que peor llevó el abandono de Pablo, que presuntamente la maltrató física y psicológicamente. Se sumió en una depresión cuando éste la dejó por Françoise Gilot, la única de sus mujeres que, por cierto, fue capaz de abandonar al minotauro, del que dijo fue el amor más grande de su vida, pero que había que tomar medidas para protegerse de él. Maar acabó en un hospital psiquiátrico, donde le aplicarían tratamientos de electroshock. El poeta Paul Éluard, su mejor amigo, instó a Picasso a que la sacara de allí, culpándolo de su sufrimiento. Fue Jacques Lacan quien le ayudó a soportar la vida sin el pintor, sometiéndola a una terapia de varias sesiones de psicoanálisis. Fruto de una de ellas exclamó la sobrecogedora frase “Después de Picasso, solo Dios”. Es sabido que tras el trauma, Dora se refugió en el catolicismo, algo que utilizó Lacan para guiarla hacia la salvación.

Pablo era consciente de la inestabilidad de Dora, que quedaría eternamente inmortalizada en La mujer que llora. “La mujer es, esencialmente, una máquina de sufrir” llegó a decir. Ella fue la razón por la que un grupo de estudiantes irrumpieron en el Museo Picasso de Barcelona el pasado 2021 con camisetas en las que podía leerse “Picasso maltratador” o “Dora Maar presente”. La protesta formó parte del trabajo de fin de curso de la clase Arte y Feminismo, impartido por María Llopis, profesora de la Escuela Massana y Centro de Arte y Diseño de la ciudad condal. En cierta manera, esta acción anunció la idea de la cancelación del artista que se palpa hoy. Emmanuel Guigon, director de la institución, afirmó sobre lo sucedido que el debate es necesario y que el museo debe tener una mirada actual al respecto. También duda de que Pablo fuera misógino, sin excusar, eso sí, su machismo. Maar, con mucha elegancia, le definiría como “muy hombre y muy detentador de sus derechos” en confesión a Victoria Combalía, autora de Dora Maar. Más allá de Picasso (Circe Ediciones, 2013).

El problema con la cultura de la cancelación es que reduce el conflicto al todo o nada. Es el germen de un sentimiento de culpa compartida: ¿Qué tipo de feminista somos si no cancelamos a Picasso? La duda que siembra es tan potente que plantea tener que posicionarse, como si no hubiera otra opción. Pero la hay. El malagueño no tuvo reparos en reinventarse, en cuestionarse, en transitar de un estilo a otro hasta dar con la esencia del suyo propio. Lo mismo debería aplicarse a su persona, o más bien, a la idea que tenemos de su persona. Porque es una idea heredada. Conocemos al artista, el mito. Ahora que tenemos las herramientas, conozcamos más a Pablo. No va a dejar de ser el artista más relevante del siglo XX, ni se le va a restar el crédito que su extraordinaria obra merece. Se trata de humanizar al genio.

Existe la creencia de que al consumir los productos creados por personalidades de dudosa moralidad en el presente nos convertimos en cómplices de sus actos. “Las obras de arte no son solo la expresión de un mundo individual, la expresión de las ideas o los sentimientos del artista con que ingenuamente pensamos que podemos identificarlas; son principalmente la expresión de un mundo colectivo, de una época, de una sociedad, para la cual el artista, aun sin saberlo, es su mediador” afirma Ricardo Ibarlucía, filósofo especialista en análisis e historia conceptual de las teorías estéticas. Arrastrar la ética del presente a una época pasada acarrearía su descontextualización, cayendo en el error de reescribir la historia en base a las preocupaciones de la sociedad actual, si bien permite proyectar una mirada crítica al pasado para no perpetuar las mismas prácticas. Para Gisèle Sapiro, socióloga discípula de Pierre Bourdieu y autora de ¿Se puede separar la obra del autor? (Clave Intelectual, 2021), es importante el grado de consagración del autor y de su obra: “En todos los casos es la consagración lo que está en juego. Y los adversarios se sirven de dicha celebridad para promover la causa que defienden en el espacio público (y a veces también para ajustar cuentas)”. Para la ensayista Susan Sontag, resultaba inmoral hacer uso de la biografía del artista para interpretar su arte, inclinándose hacia la separación de la creación del creador, en la medida que esto mejoraría nuestra visualización de la obra. “No importa hasta qué punto se sienta el espectador, inclinado a una identificación provisional de lo que haya en la obra de arte con la vida real, su reacción última debe ser desprendida, reposada, contemplativa, emocionalmente libre, y estar por encima de la indignación y de la aprobación” sostiene en Contra la interpretación (Alfaguara, 1996). 

Son los distintos centros que colaboran en el Año Picasso los que, en definitiva, eligen dónde poner el foco, qué vínculos establecer en el hilo conductor de las exposiciones programadas para celebrar los cincuenta años de su muerte. Con más o menos tino, tensarán la relación existente entre la adoración al genio y la repulsión al hombre, que seguirá ahí, antes que Dios.

