El Gran Museo Egipcio, la innovadora pirámide del siglo XXI

Los visitantes acceden por un pórtico piramidal orientado al este, por donde sale el sol. La fachada combina paneles triangulares de alabastro translúcido, piedra caliza y vidrio. A la derecha, obelisco dedicado a Ramses II.

Luis Socorro

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El viaje a El Cairo, con el propósito de visitar el Gran Museo Egipcio (GEM en sus iniciales oficiales en inglés), lo inicié veinticuatro horas antes de llegar a la capital más poblada de África, cuando empecé a releer El callejón de los milagros, de Naguib Mahfuz, único novelista egipcio premio Nobel. Llegamos el 8 de febrero por la noche, 27 años después de nuestra primera visita a Egipto. Nos hospedamos en la Plaza Tahrir, epicentro de las movilizaciones que culminaron con el derrocamiento de Hosni Mubarak (febrero de 2011). No fue gratuita la elección de este emplazamiento: ahí se encuentra el primigenio Museo Egipcio –abrió sus puertas en 1902- y al que regresamos el día después de visitar el GEM, la gran obra firmada por el estudio irlandés de arquitectura Heneghan Peng, inaugurado el pasado 1 de noviembre con la presencia de 39 jefes de estado.

El miércoles 11 me levanté inquieto porque iríamos al GEM. Compré las entradas para ese día porque los miércoles y sábados cierra a las 21.00, tres horas más tarde del horario habitual. El día anterior ya había atisbado la fachada principal del museo desde el auto con el que regresaba al hotel después de visitar las impresionantes pirámides de la necrópolis de Guiza, a menos de dos kilómetros del nuevo templo museístico. Cuando pasas el control de acceso, caminas por una plaza inmensa y te da la bienvenida el obelisco colgante dedicado a Ramsés II, primer obelisco elevado de Egipto, intuyes que el museo no es solo un depósito del pasado sino un espacio de innovación.

Tras la impresión inicial, penetras al interior del edificio a través de un pórtico triangular y accedes al mayor vestíbulo que jamás había visto en un museo. A pesar de que sabía lo que me encontraría, ya que había explorado vídeos y fotos del “Gran Salón”, como lo denomina la web del GEM, dominado por la colosal estatua de granito rojo de Ramsés II, que estuvo expuesta durante 50 años en la estación de tren de El Cairo hasta su nuevo emplazamiento, enmudecí ante el privilegio de esta ahí. Sentí que era un ser insignificante ante la inmensidad de una civilización milenaria. En aquel momento, estaba en el corazón de una pirámide, una sofisticada pirámide del siglo XXI.

Una colosal estatua de Ramsés II preside el atrio central del museo; la escultura de once metros pesa 83 toneladas.

El gran atrio central es un espacio pleno de luz natural. Entras por el este, por donde sale el sol, y está abierto al exterior por los cuatro puntos cardinales que iluminan al Gran Salón. A la derecha están las galerías comerciales y de restauración, con una gran escalinata para acceder a dependencias administrativas y científicas del museo. A la izquierda, a través de una inmensa escalinata que recuerda el perfil de las pirámides de Keops o Kefrén, están las galerías con los tesoros de la civilización de los faraones.

La visita se inicia en la cima de esa pirámide imaginaria. Puedes ascender caminando mientras admiras las decenas de esculturas que salpican los peldaños de la escalinata o sobre una pasarela mecánica desde la que recreas la vista con las obras de arte expuestas. Opté por la segunda opción –ya tendría tiempo más tarde de ascender andando a través de ese escaparate de la historia de los faraones-.

Colección de esculturas en la escalinata de acceso a las galerías, iluminada por las paredes de cristal de la parte superior, mirador de las pirámides.

Una vez arriba, la vista se dirige inevitablemente hacia una muralla transparente. Te atrapa la seductora presencia de las pirámides de Keops y Kefrén al otro lado del cristal. En aquel instante, perdí la noción del tiempo.

La galería de Tutankamón

La galería siete está dedicada exclusivamente a una de las reliquias más preciada de la cultura egipcia: el tesoro de Tutankamón. Hacia allí nos dirigimos, a una especie de sarcófago que expone este patrimonio de la humanidad. “Nunca hubiéramos soñado algo así: una habitación –parecía un museo- repleta de objetos, algunos de ellos familiares, pero otros, como jamás habíamos visto, amontonados unos sobre otros en una profusión aparentemente interminable”. El egiptólogo británico Howard Carter resumía así la impresión que tuvo al descubrir, en 1922 en el Valle de los Reyes, el ajuar del último monarca de la dinastía XVIII. Tutankamón murió con solo 19 años; gobernó entre los años 1334 y 1325 antes de la era común.

