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La paradoja almeriense: sale de la sequía tras las borrascas pero sus embalses siguen en estado crítico

El embalse de Cuevas de Almanzora apenas está a un 5% de su capacidad.

Álvaro López

21 de febrero de 2026 20:09 h

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Los dos primeros meses del año están dejando en Almería más lluvias de las que suelen caer en esta provincia andaluza entre enero y febrero. El tren de borrascas, que ha tenido efectos muy adversos en zonas de Cádiz o Málaga, ha descargado en tierras almerienses más del doble de lo normal para el mismo periodo de tiempo. Una realidad que saca a Almería del estado de sequía mientras, sin embargo, la tierra sigue árida y los pantanos están a unos niveles muy similares a los de los últimos diez años. Una paradoja que revive la eterna pregunta entre administraciones, regantes y ecologistas: ¿necesita más infraestructuras hídricas la provincia?

Si se observa el nivel de los dos únicos pantanos almerienses -el de Cuevas de Almanzora y el de Benínar-, tienen una media de agua embalsada de algo más del 12% de su capacidad, lo que es ligeramente superior a los 10,8% de media de la última década. Eso sí, mientras que el de Benínar roza el 30% de su capacidad total, el de Cuevas apenas supera el 5%. Una distribución desigual que se explica también porque el deshielo y la nieve que caen de Sierra Nevada van a parar al primero de los embalses, por el contrario, la zona del segundo es muy seca.

En todo caso, la estadística conjunta de los embalses no parece responder al hecho de que ha llovido más del doble de lo habitual entre enero y febrero. Pese a estas precipitaciones, los ecologistas están preocupados por un posible mal uso de los recursos hídricos por parte del sector agrícola y estos, a su vez, reclaman que se incrementen las infraestructuras para asegurar el futuro cuando el cambio climático siga trayendo episodios meteorológicos extremos entre sequías e inundaciones.

Desde la Agencia Estatal de Meteorología (AEMET), su portavoz en Andalucía, Juan de Dios del Pino, apunta a que el episodio de lluvias ha sido “claramente superior a la media”, pero advierte de que “dos meses húmedos no corrigen un déficit estructural acumulado durante años”. En un clima semiárido como el almeriense, añade, la variabilidad interanual es elevada y los episodios extremos -tanto de sequía como de lluvias intensas- forman parte de la dinámica habitual. Algo que empeorará con el cambio climático.

Una provincia montañosa

El profesor de Geografía de la Universidad Autónoma de Madrid, Carlos Sánchez García, sitúa el origen de esta paradoja en la configuración atmosférica y orográfica. “Almería no encaja plenamente ni en el patrón del Atlántico Norte ni en el del oeste del Mediterráneo”, explica. Las borrascas atlánticas riegan sobre todo el centro y el norte peninsular, mientras que el patrón mediterráneo afecta al Levante hasta Alicante y norte de Murcia. “La provincia queda en un impás”, resume.

Almería, como el resto de Andalucía, ya no está en sequía

A ello se suma la barrera que ejercen las sierras, al ser una de las provincias más montañosas de España. “La humedad se queda muchas veces en Gádor, Filabres o las Alpujarras por lo que a las zonas agrícolas llega sobre todo el viento”, señala. Esa configuración ayuda a entender por qué, incluso tras episodios lluviosos intensos, los embalses no registran aumentos proporcionales. Sin embargo, para el delegado territorial de Agricultura de la Junta de Andalucía en Almería, Antonio Mena, el debate no puede limitarse a la meteorología. “Almería vive en un equilibrio hídrico extremadamente ajustado. No es un problema coyuntural, es estructural”, sostiene.

Mena defiende que la provincia ha construido un modelo agrícola “altamente tecnificado y eficiente”, pero reconoce que su base hídrica es frágil. “Aquí dependemos de un mix muy complejo: trasvases, desalación, aguas regeneradas y acuíferos. Si uno de esos pilares falla, el sistema se resiente”, explica. El delegado explica que la modernización del regadío ha reducido consumos unitarios y mejorado la eficiencia. “Hoy producimos más con menos agua que hace veinte años”, afirma. A su juicio, el sector ha hecho un esfuerzo significativo en riego localizado, digitalización y control de dotaciones.