Los discursos expositivos de los museos obedecen a un relato que, como la sociedad, va evolucionando, sin desligarse de los orígenes de la institución, sin sucumbir a las modas pasajeras. Entre otras funciones, investigan, comunican y exhiben obras de distinta naturaleza y valor para fines de educación y contemplación. La sacralización de estos templos culturales, elevados a categoría de catedral y palacio por Schinkel, supone a veces un hándicap a la hora de plantear cualquier cambio en la narración historiográfica. En vísperas del Año Picasso, nos topamos con el revisionismo feminista, de cuyo desgarro partidista y coqueteos con la cancelación estamos siendo testigos.

La aplicación de la perspectiva de género en la continua relectura de la historia del arte nos descubre la existencia de artistas mujeres que fueron tan relevantes como sus coetáneos varones en un siglo que nos parecería impensable; pone nombre a las mujeres que se escondieron tras pseudónimos masculinos; reconoce a las promotoras que fueron ensombrecidas por su condición de mujer, como musa, esposa o amante; revela lo empoderadas que estaban algunas mujeres de la corte en otros tiempos y arroja luz sobre un sinfín de silenciamientos cuya razón obedece a la imposición del relato patriarcal. Del mismo modo, también sonroja los nombres de los grandes hombres de la historia que, cómplices o verdugos, abusaron de su condición de poder desde el género bajo el amparo del discurso hegemónico.

Llegados a este punto, la cuestión no es cancelar a Picasso por misógino, machista y maltratador. Es evidenciarlo en un marco que celebra, una vez más, su categoría de genio. Qué duda cabe que lo era. Este escenario, de hecho, es ideal para ponerlo de relieve, en tanto que se conmemora el quincuagésimo aniversario de la muerte del pintor, pudiendo separar al artista de su obra. El Año Picasso va de Pablo Picasso. Decía Miquel Iceta, en la presentación de dicha efeméride: “en los debates se contemplará la cuestión de género y se mostrará a Picasso tal como es, como artista y como persona” a lo que la ministra de cultura francesa, también presente, añadió: “que se conozca la parte de violencia que hay en él. No hay que ocultarlo; yo creo en el debate”. Con esta información no se pretende moldear al espectador de ninguna forma, sino invitarle a reflexionar sobre la persona que tenemos en el pedestal; plantearnos por qué somos capaces de defender a un hombre del que se dice era de su tiempo –como si ahora no existieran, como si entonces todos fueran así– por su aura de genialidad.

Incluir este debate es hacer justicia a una realidad a la que hemos sido ajena, con la que perfilar mejor al autor de Las señoritas de Avignon. Su obra muestra la percepción que tenía de las mujeres, sobre todo de aquellas que formaron parte de su vida, algunas retratadas hasta lo obsesivo. La evolución en la manera de pintarlas manifiesta la forma en que las veía según avanzaba la relación, según entraba otra mujer en su vida. Inmortalizaba su belleza hasta deformarlas, en un reflejo perfecto del sometimiento que ejercía sobre ellas en una realidad paralela. Porque Pablo, en palabras de su nieta Marina, “las sometió a su sexualidad animal, las domesticó, las hechizó, las ingirió y las aplastó sobre su lienzo. Después de haber pasado noches extrayendo su esencia, una vez que se desangraban, se deshacía de ellas”. No está de más conocer el tormento por el que pasaron sus parejas sentimentales, artistas a las que les truncó el éxito, mujeres a las que les consumió la vida. Podría resultar hasta determinante para entender mejor al pintor, en tanto que la significancia del paso de cada una de ellas dejaron una huella extensible a su obra.

Al respecto, es especialmente destacable el caso de Dora Maar, por dos razones. Artista plástica y fotógrafa de renombre, fue la que capturó todo el proceso de creación del Guernica y, probablemente, la mujer que más estimularía intelectualmente al andaluz, junto a la que saldría a la luz el Picasso más político. También fue la que peor llevó el abandono de Pablo, que presuntamente la maltrató física y psicológicamente. Se sumió en una depresión cuando éste la dejó por Françoise Gilot, la única de sus mujeres que, por cierto, fue capaz de abandonar al minotauro, del que dijo fue el amor más grande de su vida, pero que había que tomar medidas para protegerse de él. Maar acabó en un hospital psiquiátrico, donde le aplicarían tratamientos de electroshock. El poeta Paul Éluard, su mejor amigo, instó a Picasso a que la sacara de allí, culpándolo de su sufrimiento. Fue Jacques Lacan quien le ayudó a soportar la vida sin el pintor, sometiéndola a una terapia de varias sesiones de psicoanálisis. Fruto de una de ellas exclamó la sobrecogedora frase “Después de Picasso, solo Dios”. Es sabido que tras el trauma, Dora se refugió en el catolicismo, algo que utilizó Lacan para guiarla hacia la salvación.

