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Flamenco Inclusivo, la compañía sevillana que rompe barreras: “Este arte acepta la diversidad con naturalidad”

Miembros con y sin diversidad funcional en las clases de Flamenco Inclusivo, en Sevilla.

Carla Rivero

Sevilla —
17 de febrero de 2026 22:34 h

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El flamenco es coraje, fuerza, emoción, remueve las entrañas y, a poco, asoma el quejío. Un vuelco del corazón que transmite el bailaor José Galán con las palmas, el taconeo y a través sus palabras en los talleres que dirige para las personas con diversidad funcional en la asociación Flamenco Inclusivo. Rocío y Ramón enlazan sus brazos para hacer una figura al son de las canciones que suenan por el altavoz, mientras que Carmen lleva las palmas, todos al unísono, como parte de un grupo en el que hay quienes tienen Síndrome de Down, trastorno del espectro autista (TEA), que van en silla de ruedas u otras dificultades, pero donde los une la misma pasión.

Dentro de la algarabía, Galán lleva la batuta con el apoyo de la monitora Míriam Pérez en el centro cívico de San Julián, en el corazón de Sevilla. Es martes y la clase de las seis de la tarde está repleta, lo mismo que pasará a las ocho. Desde el inicio de Flamenco Inclusivo en 2018, la directriz fue que, tal y como marca su nombre, estarían entremezcladas todas aquellas personas que quisieran acercarse a la danza, con o sin diversidad funcional, por lo que el único criterio para dividir los grupos es la edad. Su alumna más mayor tiene 83 años, casi nada.

El flamenco ya ha visto sobre su tablao la sensibilidad que transmite la bailaora sevillana Mari Ángeles Narváez, la Niña de los Cupones, quien vuelca su arte mediante la lengua de signos siendo la primera persona sorda en terminar la carrera de danza española, o las notas que alcanza el cantaor cordobés Antonio José Mejías, Fosforito, cuya aproximación al género se dio con tan solo cuatro años influido por su tía Dolores Portero; sin olvidar la leyenda del almeriense Francisco Jiménez Belmonte, el Ciego de la Playa, que fue referente para el cantaor Antonio Chacón. Con estas generaciones precedentes, donde el espectáculo ha servido para catapultar a estos talentos, ahora queda trabajar en la comunidad, en el barrio, para hacer de la enseñanza flamenca un recurso accesible y transversal.

“Sí pueden hacerlo”

La metodología que aplica Galán quedará plasmada en la tesis doctoral que elabora bajo el título Flamenco y discapacidad: metodología, enseñanza y procesos creativos que atienden a la diversidad, una investigación que plasma la experiencia de los últimos años y que servirá como guía en esta corriente educativa. Hasta el día de la defensa, el también pedagogo sigue metido en la vorágine del trabajo y explica cómo organiza las clases en dos partes: la técnica y la de interpretación. No se ofuscan en las coreografías, con tal de evitar la frustración del alumnado, por que la cuestión es adaptarlas a sus necesidades y dar unas nociones básicas sobre las que trabajar. “¿Cómo das el nombre al compás cuando estás en círculo si hay personas que no pueden hablar? Con el movimiento”, explica. En todo caso, el objetivo es “hacerles sentir que sí pueden hacerlo”.

En la sala, vigilante, está Míriam Pérez, quien comparte la sensibilidad de Galán. Tras su paso por Madrid y de vuelta a la capital hispalense, contactó con él para iniciarse en el flamenco inclusivo. “Hay dificultades, como en todas las clases, y lo que es importante es saber cuáles son los propósitos a lo largo del curso y adaptarlos, como puede ser a la hora de trabajar en pareja, tener conocimiento y exploración del espacio o hacer sevillanas, hay que buscar herramientas para lograrlo”, explica. La cuestión es “disfrutar” el camino y lo hace cuando, sentada en círculo, va dando las indicaciones para los brazos: “¿Qué hacemos ahora? Le hablamos a la vecina del primero”; y sigue; “a la del segundo”; ahora, “a la del cuarto”; y, poco a poco, al ritmo, ascienden y descienden sus manos en sintonía.

Isabel viene a recoger a Antonio, que desde hace unos años participa en el proyecto. “Me gusta bailar”, comenta el compañero vestido completamente de negro, preparado para saltar al escenario, mientras que en casa le enseña los pasos a su familia. El reloj toca las ocho de la tarde y vienen las seniors círculo, compartiendo lo que significa este ratito que ya es imprescindible en sus rutinas.