Nunca un arqueólogo había contemplado un ajuar funerario completo en el Egipto faraónico, una tumba que no había sido saqueada por los expoliadores de la Antigüedad. El GEM expone por primera vez la totalidad de este tesoro, de casi 5.400 piezas. Casi hora y media le dedicamos a la galería siete. Hay que tomárselo con calma porque aquí sí notas la presión de las 15.000 personas que cada día visitan el museo; casi al final del recorrido, tienes que pasar por un circuito similar a los que hay en el control de seguridad de los aeropuertos, cuando te aproximas a la joya de la corona: la máscara de oro de Tutankamón.

Una de las cuatro capillas doradas superpuestas que albergaban tres ataúdes anidados; el tercero, de oro macizo, contenía la momia y la famosa máscara funeraria de Tutankamón.

Extasiados, nos fuimos a una de las cafeterías para recuperar energía con unas dosis de cafeína. Tras la pausa, volvimos a la gran escalera de acceso a las galerías; en esta ocasión, fuimos peldaño a peldaño, junto a reyes, reinas y deidades, figuras que adornaron templos a lo largo del curso del Nilo. Al llegar al final de esta procesión escultórica, volvimos de nuevo a disfrutar con las vistas de las pirámides, pero lo hicimos desde otro ventanal, en el umbral de una galería que te dirige cronológicamente a la cultura de los faraones.

La segunda parte de la visita la dedicamos literalmente a pasear por la historia, sin mirar el reloj, contemplando estelas, sarcófagos, esculturas, cerámicas, joyas... Y así transcurrió la tarde, en paz y sin agobio demográfico porque, exceptuando la galería de Tutankamón, la colosal estructura del GEM no abruma. El diseño del paisajismo del museo estimula esa sensación de eternidad que atesora un lugar que, según su directorio, alberga 100.000 piezas. No las conté. Ni sentí que tuviera tantas. De hecho, descubro durante el proceso de documentación para redactar esta crónica que solo están expuestas la mitad de esa cifra; el resto de los artefactos están en el almacén del centro o diseminadas entre los catorce laboratorios del museo.

Volvimos al Gran Salón y pasamos por la tienda. La visita no había terminado aún. Cruzamos una puerta triangular orientada a la puesta del sol, simétrica a la de la entrada, y de frente nos topamos con la fachada de un edifico anexo que custodia los dos barcos funerarios de Keops, uno de ellos es la barca solar del faraón Keops. La fachada de esta nave (en la imagen inferior a este párrafo) da una idea de las dimensiones del GEM. 

Fachada principal del museo de las barcas de Keops, que custodia los dos barcos encontrados en 1954.

Las dos famosas barcas solares, informa la web del GEM, “fueron descubiertas en 1954, junto a la Gran Pirámide del rey Keops, en Giza; estaban desmontadas y embaladas en profundos fosos revestidos de piedra caliza a lo largo del complejo piramidal. La primera, una colosal embarcación de madera de más de 42 metros de eslora, tardó más de una década en recomponerse. Tras un largo debate sobre su nuevo emplazamiento, en 2019 se inició un proyecto de conservación e ingeniería”, con el propósito de trasladarlos a su emplazamiento actual, en el Gran Museo Egipcio.

Casi seis horas después, decidimos abandonar el recinto; se sale por la misma puerta piramidal del acceso. Una vez en la gran plaza, al caer la tarde empieza la metamorfosis cromática de la fachada de Grand Egiptian Museum, una obra, nunca mejor expresado, faraónica.

¿Y las momias? No hay ninguna en el GEM. En el viejo Museo Egipcio de El Cairo –el apelativo retrata su actual estado, ya que necesita un cariño integral para adecentarlo- están las momias de Yuya y Tuya, una pareja de nobles, suegros del faraón Amenhotep III y bisabuelos de Tutankamón. Donde sí hay momias es en el moderno Museo Nacional de la Civilización Egipcia (NMEC), muy cerca del imprescindible Barrio Copto de El Cairo e inaugurado en 2021. Con respeto y contextualizadas, están expuestas veintidós momias reales. Antaño, estaban en el antiguo museo; fueron trasladas a su ubicación actual en un evento televisado a nivel mundial, denominado Desfile dorado de los faraones.

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