Pablo era consciente de la inestabilidad de Dora, que quedaría eternamente inmortalizada en La mujer que llora. “La mujer es, esencialmente, una máquina de sufrir” llegó a decir. Ella fue la razón por la que un grupo de estudiantes irrumpieron en el Museo Picasso de Barcelona el pasado 2021 con camisetas en las que podía leerse “Picasso maltratador” o “Dora Maar presente”. La protesta formó parte del trabajo de fin de curso de la clase Arte y Feminismo, impartido por María Llopis, profesora de la Escuela Massana y Centro de Arte y Diseño de la ciudad condal. En cierta manera, esta acción anunció la idea de la cancelación del artista que se palpa hoy. Emmanuel Guigon, director de la institución, afirmó sobre lo sucedido que el debate es necesario y que el museo debe tener una mirada actual al respecto. También duda de que Pablo fuera misógino, sin excusar, eso sí, su machismo. Maar, con mucha elegancia, le definiría como “muy hombre y muy detentador de sus derechos” en confesión a Victoria Combalía, autora de Dora Maar. Más allá de Picasso (Circe Ediciones, 2013).

El problema con la cultura de la cancelación es que reduce el conflicto al todo o nada. Es el germen de un sentimiento de culpa compartida: ¿Qué tipo de feminista somos si no cancelamos a Picasso? La duda que siembra es tan potente que plantea tener que posicionarse, como si no hubiera otra opción. Pero la hay. El malagueño no tuvo reparos en reinventarse, en cuestionarse, en transitar de un estilo a otro hasta dar con la esencia del suyo propio. Lo mismo debería aplicarse a su persona, o más bien, a la idea que tenemos de su persona. Porque es una idea heredada. Conocemos al artista, el mito. Ahora que tenemos las herramientas, conozcamos más a Pablo. No va a dejar de ser el artista más relevante del siglo XX, ni se le va a restar el crédito que su extraordinaria obra merece. Se trata de humanizar al genio.

Existe la creencia de que al consumir los productos creados por personalidades de dudosa moralidad en el presente nos convertimos en cómplices de sus actos. “Las obras de arte no son solo la expresión de un mundo individual, la expresión de las ideas o los sentimientos del artista con que ingenuamente pensamos que podemos identificarlas; son principalmente la expresión de un mundo colectivo, de una época, de una sociedad, para la cual el artista, aun sin saberlo, es su mediador” afirma Ricardo Ibarlucía, filósofo especialista en análisis e historia conceptual de las teorías estéticas. Arrastrar la ética del presente a una época pasada acarrearía su descontextualización, cayendo en el error de reescribir la historia en base a las preocupaciones de la sociedad actual, si bien permite proyectar una mirada crítica al pasado para no perpetuar las mismas prácticas. Para Gisèle Sapiro, socióloga discípula de Pierre Bourdieu y autora de ¿Se puede separar la obra del autor? (Clave Intelectual, 2021), es importante el grado de consagración del autor y de su obra: “En todos los casos es la consagración lo que está en juego. Y los adversarios se sirven de dicha celebridad para promover la causa que defienden en el espacio público (y a veces también para ajustar cuentas)”. Para la ensayista Susan Sontag, resultaba inmoral hacer uso de la biografía del artista para interpretar su arte, inclinándose hacia la separación de la creación del creador, en la medida que esto mejoraría nuestra visualización de la obra. “No importa hasta qué punto se sienta el espectador, inclinado a una identificación provisional de lo que haya en la obra de arte con la vida real, su reacción última debe ser desprendida, reposada, contemplativa, emocionalmente libre, y estar por encima de la indignación y de la aprobación” sostiene en Contra la interpretación (Alfaguara, 1996). 

Son los distintos centros que colaboran en el Año Picasso los que, en definitiva, eligen dónde poner el foco, qué vínculos establecer en el hilo conductor de las exposiciones programadas para celebrar los cincuenta años de su muerte. Con más o menos tino, tensarán la relación existente entre la adoración al genio y la repulsión al hombre, que seguirá ahí, antes que Dios.

Los discursos expositivos de los museos obedecen a un relato que, como la sociedad, va evolucionando, sin desligarse de los orígenes de la institución, sin sucumbir a las modas pasajeras. Entre otras funciones, investigan, comunican y exhiben obras de distinta naturaleza y valor para fines de educación y contemplación. La sacralización de estos templos culturales, elevados a categoría de catedral y palacio por Schinkel, supone a veces un hándicap a la hora de plantear cualquier cambio en la narración historiográfica. En vísperas del Año Picasso, nos topamos con el revisionismo feminista, de cuyo desgarro partidista y coqueteos con la cancelación estamos siendo testigos.

La aplicación de la perspectiva de género en la continua relectura de la historia del arte nos descubre la existencia de artistas mujeres que fueron tan relevantes como sus coetáneos varones en un siglo que nos parecería impensable; pone nombre a las mujeres que se escondieron tras pseudónimos masculinos; reconoce a las promotoras que fueron ensombrecidas por su condición de mujer, como musa, esposa o amante; revela lo empoderadas que estaban algunas mujeres de la corte en otros tiempos y arroja luz sobre un sinfín de silenciamientos cuya razón obedece a la imposición del relato patriarcal. Del mismo modo, también sonroja los nombres de los grandes hombres de la historia que, cómplices o verdugos, abusaron de su condición de poder desde el género bajo el amparo del discurso hegemónico.