Entre ellas está Lola: “Soy invidente y hace dos años perdí el oído izquierdo, y el flamenco inclusivo fue un antes y un después. Ahora estoy viva, gracias a la actitud, a las ganas, a demostrar que puedo y se puede, a la técnica y a todo el valor que nos da”. A lo largo de este lustro, ha aprendido a “volar sola”, porque ha aprendido a orientarse, “a sentir más, porque antes era otra, antes no era yo, pero ahora siento cosas maravillosas”. “¿Quién no se engancha a la vida?”, se pregunta Pepa, que con 64 años perdió la visión. Pensaba que solo le quedaba “ese bastonazo para arriba y bastonazo para abajo” y, de repente, “esto es una nueva vida”.

En el corrillo también están Pepe, que desea que llegue cada martes, Rocío, que ha hecho nuevas amigas, y Ana, que primero traía a su hija con discapacidad a las clases y, con el tiempo, se animó al ver su entusiasmo: “Como alumna, puedo decir que estoy estupenda, que esto me viene bien para los dolores de mi espalda, y como madre, es lo mejor que le ha podido pasar a mi hija a nivel cognitivo y motriz, ella está muy contenta porque le parece otra forma de ver el mundo”. Una ristra de vivencias que han sido unidas por este arte lleno de mestizajes.

Catarsis

Con apenas 7 años, José Galán (Sevilla, 1980) perdió a su hermano mayor. En aquel entonces, su madre lo apuntó en clases de sevillanas. Una extraescolar muy común, para ocuparlo y entretenerlo, pero llegó a convertir el movimiento en una forma de afrontar el duelo por la pérdida. Una especie de catarsis que seguiría en él: “Se dice que cuando algo te duele, te expresas mejor en el flamenco, porque viene de convertir las penas en alegría, y yo a veces buscaba esa especie de conflicto antes de bailar para darlo todo en el escenario”. Ese ímpetu lo catapultó rápidamente: después de que un profesor le dijera a su madre que tenía talento, iba y venía de Camas al centro a cursar los estudios en el Conservatorio Profesional de Danza. Así, se enroló en la compañía de la bailaora Sara Baras y hubo un momento, entre sus idas y venidas, en que decidió licenciarse como pedagogo en la Universidad de Sevilla.

A mediados de la carrera, cursó una formación que tenía como hilo conductor la danza contemporánea y, al tercer día, vino un grupo de alumnos con Síndrome de Down: “Conocí la discapacidad bailando. Sin compartir palabras, bailé con una muchacha y me di cuenta que ella, sin tabú ni máscara social, empezó a hablarme desde el contacto, con la mente, y pensé, qué cosa más bonita”. Un encuentro fortuito que lo sacudió por completo y lo llevaría, más tarde, a dar con la asociación Danza Mobile, donde comenzó a trabajar como profesor dándole clases a personas con discapacidad intelectual. El 2010 fue un punto de inflexión: “¿Por qué no montas una compañía?”, le preguntaron, y ahí nació Compañía José Galán de Flamenco Inclusivo, aprendiendo a base de errores, buscando sus métodos y apoyos.

“El flamenco es un ladrón, coge de los gitanos, del jazz, y habrá a quien no le guste lo que hace, por ejemplo, Rosalía... Ya en 1922 García y Lorca hacen un concurso de Cante Jondo porque decían que se iba a perder, pero evoluciona, como todo”, menciona sobre la discusión que discurre hasta la actualidad. El flamenco que muestra la compañía y ahora asociación es algo insólito. Invitado a la Bienal de Flamenco de 2010, presentó el espectáculo Cierra los ojos y mírame y los títulos se han ido sumando: el teatro infantil Complementos que bailan se entrenará en verano en Puebla de Calzada (Badajoz) y, pronto, se subirán tres mujeres octogenarias al escenario con Memorias de mis recuerdos.

“No me gusta hablar de superación: el flamenco va de autenticidad, no de perfección como en el ballet clásico, ya que acepta la diversidad con naturalidad, ofrece empoderamiento, resiliencia, y cada persona es un mundo y sus expectativas son diferentes”, destaca. A falta de un espacio, el centro cívico de San Julián le permite a Galán ofrecer una educación que es difícil proporcionar en las enseñanzas artísticas regladas, “aunque por ley están obligados a atender a la diversidad, es complicado, así que bailan los mejores y se acabó”, advierte. Su agenda tiene que dar un parón, ya que la tesis pide atención, no sin antes haber viajado para actuar por el Día del Flamenco con la compañía, divulgar lo recogido en los centros educativos a través del Programa Andaluz Arte y Educación y, aun arañando el tiempo, seguirá abriendo camino en el flamenco.

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