José Peña, el único boxeador ciego en España: “Con este deporte me siento libre y queremos dar opción para competir”
Un saco de boxeo azul, unos guantes y unas indicaciones precisas: “A tus doce; a tus tres; a tus seis”. El estruendo rebota contra las paredes del gimnasio al ritmo de los golpes que se asestan con fuerza y precisión. A las órdenes de su entrenador, resoplando, está José Peña (Isla Cristina, 1974), que suda la camiseta y se ajusta una cinta elástica alrededor de la cintura para milimetrar la distancia entre su cuerpo y el saco, como si fuera su próximo rival. Es ciego, sabe cuáles son sus limitaciones y, aun así, ha buscado cómo esquivarlas, así que el próximo paso será popularizar el método que ya exhibe en las convenciones en las que participa: esa es la vía para hacer inclusivo este deporte.
En platós de televisión, activo en redes sociales, integrante del espectáculo Imbatibles (la vida ante la adversidad), Peña jamás hubiera imaginado que este fuera su destino. A los 27 años, su vida estaba encaminada: preparaba las oposiciones a policía nacional, y, de repente, apareció lo que, con los años, le diagnosticaron como una distrofia retiniana hereditaria progresiva. Una enfermedad hereditaria que provoca la pérdida progresiva de la visión. “Tuve diez años de transición, diez años de estar a guantazo limpio, porque no asimilaba que me iba a quedar ciego hasta que llegó la adaptación... Fueron diez años de amar y de llorar una barbaridad, porque tenía una vida creada que se fue en un chispazo”, rememora rodeado de las luces blancas del gimnasio M3 Fitness, en Camas (Sevilla).
Una vez asimilado el impacto, el ímpetu de Peña tomó cartas en el asunto. “¡No, quillo, agarra el toro por los cuernos, de qué me valía quedarme en el sofá llorando!”, y levanta los brazos con exasperación, intentando zarandear aquel fantasma del pasado. Con un simple gesto, resume su relación con la ceguera: toma el bastón sin complejo, para protegerse, para caminar con más autonomía, aunque a muchas personas ciegas les suponga más una rémora en vez de un apoyo. “Oye, que no pasa nada, es una adaptación y te da seguridad en un metro de perímetro, que es lo importante”. Así, a medida que iba retomando su rutina diaria, empezó a practicar kárate, judo, participando en competiciones regionales, pero necesitaba algo más, y ahí entró en juego su hijo José.
“Me enganché al boxeo”
El instituto fue una etapa dura para su hijo, donde sufrió acoso escolar, una de las lacras del sistema educativo. Con el apoyo de su familia y del equipo psicológico, emprendió un camino nuevo: empezó a entrenar a su padre en boxeo. Ahora, con 21 años, es el escudero inseparable de Peña. “Le tenía que demostrar a mi hijo que su padre con esta patología tiene que seguir tirando hacia delante”, añade, “y me enganché al boxeo”. “No hay boxeadores ciegos en el mundo”, aunque compiten algunos como Shara Magomedov, luchador de la MMA con pérdida de visión en un ojo, o el británico Thomas Seres, que solo puede distinguir formas en un metro de distancia. También, hay otros aficionados con discapacidad, como ocurre en el Club Boxeo Sevillano.
“Yo necesitaba moverme, porque al jugar en fútbol o judo para ciegos, me parecía muy estático. No me sentía libre y, aquí, te ves cualquier obstáculo y hay que saber esquivarlo, esto lo descubrí con el boxeo”, explica. Primero, probaron con el sonido, el sentido que tiene más desarrollado tras haber perdido la visión. Poner cascabeles en sus muñecas y piernas parecía la solución, pero se corría el riesgo de hacer daño al contrincante. Así que, probaron otra cosa: “En el fútbol para ciegos te guían por la voz, ¿por qué no probamos esto?, me pregunté, y bendita la hora”. Cuando no está su hijo José, se quedan como copiloto José Manuel Odero o Jonás Alonso, técnicos del gimnasio M3. La técnica, utilizando las agujas del reloj, combina el ritmo desenfrenado del combate con la precisión del golpe.
El ritual comienza con el vendaje de las manos y ya con las manoplas en alto, Odero le marca la posición a Peña. Lleva las riendas y va guiando con su voz los ganchos del boxeador, que chocan una y otra vez. Este es uno de los ejercicios dentro de una rutina que practica varias veces a la semana y, entre los ejercicios, hace saco, comba, bandas elásticas, todo lo imprescindible para estar en forma. Un itinerario sencillo e intensivo a implantar con facilidad entre los muchos amantes del deporte con ceguera. “Queremos exponérselo a la sociedad y dar una opción para la competición”, adelanta. Ya ha imaginado mil veces cómo subirse a un ring, al igual que lo expuso en el documental Peleamos, del director Noel Gálvez, donde compartió su historia desde la localidad sevillana.
Más sensibilización
“Es el deporte perfecto para compararlo con la vida real: si te encuentras en una situación adversa que te pega un golpe y caes al suelo, ¿qué hacemos? Igual que cualquier boxeador, hincas la rodilla y el puño en el suelo, te levantas, te remangas y sigues combatiendo”. “No me gusta la palabra combate, no como algo agresivo o lleno de furia, sino por defenderse, por estar presente, ¿no?”. Con la asociación ONCE intentará que este ánimo llegue a todas aquellas personas que quieran sumarse al boxeo.
Más allá del deporte, Peña lidia con diferentes obstáculos. Aparcar sobre las aceras, obstaculizar el paso, prescindir de adaptaciones en el mobiliario urbano, son acciones que dificultan su día a día, ya sea a él como a aquellas personas con diversidad funcional: “A mí me dicen, 'es que dejo el coche ahí un minuto', pero no nos damos cuenta de que en ese minuto puede pasar una persona que necesita ese espacio”. Uno de sus logros más importantes ha sido aprender a leer y escribir en braille, si bien ha tenido que invertir en aplicaciones que emitan directamente los mensajes de móvil, por ejemplo. A veces le puede el enojo, aunque intenta no caer en el hastío, solo que desearía que la sociedad estuviera igualmente sensibilizada.
Para desahogarse está su entorno, sus seres queridos, también los profesionales que le ayudan a cuidar de su salud mental y, sobre todo, la comunidad que ha formado a lo largo de estas décadas. “Para mí, los mejores psicólogos son los propios ciegos, luego tienes que adaptarte y la ONCE da para redes sociales, para manejar un perro guía, todo, y conseguir esa rehabilitación”. Hace un lustro, Kale entró a formar parte de la familia desde que con dos meses fue entregado a Peña: “Cuando me preguntan cómo veo, yo digo que a través de cuatro patas, y esa es una de las cosas más bonitas de la vida: que te pongas en las manos del otro, de una persona o un animal que te lleva, te cuida, te trae o te mima”. Confía, como hace cada vez que se pone en las manos de su hijo cuando se enfunda los guantes.
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