Inspiración y locura
Fueron arrancados de Triana por las mismas manos que trazan la especulación inmobiliaria. Una vez desahuciados, los desperdigaron por la orilla de la ciudad en una sucesión de bolsas con nombre propio: Polígono del Sur.
Llegados aquí, es curioso comprobar cómo la misma ciudad que un día conquistó el héroe paso a paso, cuando aún era llamado por su primer nombre, Melkart, hoy se conquista desde los despachos; torreones blindados donde los nuevos héroes lucen corbatas de Hermès y se echan colonias cuyas marcas remiten a la mitología clásica.
Pero ni los factores de segregación ni el diseño de núcleos chabolistas con su eco de latas vacías y de lumbre encendida, nada de todo aquello pudo acabar con la espontaneidad de los hermanos Rafael y Raimundo Amador; dos gitanos que se meaban sobre las hogueras que calientan los márgenes. El chisporroteo de sus guitarras se escuchó por primera vez en el disco de Veneno, un trabajo que se presentaba con una portada que era un placote de polen rubio, de ese que se fuma y que entra dulzón a los pulmones. Año 1977. Había pasado la época de la psicodelia y ahora, una nueva corriente sexual, más dura y vestida con la severidad del cuero, se estaba convirtiendo en fenómeno sociológico: el punk-rock.
Envueltos en vómito y gargajo, tan escatológicos como desafinados, los grupos de punk arrasaban el mundo occidental. De hecho, hasta Franco había muerto hacía poco, en la cama, con heces sangrientas en forma de melena. Mirándolo por el lado poético, ningún miembro de grupo punkarra consiguió un cadáver con tanta plástica. Pero no me quiero despistar, no vengo aquí a hablar de política, tampoco de música, sino de mitología; de una mitología amasada desde los márgenes de Sevilla con levadura hebrea, gitana y morisca, y que fue llevada al horno del rhythm and blues por obra y gracia del grupo Veneno.
El grupo de marras lo formaban los hermanos Amador y un payo catalán de nombre Kiko, un pájaro inquieto y cantor que tuvo que viajar a Estados Unidos para descubrir el flamenco. Así lo cuenta él mismo, cuando confesó que allí veneraban a un tal Diego del Gastor, guitarrista afincado en Morón y cuyas falsetas tenían una caída sentimental cercana al blues. Luego vino la parte contratada de la parte contratante, o sea la producción, que corrió a cargo de Ricardo Pachón, introductor del LSD y también del marxismo en el estudio de grabación. Ricardo consiguió que un palmero cobrase lo mismo que una primera figura. Y después vino la portada de Santiago Monforte que se censuró, cambiándola por una aún más explícita. Cosas que pasaban entonces y que hoy ya no cuelan.
Pero no vine aquí a decir que cualquier tiempo pasado fue mejor sino todo lo contrario, aunque ya no ande entre nosotros Rafael Amador -Rafalillo- quien nos dejó la otra noche; un príncipe gitano que cantaba a la vida desde paisajes de desolación. Con los pies sobre los márgenes más castigados, alumbró junto a su hermano Raimundo el grupo Pata Negra y un par de discos o tres cargados de iconos y de rabia.
Como me niego a que Rafael Amador sea un discreto cadáver más, me tomo la osadía de emborronar estas hojas para firmar una necrológica cercana a la sombra de un incendio. Y también para mandar mi abrazo a su hermano Raimundo, la otra pata del mejor jamón flamenco.
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