Sobre la expansión de superficie agrícola, Mena rechaza la idea de un crecimiento descontrolado. “No se puede generalizar. Cualquier transformación debe ajustarse a la legalidad y a la disponibilidad de recursos. La administración no autoriza nuevas hectáreas si no hay respaldo hídrico”, sostiene. También reconoce que en el pasado “se cometieron errores” y que la planificación actual es más restrictiva. En cuanto al papel de las infraestructuras, el delegado considera que “la regulación es clave en un territorio con lluvias irregulares”. Según argumenta, sin capacidad de almacenamiento suficiente, los episodios intensos no pueden aprovecharse plenamente. “No se trata solo de que llueva, sino de poder gestionar lo que llueve”, apunta.

Una infraestructura compleja

Desde el terreno, el agricultor Andrés Góngora insiste en esa idea. “Almería no tiene embalses suficientes ni bien dimensionados para su climatología”, afirma. Cuando se producen aportes extraordinarios, explica, no siempre existe infraestructura para almacenarlos. Sin ir más lejos, tanto el pantano de Benínar como el de Cuevas sufren de filtraciones que hacen que parte del agua que se embalsa se pierda casi de forma automática. Góngora añade que la producción de agua desalada es continua, mientras que la demanda agrícola es estacional. “Si no hay más capacidad de regulación, cuando baja el consumo hay que parar”, señala.

A su juicio, la clave no es si ha llovido este invierno, sino si la provincia está preparada para afrontar el próximo ciclo seco. Además, desde el sector agrícola recuerdan que los dos únicos embalses de la provincia sufren filtraciones cuando les entra agua, lo que disminuye su utilidad. De ahí que precisen de los trasvases del embalse del Negratín en Granada -que llevaba cinco años sin trasvasar agua- y del río Segura en Murcia. “Ahora sabemos que podremos usar esos trasvases porque existen recursos hídricos suficientes, pero de cara al futuro no tenemos nada asegurado”, lamenta Góngora.

Mientras, desde el Gobierno central se defiende que la respuesta pasa por reforzar precisamente la oferta hídrica. La futura desaladora Bajo Almanzora II contará con una inversión de 160 millones de euros y producirá 30 hectómetros cúbicos adicionales al año. También está prevista la ampliación de la desaladora Campo de Dalías, que pasará de 30 a 40 hectómetros cúbicos, y la optimización energética de la desaladora de Carboneras, con capacidad estimada de hasta 50 hectómetros cúbicos anuales.

El Ejecutivo destaca además 189 millones de euros en actuaciones de mejora de regadíos y la bonificación del precio del agua desalada, que sitúa el coste para los regantes entre 45 y 47,5 céntimos por metro cúbico. Algo que no acaban de ver los conservacionistas. El portavoz ecologista Pepe Rivera sostiene que aumentar la oferta no resolverá por sí solo el problema. “El embalse de Cuevas solo se llenó una vez tras unas lluvias excepcionales. Pensar que se llenará con regularidad no se ajusta al régimen pluviométrico real”, afirma.

Rivera advierte también de que los acuíferos siguen presentando niveles de sobreexplotación, siendo el campo de Tabernas un ejemplo muy concreto con la desecación de su capa freática por la expansión de olivares intensivos en las últimas décadas. Además, la sustitución de bombeos por agua desalada no siempre se ha cumplido plenamente. Además, cuestiona el equilibrio del modelo productivo: “Parte de la producción hortícola no llega al mercado, con el consiguiente consumo de agua y energía”.

La salida formal de la sequía no ha modificado la base estructural del sistema hídrico almeriense. Mientras, AEMET recuerda la elevada variabilidad climática, la universidad apunta a la singularidad geográfica, el delegado de Agricultura defiende la modernización y la necesidad de regulación, el Gobierno central anuncia nuevas desaladoras, los regantes reclaman más capacidad de almacenamiento y los ecologistas piden revisar la demanda.

Así, la paradoja almeriense, coinciden todas las fuentes desde enfoques distintos, no se resuelve con un invierno lluvioso. Obliga a un debate más profundo sobre planificación, límites productivos y adaptación a un clima que seguirá alternando extremos. Porque el hecho invariable es que el cambio climático ya ha llegado y que los episodios extremos entre sequías y fuertes lluvias se producirán con mayor asiduidad e impacto. Para ello, Almería ha de estar preparada.

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