La ruta en moto Marismas – Aljarafe, el reseteo interior que devora carreteras solitarias entre naturaleza salvaje
La ciudad arrinconada, a un lado. Que aparcar el bullicio y estacionar el trajín cotidiano sean pura gasolina. Y que enfrente aparezcan carreteras solitarias por devorar. Es el plan al que invita la Ruta en moto Marismas – Aljarafe, con 155 kilómetros por trayecto y cuatro horas de camino. Todo un reseteo interior que recorre el trazo sinuoso dibujado en un entorno privilegiado de naturaleza salvaje y paisajes mutantes que entregan marisma, campiña y sierra.
Este viaje, apunten, arranca en Sevilla y desde ahí el rumbo marcará Coria del Río, esa puerta acuática de la capital andaluza. Al pueblo ribereño sigue una vecina, La Puebla del Río. El periplo avistará en el dispositivo GPS la siguiente etapa, Isla Mayor, con un viaje que va de la gran pantalla al paraíso mágico de la marisma con la ruta de cine de la Isla Mínima.
Desde la isla de los pájaros –ojo, para comer, el reino del arroz está en Sevilla– las ruedas circularán por más paisajes 'doñanescos' con la Dehesa de Abajo y el Corredor Verde del Guadiamar. Dicen, quienes las conocen, que las puestas de sol son cinematográficas, como dan fe las paradas en Aznalcázar y Pilas. De ahí el itinerario sube a Gerena y culmina en Santiponce con Itálica, el yacimiento sevillano que vio nacer a los emperadores Trajano y Adriano.
Un método anti estrés
La ruta es un método anti estrés para los amantes de los viajes en moto. La inmensidad del humedal, la naturaleza salvaje que enmarca el paisaje, los infinitos horizontes abiertos… la serena quietud de las marismas, la forma de parar el tiempo de la comarca del Aljarafe. La gastronomía, la historia, la cultura. La magia de rodar en carretera está a un paso de Sevilla.
La monumentalidad de la gran ciudad queda atrás y mientras las ruedas surcan un entorno natural único, sentir el viento se convierte en una de las sensaciones protagonistas. La parada inicial presenta la posibilidad de subir a la barcaza de Coria, un pequeño transbordador que cruza el río Guadalquivir como una suerte de mini crucero de apenas cinco minutos, coste asequible y que funciona casi todo el día.
Ahí llega la primera gran pausa. Lejos va quedando el bullicio y más a medida que la máquina se adentra en zona marismeña, auténtica antesala del parque nacional de Doñana a lomos de sus inmensos humedales y campos de cultivo de arroz pletóricos de vida. Atentos a las enormes bandadas de aves migratorias sobrevolándonos y alimentándose en los esteros, la auténtica despensa de Doñana.
La planicie oferta carreteras rectas. Hay curvas también en la ruta, no tengan prisas. Atención a alguna zona puntual en mal estado, quizás algún desafortunado bache en el asfalto y a los badenes dispuestos para reducir la velocidad y proteger de atropellos al lince ibérico. Importante extremar la precaución con este asunto.
Puro disfrute para los sentidos
Isla Mayor es el verdadero paraíso ornitológico y ahí el itinerario puede adentrarse, a elección del usuario, por una variante siguiendo pistas sin asfaltar muy sencillas (aptas para cualquier moto, no hace falta que llevemos una trail), que nos llevan más al sur, justo al límite del parque.
La reserva natural de La Dehesa de Abajo merece una parada, es una impresionante panorámica de la marisma. Y luego la carretera se interna en el denso bosque de los Pinares de Aznalcázar, con un trazo sinuoso en pleno vergel. Maravilla. Puño tranquilo. El firme está salpicado por hitos para proteger la fauna.
La ruta avanza por el Aljarafe, una comarca salpicada de cortijos pequeños y paredes encaladas, jardines cuidados y palmeras que se elevan al cielo. En el horizonte abierto divisamos la Plataforma Termosolar de Sanlúcar la Mayor, impresionante visión futurista anclada en la llanura aljarafeña. Y sorprende encontrar la torre de San Antonio, almohade, del siglo XII, las raíces romanas gerenenses e italicenses, claro, con su impresionante anfiteatro.
No olviden los manjares que convida la tierra. Las variedades gastronómicas del Bajo Guadalquivir, pura riqueza culinaria, lean: desde arroz con pato a albures, tortilla de camarones, cangrejos de río, colitas al ajillo y en salsa, anguilas, sopas, paellas… Una cocina única. Ah, y abran tabernas y gañotes que si pernoctan aparece presta la ruta del mosto alljafafeño y la mejor aceituna de mesa. Y, con suerte, después de todo, la retina guardará un reseteo interior vestido con las manchas rosáceas de las multitudinarias bandadas de flamencos.
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